Keiko Fujimori ha logrado por fin la Presidencia de Perú en su cuarto intento y lo ha hecho con una victoria mínima, después de 17 días de recuento y una segunda vuelta resuelta voto a voto. La candidata derechista de Fuerza Popular se ha impuesto al izquierdista Roberto Sánchez con el 50,1% de los sufragios frente al 49,8%, una diferencia de apenas 43.386 votos que devuelve el fujimorismo al Palacio de Gobierno 25 años después de la caída de Alberto Fujimori.
El voto exterior terminó inclinando la balanza. Sánchez ha rechazado reconocer el resultado y ha denunciado irregularidades en el escrutinio de los sufragios emitidos fuera del país, aunque sus recursos han sido rechazados por improcedentes y observadores internacionales como la Organización de Estados Americanos (OEA) no han apreciado irregularidades capaces de alterar la voluntad expresada en las urnas. Perú entra así en una nueva etapa con una presidenta electa por muy poco margen y con casi medio país situado enfrente desde el primer día.
Fujimori llega al poder con un apellido que sigue partiendo en dos la política peruana. Para sus votantes, representa orden, estabilidad económica y una respuesta dura contra la inseguridad. Para sus detractores, trae de vuelta el legado autoritario de su padre, condenado por corrupción y crímenes de lesa humanidad tras un Gobierno marcado por las matanzas de Barrios Altos y La Cantuta, desapariciones, corrupción sistémica y esterilizaciones forzadas de mujeres indígenas.
Mano dura y giro conservador
La campaña de Fujimori se apoyó en una promesa clara de autoridad. La nueva presidenta ha defendido patrullas militares en las calles, refuerzo del control fronterizo, expulsión inmediata de inmigrantes condenados por delitos y trabajo obligatorio para presos. También ha planteado megacárceles, centros de control regionales con inteligencia artificial, patrulleros inteligentes y una política económica favorable a la inversión privada, con menos trabas burocráticas y más peso del empresariado.
Ese programa sitúa a Perú dentro del avance de una ultraderecha latinoamericana que ha convertido la seguridad, la frontera y el castigo penal en sus principales banderas. Fujimori ha buscado presentarse como una dirigente de orden más que como una agitadora ideológica, pero sus alianzas y apoyos la acercan al bloque regional que orbitan Javier Milei, José Antonio Kast, Daniel Noboa o Abelardo de la Espriella, con discursos distintos pero una misma promesa de autoridad frente al crimen y la izquierda.
Abascal celebra el regreso del fujimorismo
En España, el primero en celebrar el resultado ha sido Santiago Abascal. El presidente de la ultraderecha Vox ha felicitado a Fujimori y ha presentado su victoria como un triunfo contra el “socialismo empobrecedor y totalitario”. La lectura encaja con la estrategia internacional de la ultraderecha española, que lleva años intentando construir una red política iberoamericana alrededor de la Fundación Disenso, la Carta de Madrid y sus alianzas con gobiernos y candidatos conservadores del continente.
Fujimori asumirá el cargo el 28 de julio en un país exhausto por la inestabilidad. Perú ha tenido ocho presidentes en diez años y llega a este cambio de mando con un Congreso fragmentado, instituciones muy castigadas y una fractura territorial profunda entre Lima, el voto urbano, el exterior y el malestar rural, andino y amazónico que sostuvo a Sánchez. La victoria le basta para gobernar. La pregunta, ahora, es si le bastará para pacificar un país que no le ha dado un mandato amplio, sino una ventaja mínima.
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