Anoche, en Bilbao, el regreso de Amaia Montero junto a La Oreja de Van Gogh fue mucho más que una reunión musical. Fue un viaje directo a una época concreta de la vida de miles de personas. Y precisamente por eso emocionó tanto: porque no fue perfecto. Fue humano.
Desde que Amaia apareció sobre el escenario se percibió una mezcla constante de nervios, emoción y vulnerabilidad. Sonreía, se llevaba la mano al pecho, miraba al público como intentando asumir lo que estaba ocurriendo delante de ella. Había momentos en los que parecía completamente sobrepasada por la respuesta de la gente. El recibimiento fue atronador, casi emocionalmente desbordante. Y eso marcó todo el concierto.
La noche arrancó con “20 de enero” y desde ahí el pabellón entero se convirtió en un coro gigantesco. “Rosas”, “La Playa”, “París”, “Puedes contar conmigo” o “Cuídate” fueron sonando como capítulos de una memoria colectiva. Cada canción despertaba algo distinto en el público: sonrisas, lágrimas, abrazos, miradas perdidas. Había gente cantando con la misma intensidad con la que probablemente lo hacía veinte años atrás en su habitación adolescente.
Hubo entradas fuera de tono, respiraciones cortadas y fragmentos en los que la voz no terminaba de encontrar estabilidad. En ciertos temas parecía perder fuerza o quedarse atrás respecto a la banda. Los nervios eran evidentes.
Pero lejos de generar rechazo, esos fallos hicieron que el concierto resultara todavía más real. Nadie estaba esperando una actuación quirúrgicamente perfecta. El público no había ido a Bilbao a escuchar una versión impecable de estudio; había ido a reencontrarse con una voz que forma parte de su vida. Y cuando Amaia se equivocaba, cuando se emocionaba o dejaba que el público cantara versos enteros por ella, lo que se generaba era una sensación extraña de protección colectiva. Como si miles de personas quisieran sostenerla también a ella.
Porque sobre el escenario no estaba la Amaia de 25 años convertida en icono pop. Estaba una mujer atravesada por el tiempo, por las ausencias, por los años difíciles y por la presión enorme que supone regresar al lugar donde todo empezó. Y eso se notó en cada gesto. A veces parecía insegura; otras veces, profundamente feliz. Hubo canciones en las que recuperó completamente la magia de siempre y otras en las que la emoción le ganó la batalla a la técnica.
Sin embargo, el concierto encontró precisamente ahí su verdad. En esa imperfección. En entender que la nostalgia nunca vuelve intacta, porque nosotros tampoco volvemos intactos. Las canciones siguen siendo las mismas, pero quienes las cantan y quienes las escuchan ya son otras personas.
Y quizá por eso Bilbao terminó entregado. Porque anoche no vio un espectáculo perfecto: vio algo mucho más difícil de encontrar. Vio honestidad. Vio a una artista enfrentándose a sus recuerdos delante de miles de personas. Y vio cómo, pese a todo, esas canciones seguían teniendo el poder de unir a toda una generación durante un par de horas.
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