Hija de los reyes Pablo y Federica de Grecia, Irene vivió buena parte de su vida en el exilio antes de establecerse definitivamente en España en la década de los 80. Aunque nunca contrajo matrimonio ni tuvo hijos, fue una figura profundamente unida a su familia, especialmente a su hermana Sofía, a quien acompañó en los momentos personales y oficiales más importantes.
Conocida por su carácter espiritual y discreto, se interesó por la música, la arqueología, la cultura hindú y varios proyectos humanitarios a lo largo de su vida, combinando su condición de princesa con una existencia alejada del protagonismo habitual de las casas reales.
En los últimos años, Irene sufrió un progresivo deterioro cognitivo y físico, motivo por el cual se retiró de la vida pública y requirió cuidados especiales. Su estado llevó incluso a la reina Sofía a cancelar actos oficiales en días previos para permanecer junto a ella.
La princesa Irene siempre fue vista como una presencia silenciosa pero constante en la vida de la familia real, especialmente en eventos familiares y actos privados. Su pérdida se suma recientemente a otras, como la de su prima Tatiana Radziwill, y deja un vacío significativo en el entorno cercano de la reina emérita.