“Ya nacer y vivir es un milagro”. Con esa frase, pronunciada casi en susurro, Euprepio Padula resumió el espíritu de un libro que es, ante todo, una mirada frontal a quienes viven en la invisibilidad. En el acto de presentación de su libro Somos invisibles. Los ángeles de San Antón celebrado en la Casa de América, el autor reflexiono sobre la dignidad, el fracaso, la violencia y las segundas oportunidades. Pero también de ángeles.
La mirada de su madre se deslizó como idea inicial: la figura materna —“era un ángel en la tierra”— atravesó el comienzo del acto. Recordó que lo comentó en su funeral, la bronca inesperada de un sacerdote y una pregunta que aún le duele: “¿Qué he hecho mal, si realmente pensaba que mi madre era un ángel en la tierra por su fuerte humildad?”. Pese a ello, su reivindicación siguió siendo clara: Hay ángeles. Existen. Muchas veces caminan entre quienes no tienen nada.
El libro recoge historias de personas sin hogar que podrían ser cualquiera. Hombres y mujeres que no nacieron en la marginalidad, que tuvieron familias “normales”, trabajos, sueños. Pero la suerte no siempre ha estado de su lado. Ludopatía como forma de socialización, engaños familiares —un hermano que falsifica una firma—, rupturas, violencia, pérdidas. Volver a casa y sentirse “muerto en vida”. Dormir en un banco de Chamartín. Compartir miseria con desconocidos que jamás preguntan de dónde vienes. Y, aun así, no piden nada, ni dinero. “Jamás me han pedido dinero. Necesitaban abrazos, hablar o simplemente, una oportunidad”, se escuchó en la sala.
Esas personas podrían haber seguido así, hasta que se les abrió una puerta: la de la iglesia de San Antón, impulsada por Padre Ángel. Allí, explicó Padula, muchos recuperan algo esencial: el nombre. “Alguien que los abrace, alguien que les recuerde su nombre”. Más que techo, identidad. En su intervención, el Padre Ángel relató que, entre los múltiples testimonios de una de las personas acogidas en la iglesia, pasó 15 minutos escuchándole hablar de sus problemas, y sintió un nudo en la garganta cuando, al despedirse, le dijo: “gracias por escucharme”. Pidió, y se pidió a sí mismo, escuchar justo antes del emotivo abrazo a Padula.
La periodista Silvia Intxuarrondo subrayó que el libro, como alude el prólogo a cargo de la periodista Nieves Herrero, “ha roto la convicción de que a los invisibles no se les ve”. Se les ve, si se quiere mirar, dijo. Y habló de la luz que atraviesa sus páginas. “Es luminoso”, insistió. Padula también recordó el caso de una mujer peruana víctima de violencia de género que, con su hija al lado, logró rehacer su vida en uno de los pisos facilitados por el entorno del Padre Ángel. Tras ganar el juicio contra su agresor, la mirada de orgullo de esa niña hacia su madre resumía, para él, el sentido de la esperanza.
Por su parte, Ángel Expósito, periodista de La COPE, puso el foco en la vergüenza colectiva: “Nos da vergüenza simplemente mirar que están ahí en la calle, y no les echamos una mano”. Y recordó la pregunta que una vez le hizo al Padre Ángel: "¿Qué duele más, el hambre o la soledad? Para él, la soledad. Más que la pobreza. Más que el frío. El periodista siguió relatando escenas en Nueva York, bajo la columnata del Vaticano en Roma, en Frankfurt, los recientes episodios en el Aeropuerto de Barajas o junto a la M-30. El sinhogarismo —más de 40.000 personas en España, el 60% en Madrid, según Intxuarrondo— no es una excepción: es un fenómeno global.
Padula fue más allá. Habló de su propia biografía: hombre gay en una familia humilde que le apoyó. “Si no hubiera tenido ese apoyo, quizá podría haber acabado así”, confesó. Recordó lo difícil que fue meterse en algunas historias del libro: ludopatía, drogas, amores truncados, traiciones, desesperación. “Cualquiera puede ser Ángel, Almudena, Raquel o Marco”. Basta con que falle la red de apoyo que no nos puede sostener en un momento determinado para poder ser uno de ellos.
El acto se convirtió también en denuncia política. Se habló de modelos excluyentes, de gobiernos como los de Trump en los que se quieren sociedades de “blancos, guapísimos, ricos”, donde lo que molesta —los pobres, los diferentes— se aparta. De la fragilidad del ascensor social cuando se desmonta el Estado del bienestar. Y en esta protesta, se habló tambien de la necesidad de no esconderse, de no meterse en el armario. “Los que tenemos voz pública tenemos el deber moral de usarla”, defendió el autor.
A estas intervenciones se sumaron las de la ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, que afirmó sentirse “orgullosa” de haber impulsado los itinerarios de inclusión vinculados al Ingreso Mínimo Vital, desarrollados junto a entidades sociales y con un enfoque innovador. Destacó que “por primera vez se han coordinado desde un Gobierno 34 ensayos aleatorios con una metodología muy similar a la de los ensayos médicos”, aplicando políticas a un grupo vulnerable y comparando resultados con otro para medir su impacto. De ahí ha surgido “un decálogo de recomendaciones basado en los más altos estándares científicos”. Según señaló, este modelo ha permitido avanzar en la lucha contra el sinhogarismo y acompañar a personas para recuperar “su empleo, su vivienda o su autonomía”, defendiendo además que “la justicia social y la justicia ambiental caminan juntas”.
El final de sus palabras creo que aún resuenan en cada uno de los asistentes: "Esto no es la publicación de un libro. Es un acto de valentía. Escribir sobre la exclusión es obligarnos a mirarnos en ese espejo del que habla Euprepio y también el padre Ángel. Es preguntarnos qué hacemos nosotros ante esta herida abierta. Igual que otra forma de creer es posible, como dice el libro, hay otra forma de hacer política, donde la dignidad es el punto de partida. Muchísimas gracias, querido Euprepio, por recordarnos que las historias no terminan aquí, que son comienzos, y que esta noche salgamos de aquí con el impulso de detenernos a mirar, a escuchar, a no pasar de largo. Y, sobre todo, a hacer visibles a quienes nunca debieron dejar de serlo"
En un acto que pudo haberse centrado en la oscuridad, se habló todavía más de la esperanza. Se apeló a empresarios responsables, a fundaciones, a sindicatos, a ciudadanos de a pie. A lo que, en palabras de Euprepio, podría ser un “Nuevo Renacimiento” que podemos empezar a construir en la calle y en la vida cotidiana, simplemente mirando a los ojos y preguntando: “¿Cómo estás?”, dando oportunidades reales a quienes pueden merecerlas más allá de apariencias físicas y dejando, aunque sea minimamente, un poco de lado las ambiciones individualistas de la sociedad.
“Los libros tienen que servir para algo”, concluyó Padula. Para incomodar. Para sacudir conciencias. Para entender que nadie está a salvo del abismo. Y para recordar que, incluso en la acera, en un parque o en una estación, hay personas con una dignidad inmensa que no necesitan limosna, sino una mano tendida.
Porque, como quedó claro en la Casa de América, los ángeles existen.