El G7 encara este miércoles su última jornada en Évian con una tensión difícil de disimular: los aliados intentan cerrar filas en Ucrania, Oriente Medio y China mientras Donald Trump vuelve a ocupar el centro de la escena. El presidente estadounidense, que llegó de los últimos a una sesión de trabajo y soltó un “soy el jefe” ante el resto de líderes, ha marcado el tono político de una cumbre en la que las democracias industriales buscan acuerdos sin provocar una nueva fractura con Washington.
El consenso más relevante se está construyendo alrededor de Vladímir Putin. Los líderes del G7 se comprometen a aumentar la presión sobre la economía de guerra rusa con nuevas sanciones al petróleo y al gas ruso, aprovechando la distensión energética que deja el acuerdo entre Estados Unidos e Irán y la reapertura del estrecho de Ormuz. El bloque también prevé reforzar el suministro de defensa aérea, interceptores y capacidades de largo alcance a Ucrania, además de estudiar licencias para que Kiev amplíe su propia producción militar.
La cumbre también mira a Oriente Medio. El G7 respalda el pacto impulsado por Trump con Teherán, al que presenta como una oportunidad para impedir que Irán obtenga armas nucleares, pero mantiene cautelas sobre su aplicación. Los líderes reclaman libertad de tránsito sin restricciones ni peajes por el estrecho de Ormuz, clave para el comercio energético mundial, y piden un alto el fuego inmediato en Líbano, el desarme de Hezbolá y más esfuerzos humanitarios en Gaza, aunque sin elevar el tono contra Israel.
El aviso a China por las tierras raras
La otra gran decisión apunta a Pekín. Los líderes del G7 trabajan para reducir por debajo del 60% antes de 2030 la dependencia de un único proveedor externo en tierras raras e imanes permanentes, materiales críticos para defensa, baterías, semiconductores, energías renovables e industria tecnológica. La medida busca blindar las cadenas de suministro después de que las restricciones chinas a exportaciones estratégicas hayan evidenciado la vulnerabilidad occidental ante un proveedor dominante.
La cumbre encara sus últimas horas con acuerdos de peso, aunque la foto política sigue contaminada por Trump. El G7 quiere enseñar unidad ante Putin y dejar claro a Pekín que Occidente no va a seguir atado a sus tierras raras. El problema es que esa estrategia depende todavía de un socio que juega a su propio ritmo. Trump llegó a Évian tarde y dispuesto a marcar territorio, y lo ha conseguido. Los aliados buscan salir con compromisos firmados, pero también con una duda que pesa cada vez más en Europa: ¿Cuánto aguanta el bloque occidental cuando Washington convierte cada cumbre en una dura prueba de resistencia y polemica?
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