Extremadura y Aragón: cuando los extremos mandan y el centro abdica

El periodista Federico Quevedo
07 de febrero de 2026 a las 20:24h
Santiago Abascal con Feijóo en el Congreso
Elecciones en Aragón: el análisis de Federico Quevedo sobre cómo el extremo VOX condiciona al PP

A veces puede darse la circunstancia de que dos territorios aparentemente desconectados acaben contando la misma historia. Eso es lo que está ocurriendo ahora con Extremadura y con Aragón. Las negociaciones entre el Partido Popular y Vox siguen atascadas. No por falta de aritmética parlamentaria, sino por exceso de desconfianza. Reproches mutuos cruzados.

Este domingo 8 de febrero se celebran elecciones autonómicas y las encuestas anticipan un escenario casi idéntico: victoria del Partido Popular, sin mayoría absoluta, y un Vox en claro ascenso, con capacidad real para condicionar el próximo gobierno.

No son dos situaciones aisladas, son dos capítulos de un mismo fenómeno. La impresión cada vez más evidente es que Vox está mirando a Aragón antes de mover ficha definitivamente en Extremadura. No es una intuición conspirativa, es una lógica política elemental: medir fuerzas, consolidar posición y negociar desde una posición de máxima ventaja.

Si Aragón confirma el auge que pronostican los sondeos, Vox llegará a la mesa extremeña con un mensaje claro: no solo somos necesarios, somos imprescindibles. Y esto obliga a hacerse una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿cómo hemos llegado hasta aquí?

Porque la explicación no está únicamente en Vox, está sobre todo en la actuación de los dos grandes partidos que han gobernado España durante décadas. El Partido Popular tiene una responsabilidad evidente. Durante años ha optado por una estrategia que parecía pragmática, pero que ha resultado profundamente miope.

El PP ha decidido mimetizarse en demasiadas ocasiones con Vox

Y es la de competir con la extrema derecha asumiendo parte de su discurso en lugar de marcar distancia, el PP ha decidido mimetizarse en demasiadas ocasiones con los marcos de Vox. Endurecimiento del lenguaje, simplificación de debates complejos, apelaciones constantes a identidades y miedos. La idea era clara: recuperar votantes perdidos hacia la derecha.

El efecto ha sido el contrario. Al asumir ese discurso, el PP no ha debilitado a Vox, lo ha legitimado, ha convertido lo que antes era marginal en una opción políticamente normalizada. Hoy, cuando el PP se sorprende o dice sorprenderse por las exigencias de Vox en Extremadura, convendría recordar que nadie exige lo que no cree merecer. Y Vox cree merecerlo porque durante años se le ha enviado el mensaje de que sus planteamientos eran, al menos en parte, aceptables.

Pero sería un error cargar toda la responsabilidad sobre el Partido Popular. El PSOE también ha jugado un papel decisivo en este escenario, aunque desde una lógica distinta. Su apuesta sistemática por la polarización ha acabado teniendo efectos profundamente contraproducentes.

Convertir cada ciclo político en una confrontación moral permanente. Dividir el país entre bloques irreconciliables. Elevar cualquier discrepancia al rango de amenaza democrática. Todo eso moviliza a los propios, sí, pero también alimenta el voto de rechazo.

Cuando la política se convierte en un estado de tensión constante, hay ciudadanos que no buscan una ideología más radical, sino una salida al hastío. Y en ese clima, la extrema derecha encuentra terreno fértil. No pocos votantes que en otro tiempo se identificaban con el PSOE han acabado recalando en Vox. No por convicción doctrinal, sin duda, sino por desafección, por cansancio, por rechazo a una política basada en el ruido y el señalamiento permanentes.

El PSOE también ha jugado un papel decisivo en este escenario, aunque desde una lógica distinta. Su apuesta sistemática por la polarización ha acabado teniendo efectos profundamente contraproducentes.

El resultado de estas dos estrategias, la mimetización por un lado y la polarización por otro, es el mismo: una extrema derecha fuerte, organizada y con capacidad de condicionar gobiernos.

Extremadura es hoy el laboratorio. Aragón puede ser la confirmación, y lo preocupante no es solo si habrá pacto o no, sino qué se está perdiendo por el camino. Porque cuando los partidos centrales renuncian a serlo, cuando abandonan el espacio del consenso razonable, alguien ocupa ese vacío. Y ese alguien casi siempre es el extremo. Vox no está improvisando, está esperando, observando, midiendo tiempos y territorios. Sabe que otros han tensado la cuerda antes y que ahora solo tiene que decidir hasta dónde quiere apretar.

Extremadura y Aragón no son excepciones, son síntomas de una política que ha confundido estrategia con identidad y táctica con proyecto de país. Y cuando eso ocurre, los extremos dejan de ser anecdóticos y pasan a marcar el rumbo.

Sobre el autor
El periodista Federico Quevedo
Federico Quevedo

Periodista

Ver biografía
Archivado en
Lo más leído