El conservadurismo constituye una de las claves fundamentales del pensamiento moderno y contemporáneo. Uno de los primeros análisis sistemáticos de esta ideología aparece en El pensamiento conservador (1926), obra atribuida al sociólogo húngaro Karl Mannheim, destacado estudioso del conservadurismo y de su diferenciación respecto del tradicionalismo.
El surgimiento del conservadurismo se sitúa en el contexto de las revoluciones liberales, y muy especialmente en la Revolución Francesa de 1789. Nace como una respuesta social, política, moral e incluso intelectual frente a aquellas oleadas revolucionarias cuyo propósito era desmantelar el Antiguo Régimen y abrir paso a una nueva forma de comprender la vida política y social.
Al abordar los orígenes del conservadurismo resulta imprescindible mencionar a Edmund Burke (1729-1797), escritor, filósofo y político considerado el padre del liberalismo conservador —corriente que él mismo denominaba “old whigs” —. Su obra Reflections on the Revolution in France (1790) recoge buena parte de los fundamentos del pensamiento conservador reaccionario de la época. Sin embargo, contrariamente a lo que podría suponerse, Burke no pretendía restaurar el absolutismo en Francia; no era, por tanto, un “reaccionario puro”. A diferencia de Locke, no concebía a los individuos como seres dotados de voluntad autónoma, sino como miembros de una sociedad política ya constituida y regulada por normas legales. Asimismo, otorgaba a la religión un valor último e indiscutible dentro del orden social.
Los conservadores ‘contrarrevolucionarios’
El término nace en la etapa de la revolución francesa para describir a los contrarios a de la Revolución y a la llamada “época de las revoluciones”. Se distinguen de los conservadores en el aspecto de que ellos se negaban a participar del aparente desorden de secularización, al contrario de los conservadores como Burke, quienes sí que participan de él.
Los principales pensadores del contrarrevolucionarismo son Lamennais y Maistre. La idea principal de los contrarrevolucionarios era que lo único capaz de crear una estructura de poder deben ser las Sagradas Escrituras. Los contrarevolucionarios defienden la unión entre la Iglesia y la política y rechazan por completo la división de poderes. Sin embargo, muchos contrarevolucionarios como Haller son conscientes de que recuperar un “orden natural” es utópico y solo puede conseguirse acabando con el enemigo político; defendiendo, por eso, la guerra civil y las dictaduras. Así que estamos ante una “corriente ideológica” con muchas discrepancias en su seno.
Difusión del ideario conservador antirrevolucionario
La corriente literaria del romanticismo fue clave en el inicio de la difusión de ideas liberales antirrevolucionarias en Alemania, dada la mentalidad conservadora de los escritores románticos alemanes (otros autores adscritos a la misma corriente literaria tendrían otros ideales como es el caso de los románticos italianos liberales). El romanticismo alemán, que comenzó a tomar peso tras la traducción al alemán de “Reflections”, obra de Edmund Burke (considerado el padre del liberalismo conservador británico) miraba hacia el pasado, hacia los orígenes de su nación, era claramente antimoderno y antidemocrático, y rechazaba el racionalismo. Con tales orígenes, el conservadurismo antirrevolucionario se expandiría pronto por Europa y el mundo.
La expansión del antirrevolucionarismo en el Reino Unido del siglo XIX vendría de la mano de Coleridge, político tradicionalista que tomaba sus ideales del romanticismo y que ponía a la religión como pilar fundamental de su ideología. Él, junto al utilitarista Bentham, dominaría la política británica del siglo XIX (según Stuart Mill).
En España tenemos a Gaspar Melchor de Jovellanos, con su Constitución interna que pretendía repartir la soberanía nacional entre el rey y las Cortes y Martínez Marina con su ideal de unir las Cortes liberales con las preliberales.
Pero el ejemplo más destacable es Francia. Allí surgieron dos vertientes con el estallido de la revolución francesa de 1789, ambas antirrevolucionarias; la de quienes pretendían una suerte de gobierno mixto entre la monarquía y el pueblo, permitiendo la modernización de Francia, y la de quienes querían volver a la representación por órdenes y las convocatorias de Estados Generales, con algunas reformas fiscales y administrativas.