La anorexia y la bulimia se han convertido en un problema de salud mental que preocupa cada vez más a los especialistas. Lo que durante años se ha relacionado principalmente con la adolescencia y la presión por conseguir determinados cánones de belleza afecta hoy a millones de personas en todo el mundo. Las cifras reflejan una realidad preocupante: los casos de ambos trastornos han aumentado un 71% desde 1990 y las previsiones apuntan a que seguirán creciendo durante las próximas décadas.

Detrás de estos datos hay una enfermedad que va mucho más allá de la alimentación o de la imagen que una persona tiene de sí misma. Los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) afectan a la salud física y psicológica, condicionan las relaciones personales y pueden llegar a poner en peligro la vida de quienes los padecen. Además, cada vez preocupa más su aparición a edades tempranas, en una etapa en la que la autoestima y la relación con el propio cuerpo todavía se están formando.
Según un estudio publicado en la revista científica 'JAMA Psychiatry', elaborado a partir de los datos del proyecto Global Burden of Disease, en 2023 había alrededor de 18,1 millones de personas con anorexia o bulimia nerviosa en el mundo. La investigación, que analiza 204 países y territorios, calcula que el número de afectados podría alcanzar los 21,8 millones en 2050 si se mantiene la tendencia actual.
¿Por qué han aumentado tanto los casos de anorexia y bulimia?
El incremento de estos trastornos no responde a una única causa. Los factores psicológicos, sociales, familiares y culturales pueden combinarse y favorecer su aparición. Sin embargo, los especialistas advierten de que la presión estética y la exposición constante a determinados modelos de belleza se han convertido en elementos que merecen especial atención.
El crecimiento de las redes sociales ha cambiado la manera en la que los jóvenes se relacionan con su imagen. Plataformas como Instagram o TikTok muestran continuamente fotografías y vídeos de cuerpos que, en muchas ocasiones, responden a ideales de belleza difíciles de alcanzar. La comparación constante, los comentarios sobre el físico y los contenidos que promueven dietas restrictivas pueden contribuir a generar insatisfacción corporal y una relación poco saludable con la comida.

El profesor de la Universidad de Málaga e investigador del Instituto de Investigación Biomédica de Málaga (IBIMA), Mario Gutiérrez-Bedmar, advierte precisamente del papel que pueden desempeñar estas plataformas. En declaraciones recogidas por SMC España, señala que las redes sociales pueden dar visibilidad a los trastornos alimentarios, pero también "pueden lanzar mensajes equivocados precisamente a la población en el grupo de edad donde mayor es la prevalencia y qué mayor uso hace de ellas".
A esta presión se suman otros factores, como el acoso escolar, la baja autoestima, la ansiedad, la depresión y determinadas experiencias personales. La pandemia también puso de manifiesto la vulnerabilidad de la salud mental de muchos adolescentes, aunque no debe considerarse una explicación única del aumento registrado durante las últimas décadas.
Las cifras del estudio permiten observar, además, que las mujeres siguen concentrando la mayor parte de los casos. En 2023 representaban alrededor del 70% de las personas afectadas, frente al 30% de los hombres. No obstante, los expertos recuerdan que los trastornos alimentarios también afectan a los chicos y que no deben pasar desapercibidos por el hecho de que exista una mayor asociación social entre estas enfermedades y las mujeres.
Expertos alertan del problema y los testimonios muestran la dificultad de recuperarse
La investigación publicada en 'JAMA Psychiatry' no solo refleja el aumento de los casos, sino que también pone sobre la mesa la necesidad de mejorar la atención sanitaria. Para Fernando Fernández-Aranda, director de la Unidad de Trastornos Alimentarios del Servicio de Psicología Clínica del Hospital Universitario de Bellvitge y subdirector de CIBERobn, los resultados justifican reforzar la detección precoz y los tratamientos especializados, además de destinar más recursos a estas enfermedades.
Uno de los principales problemas es que no siempre se identifica a tiempo lo que está ocurriendo. En ocasiones, las primeras señales se confunden con cambios propios de la adolescencia, hábitos saludables o una preocupación aparentemente normal por el aspecto físico. Sin embargo, cuando la relación con la comida empieza a ocupar gran parte de los pensamientos de una persona y condiciona su vida cotidiana, puede existir un problema que necesita atención profesional.
La experiencia de quienes han convivido con estas enfermedades permite comprender mejor sus consecuencias. Begoña, que comenzó a sufrir un trastorno alimentario a los 15 años, relató a elDiario.es cómo lo que empezó siendo anorexia terminó convirtiéndose también en bulimia y trastorno por atracón. Después de más de tres décadas conviviendo con la enfermedad, explicaba que un TCA crónico puede transformar la vida en una "cadena perpetua".
También Ana, de 36 años, contó que pasó 16 años con bulimia antes de recibir un diagnóstico. Su testimonio refleja otra de las dificultades de estos trastornos: no siempre se corresponden con la imagen que la sociedad tiene de una persona enferma. "No tengo un cuerpo socialmente aceptado como paciente de TCA", explicaba al recordar las dificultades que encontró para acceder a un tratamiento adecuado.
Ambas experiencias muestran que la recuperación no consiste únicamente en modificar los hábitos alimentarios o recuperar peso. Es necesario abordar los problemas psicológicos y emocionales que hay detrás de la enfermedad, trabajar la relación con el propio cuerpo y contar con un seguimiento profesional continuado.
Los jóvenes entre la presión estética y la necesidad de una detección temprana
Uno de los datos más preocupantes de la investigación es la edad de las personas afectadas. El 41,2% de los casos registrados en 2023 correspondía a personas de entre 10 y 24 años. La adolescencia y los primeros años de la juventud son etapas especialmente importantes, ya que los cambios físicos y emocionales pueden aumentar la vulnerabilidad ante los problemas relacionados con la imagen corporal.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) advierte de que la anorexia y la bulimia suelen aparecer durante la adolescencia y la juventud. Además, pueden coexistir con otros problemas de salud mental, como la ansiedad y la depresión, y provocar graves consecuencias físicas. En el caso de la anorexia nerviosa, las complicaciones médicas pueden llegar a causar una muerte prematura.
Por ello, los especialistas insisten en la importancia de actuar antes de que el trastorno avance. La prevención comienza en el entorno familiar y educativo, con una educación que evite juzgar los cuerpos, normalizar las dietas restrictivas o relacionar el aspecto físico con el valor de una persona. También resulta fundamental fomentar una relación saludable con la alimentación y enseñar a los jóvenes a identificar los contenidos perjudiciales que pueden encontrar en internet.

Detectar los cambios de comportamiento, escuchar sin culpabilizar y acudir a profesionales sanitarios cuando aparecen señales de alarma puede marcar una diferencia en la evolución de la enfermedad. La familia, los amigos y los centros educativos también pueden convertirse en un apoyo fundamental durante el proceso de recuperación.
El reto, por tanto, no consiste únicamente en reducir unas cifras que llevan décadas creciendo. Como sociedad, hay que conseguir que la anorexia y la bulimia dejen de tratarse como una cuestión estética y reciban la atención que necesitan como enfermedades mentales. La detección temprana, los tratamientos especializados y una mayor educación sobre salud mental son algunas de las herramientas fundamentales para evitar que más jóvenes terminen atrapados en estos trastornos.