El gran error de Karl Marx con su "teoría de la explotación marxista": el valor de un bien, ¿es objetivo o subjetivo?

18 de enero de 2026 a las 00:16h
Imagen que evoca a la economía
Imagen que evoca a la economía

Uno de los pensadores más importantes de los últimos tiempos y, que desde luego, permanecerá en el imaginario social y cultural por muchísimos años más es, sin duda, Karl Marx.

En este artículo de índole académica se profundizará, concretamente, en su “teoría de la explotación marxista”. En el primer volumen de su obra Das Kapital, el filósofo alemán introduce su teoría del valor−trabajo que grosso modo enuncia que el valor de una mercancía dada está determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario que implica su producción. Así pues, el trabajo, según Marx, es el único determinante del valor. Él lo explica así:

Lo que determina la magnitud del valor de cualquier artículo es la cantidad de trabajo socialmente necesario, o el tiempo de trabajo socialmente necesario para su producción... La mercan- cía, por lo tanto, en las que se incorporan cantidades iguales de trabajo, o que pueden producirse en el mismo tiempo, tienen el mismo valor. El valor de una mercancía es igual al valor de cualquier otra, así como el tiempo de trabajo necesario para la producción de una es igual al tiempo de trabajo necesario para la producción de la otra.

Si la teoría de Marx estuviera en lo cierto, tendría sentido pensar que la diferencia entre el valor (sinónimo de trabajo) del bien y el precio con el que lo vende el empresario (lo que él llama ganancia y que asimila con robo) genera una plusvalía que manifiesta la explotación a la que están siendo sometidos los trabajadores que, con su tiempo y trabajo dotan de valor ese bien. El problema es que la teoría de la explotación de Karl Marx en términos prácticos tiene lagunas.

Siguiendo a otros autores, se puede traer acolación la “teoría del valor subjetivo”. Esta teoría planteada, entre otros, por el teórico Carl Menger, incide en que alguien puede crear valor simplemente transfiriendo su propiedad de algo a alguien que la valora más, sin necesariamente modificar tal cosa. Adam Smith, que aún siendo un liberal clásico y habiendo incidido en que el valor de un bien es algo objetivo y no, como estamos viendo, subjetivo, menciona en su La riqueza de las naciones la “paradoja del valor”:

Nada es más útil que el agua; pero esta no comprará gran cosa; nada de valor puede ser intercambiado por ella. Un diamante, por el contrario, tiene escaso valor de uso; pero una gran cantidad de otros bienes pueden ser frecuentemente intercambiados por este.

En suma, que el agua es muy abundante y los diamantes no. El agua, al menos en los países desarrollados, es de fácil acceso. Los diamantes no. Así que el valor que los individuos le dotamos a los diamantes es superior que el valor del agua, a pesar de que ésta es no solo más útil sino necesaria para la vida.

Seguro que todavía quedan dudas, así que se proponen dos ejemplos más relacionados con diamantes: un buzo arriesga su vida yendo al fondo del mar en busca de un precioso diamante y cuando lo encuentra, ve que justo al lado también hay otra piedra (no preciosa) que le maravilla. Recoge tanto el diamante como esa piedra del fondo del mar y vuelve a tierra. No tarda en poner en venta ambas piedras que le han llevado exactamente el mismo tiempo y esfuerzo. Y creyendo firmemente en la teoría del valor de Karl Marx piensa que tanto el valor del diamante como el de la piedra marina es exactamente el mismo. ¡Soy millonario! piensa, sin embargo, no encontrará absolutamente a nadie que le page la misma cantidad de dinero por el diamante que por la otra piedra. En fin, que Marx estaba equivocado y que el pobre buzo no hallará a nadie que le conceda tanto valor a la piedra como al diamante. 

¿Otro ejemplo? Pensemos en los pantalones de moda, sí, esos que están rotos. Nunca has pensado por qué un pantalón que cuenta con menos material que los que no están rotos cuestan más. Pues porque las personas que le gustan ir a la moda están dispuestas a gastar más (valoran más) los pantalones rotos que los que no lo están. Y los empresarios juegan con tal valor subjetivo que los clientes están dispuestos a pagar por tal bien. Evidentemente, el precio, como mecanismo de información, se configura tanto por una “estimación” que el empresario hace de lo que los individuos estarán dispuestos a pagar por tal bien como, además, por la ley de la oferta y de la demanda que actúa sobre el libre mercado. No hay nada de “objetivo” en todo este asunto. Como vemos, no es nada fácil ser empresario ni trabajador, pero ambas “patas” de una empresa están íntimamente relacionadas y son necesarias.

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