Existen indicadores que parecen apuntar a que la respuesta es sí, pero hay que tener en cuenta que los líderes zaristas, los soviéticos y después los rusos, se caracterizan por mantener un férreo control del aparato del Estado, especialmente de aquellos órganos cuya actividad principal es el control o represión interna. En la Rusia actual, como en todo el pasado histórico del país, los que llegan al poder se preocupan de inmediato por controlar los órganos que le mantendrán sentado en su silla.
Los líderes revolucionarios de 1917, tras la Revolución de Octubre, en esa tendencia histórica de los mandatarios rusos para dotar a su pueblo de un sistema de libertad absoluta, crearon en el mes de diciembre la Cheka, la primera policía secreta soviética que pasó a ser dirigida por Felix Edmundovich Dzerzhinskiy, curiosamente un revolucionario comunista de origen polaco. La denominación de la Cheka: “Comisión Panrusa Extraordinaria de Lucha contra la Contrarrevolución, la Especulación y el Sabotaje” ya no hacía sentir buenas vibraciones. Su misión, ejecutar el que se denominó “Terror Rojo”, que consistió en ejecutar una política de represión masiva que incluía eliminar a opositores, especuladores y disidentes, utilizando los más brutales métodos y las ejecuciones masivas sin juicio alguno, ya no dejó lugar a ninguna duda. Y esto, la represión y brutalidad a la hora de ejercer el poder, es algo que ha acompañado a la historia de Rusia permanentemente, y es un elemento a tener en cuenta a la hora de analizar o valorar las posibles revueltas o rebeliones contra Putin. No se trata tanto de sentir que pueda ser necesaria como de disponer de las mínimas capacidades para llevarla a cabo.
Evidentemente, aunque los numerosos prorrusos que inundan los medios y las redes sociales nos quieran convencer de lo contrario, aunque hacen bien en intentarlo ya que para eso son prorrusos, la guerra de Ucrania ha marcado un antes y un después y la cosa no va bien. Considero que fue un error de dimensiones estratosféricas comenzar esa guerra, y que aquello que parecía el momento adecuado para dar un golpe en la mesa y consolidar de nuevo a Rusia como una potencia internacional, realizando una “Operación Militar Especial” que colocaría la bandera rusa en Kiev en 72 horas, se ha convertido, poco a poco, en un desastre mayúsculo que ha determinado todo lo contrario a lo calculado. Calcularon mal su propio poder, calcularon mal el poder de resistencia del pueblo ucraniano, calcularon mal el apoyo que recibirían del exterior y su perdurabilidad a lo largo del tiempo, calcularon mal el apoyo que recibirían por parte del pueblo ucraniano, es decir, es imposible cometer tantos errores de cálculo juntos.
Otro de los errores importantes fue considerar que, ejerciendo presión sobre el pelirrojo, Donald Trump, y haciendo que tomase decisiones en su favor, en el de Rusia, lograrían lo que no habían logrado hasta el momento actual. Pues otra vez un error de cálculo, no han sido capaces de avanzar, han seguido cometiendo crímenes de guerra diarios atacando a objetivos civiles e infraestructuras críticas ucranianas, esperando quebrar la voluntad de la población y no han conseguido nada. Aunque quizás me equivoque y si hayan conseguido algo que no estaba en los cálculos, fortalecer la imagen de su enemigo y debilitar la suya ante la opinión pública mundial y, algo que no es menos importante, fortalecer un ejército, el ucraniano, con el que nadie contaba y ahora todos tienen en cuenta.
Visto lo visto, el fracaso es importante y una de sus consecuencias es la visión de un Putin cada vez más esquivo y cabizbajo, algo que parece evidenciar un momento de vulnerabilidad muy elevado, aunque sigue controlando de forma férrea el aparato del Estado. El desgaste económico y social es evidente, el coste en vidas humanas es muy elevado, su soledad política internacional es visible y todo ello, y algunas otras cuestiones, dibujan un escenario complejo para Vladimir Putin. Hay que tener en cuenta que el pueblo ruso históricamente le perdona a sus dirigentes todo menos perder las guerras.
