Trabajo con mujeres víctimas de múltiples violencias machistas desde hace alrededor de 15 años, más de los que llevo ejerciendo mi trabajo en mi consulta del madrileño barrio de embajadores. Desconocía la existencia de la asociación Women’s link Worldwide y, a tenor de la manera en la que informa acerca de su presencia y relevancia históricas, deduzco lque la inmensa mayor parte de las cabeceras y editoriales que se hacen eco del escándalo de las supuestas agresiones sexuales de Julio Iglesias tampoco conocían la actividad cotidiana ni el recorrido cronológico de esta llamada organización internacional. No conozco a Julio Iglesias, no le profesaba hasta este momento admiración alguna pero tampoco antipatía de ningún tipo.
De lo que sí sé es de analizar terstimonios, sé de la valoración pericial de la violencia de género y estoy más que formada y experimentada en la valoración de los daños y huellas psicológicas de todo episodio biográfico que resulta traumático en el ámbito de las relaciones interpersonales. Y es muy difícil fingir. Es dificil, por no decir casi imposible (cuando la peritación se hace y se toma en serio) simular , exagerar (o hasta disimular e infravalorar, que también sucede, en la mayoría de los casos) un relato veraz, verosímil, coherente, consistente y persistente acerca de una experiencia de maltrato. No me vale eso de que la mentira es fácil: porque la psicología forense es una ciencia con herramientas empíricamente contrastadas al mismo nivel de otras tantas, y porque sabemos que cualquier mente humana al uso no es capaz de imaginar o proyectar de manera fehaciente algo que solo su imaginación no vivenciada ha fabulado. Esas acusaciones ya no valen y no por fé en el ser humanos sino por confianza (no ciega sino evidencial) en mecanismos de interrogación, recogida y verificación de testimonios válidos ante un tan respetable foro como es el judicial.
Por eso sé que las acusaciones vertidas por las dos supuestas ex trabajadoras de Julio Iglesias no pueden haber sido fácilmente manipuladas o no es sencillo que hayan sido fabricadas ad hoc. Por eso sé que las perversas agresiones sexuales supuestamente proferidas no es ni medianamente sencillo que hayan sido noveladas , a la luz de su nivel de detalle, de los distintos puntos de vista desde los que han sido narradas, en vista de su crudeza y, sobre todo, de la absoluta gratuidad de la que parten sus emisoras.
¿Sale gratis una denuncia de estas características?
Rotundamente no. El esfuerzo vital, la exposición mediática y el coste familiar, social y personal de pasar por un trance de esta envergadura hace que muchas víctimas de violencias machistas y sexuales se pregunten muy a menudo si les mereció la pena pasar por ese periplo. Las experiencias son múltiples y la denuncia nunca ha de ser desincentivada pero, a fin de cuentas, la respuesta de las víctimas suele orientarse hacia la misma dirección: “no me merece la pena nada de este proceso solo porque lo único que auténticamente me merecería la pena es no haber vivido nada de esto desde el inicio”. Que nadie me diga que esto es agradable, que denunciar en falso es fácil o que puede resultar lucrativo. Nunca lo es.
¿Qué les espera ahora a las víctimas?
Un largo periplo de cuestionamientos y puestas en duda en los que se trate de matar tanto al mensajero como al emisario; un periodo en el que la verdad , por desgracia, puede pasar a un segundo plano a expensas de acusaciones gratuitas y sin fundamento . Un procedimiento judicial serio, como el que nadie duda que se producirá en este país en el que las víctimas, por lo que sea, han confiado para su denuncia, pasará por un exhaustivo peritaje que analice , en primera instancia , la credibilidad objetiva de los testimonios de las denunciantes y, en segundo lugar, la credibilidad objetable, las potenciales ganancias secundarias, las posibles incoherencias personales y contextuales de sus relatos así como toda prueba periférica que pueda soportar o contradecir el testimonio. Entre medias serán revisados, evaluados y, por qué no decirlo, juzgados, sus perfiles de personalidad , sus tendencias histriónicas (o la ausencia de ellas) y hasta la total de la honorabilidad de la integridad de su biografía . ¿Merece la pena algo de todo esto? Ni por todo el oro del mundo.