El desfile del 9 de mayo fue, en mi humilde opinión, un elemento que marca un antes y un después. Ese líder altivo, prepotente, retador y amenazante tuvo que cambiar de actitud e ir al Tio Sam a pedirle que lograra un acuerdo con Zelensky para que no atacaran la Plaza Roja el día del Desfile de la Victoria. Esto es una vergüenza histórica para, aun así, realizar un desfile sin medios mecánicos o aéreos y con una duración de 45 minutos. Me imagino que todo este asunto no habrá agradado mucho al resto de la nomenclatura rusa. Esa imagen de un Putin que aparece en escena a prisa y corriendo, con una gabardina que ocultaba el chaleco, y todas las protecciones que portaba, no muestran la imagen de un líder seguro sino la de un líder débil y asustado, algo que no se corresponde con lo que quiere transmitir.
Apenas unas horas después de su discurso del día de la Victoria, en el que prometió, nuevamente, derrotar a Ucrania, pronunció la frase “creo que el asunto está llegando a su fin” y añadió que estaría dispuesto a negociar nuevos acuerdos de seguridad para Europa y que su interlocutor preferido sería el excanciller alemán Gerhard Schröeder. Nuevamente mostrando una disposición que parece forzada por las circunstancias y por el intento de buscar una salida que pueda acabar con esta guerra que le está causando numerosos dolores de cabeza.
Como no, el individuo que ha elegido es totalmente inadecuado. Schröeder fue nombrado, después de finalizar su mandato en Alemania, cediendo el puesto a Angela Merkel, presidente de la Junta de Accionistas de la empresa Nord Stream AG, consorcio que controlaba la construcción y operación del gaseoducto Nord Stream y, en el año 2017, fue nombrado presidente del Consejo de Administración de Rosneft, empresa petrolera estratégica propiedad del Estado ruso. ¿Han visto ustedes alguna vez que un ex canciller de un país sea nombrado para dirigir una empresa estratégica de otro?
En mi caso, llevo ya mucho tiempo afirmando que este individuo y la señora Merkel han sido un cáncer para la Unión Europea. En sus mandatos se defendió reducir la energía nuclear, de producción y control propio, para lanzarnos en los brazos del gas ruso, llevando a su país y a la Unión a la situación de debilidad y dependencia actual. Evidentemente, como no podía ser de otro modo, Alemania y la Unión europea ya han rechazado la mediación de este personaje, acusándole de no mostrar neutralidad, aunque a eso le podríamos poner otro nombre más duro.
Lo que si ha conseguido Putin y su corte ha sido fortalecer a su enemigo. Ucrania, antes y después de la traición de los Estados Unidos de Trump, ha sido consciente de que sus únicos amigos y colaboradores éramos los europeos, en la medida de nuestras posibilidades, y comenzaron a desarrollar sus posibilidades de producir sistemas de armamento propios, especialmente drones y misiles, aumentando constantemente el alcance de sus ataques, pudiendo llegar a cualquier lugar del territorio ruso. Su eficacia ha ido en aumento y ha equilibrado la guerra, mostrando hoy posibilidades impresionantes. Y su líder, Zelensky, ha realizado el camino contrario al de Putin. No se muestra temeroso y viaja por todo el mundo, ofrece ayuda a otros países para defenderse, como es el caso de los países de Oriente Próximo ante el ataque de Irán, y se muestra no solo como el presidente de Ucrania sino como su mejor embajador. Su esfuerzo por mantener a su país en pie es titánico y su figura crece mundialmente, mientras que la de Putin ha sufrido un descrédito importante. Uno parece un líder de éxito y el otro parece un líder en horas bajas.
En cualquier caso, la existencia de un supuesto informe de inteligencia, que nadie ha mostrado, en el que se identifica un posible problema interno y la participación del ex ministro de Defensa Shoigu en una especie de asonada militar contra Putin, parece una broma cuyo objetivo tiene que ser otro cualquiera menos anticiparnos que vaya a ocurrir. ¿Quién en su sano juicio pretendería llevar a cabo una revolución contra Putin anunciándola y enterándose todo el mundo? ¿Por qué un servicio extranjero estaría dispuesto a publicitar un informe marcando al supuesto líder de una revolución para derrocar a Putin? Son muchas las cuestiones y pocas las respuestas, aunque si me remito a cómo he comenzado este artículo, los líderes rusos son especialistas en ejercer la brutalidad contra su pueblo y unos y otros lo saben, haciendo muy difícil cualquier revolución interna. Allí el que se mueve muere y eso calma cualquier espíritu revolucionario.
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