Hay películas que terminan cuando aparecen los créditos. Y luego están las que, cuando sales del cine, siguen ocurriendo dentro de ti, como es el caso de La bola negra. La película de Javier Calvo y Javier Ambrossi tiene algo especialmente difícil de conseguir: no necesita subrayar constantemente lo que quiere decir para que termine calando. Sabe cómo y cuándo hacértelo saber. Hay una sensibilidad muy concreta en la forma de mirar a sus personajes, una manera de contar sus historias que consigue que incluso los silencios, los gestos y aquello que no se dice tengan un peso enorme.
Y quizá esa sea una de las cosas que más me ha gustado de la película: la capacidad de hacerte sentir lo que puede existir entre dos personas sin necesidad siquiera de que lleguen a tocarse. Una mirada, una pausa, la distancia entre dos cuerpos, la manera en la que alguien observa al otro o un silencio que se alarga unos segundos más de lo normal pueden decir muchísimo. Los Javis entienden que no hace falta convertir cada emoción en una declaración para que el espectador sepa perfectamente qué está ocurriendo. Esa sensibilidad frágil y vulnerable está ahí.
Puedes estar a centímetros de alguien y sentir una distancia enorme. Puedes no haber tocado nunca a alguien y, aun así, percibir todo lo que puedes llegar a sentir. Y La bola negra sabe filmar precisamente ese territorio invisible que existe entre dos personas: el deseo, el amor, la necesidad, el miedo, la pérdida o aquello que uno todavía no se atreve a decir.
Lo que se genera entre Sebastián y Rafael, llevados a la pantalla por Guitarricadelafuente y Miguel Bernardeau, pone literalmente los pelos de punta. El dolor entre Alberto y Teresa, interpretados por Carlos González y Lola Dueñas, también está ahí, presente en cada mirada, en cada silencio, sin que ninguno de los dos tenga que decir: "me duele".
Una historia que atraviesa generaciones
Los Javis construyen un relato que atraviesa distintas épocas y conecta las vidas de varios personajes separados por décadas, pero unidos por algo mucho más profundo: el deseo, el miedo, la identidad, la pérdida, el dolor y las consecuencias de todo aquello que una generación no pudo decir en voz alta.
La estructura podría haber sido un ejercicio de ingeniería narrativa, pero la película consigue que sus piezas vayan encontrándose poco a poco hasta que determinadas conexiones adquieren todo su sentido. Y ahí está uno de sus grandes aciertos: no solo entrelaza historias, entrelaza heridas.
Lo que una persona no pudo decir puede terminar resonando en otra muchos años después. Lo que una generación tuvo que esconder puede ser comprendido por la siguiente. Los personajes están unidos por aquello que sienten, pero también por todo aquello que recibieron de quienes estuvieron antes que ellos y por las experiencias que marcaron la vida de quienes les precedieron.
La película convierte así varias historias personales en algo más amplio: una reflexión sobre la memoria y sobre cómo el amor, el deseo, la identidad y los silencios también pueden heredarse.
Lorca, las referencias artístico-culturales y Sebastián
Uno de los aspectos que más enriquecen La bola negra es su diálogo constante con el universo de Federico García Lorca. La película parte de los cuatro folios que el poeta dejó de una obra inacabada y bebe también de La piedra oscura, de Alberto Conejero, para construir algo que va mucho más allá de una adaptación convencional.
Pero donde esta relación con el imaginario artístico resulta especialmente interesante es en Sebastián, uno de los protagonistas. Sebastián no es simplemente un nombre. Detrás de él hay toda una referencia a San Sebastián, a la historia del santo y, sobre todo, a la manera en la que el arte lo ha representado durante siglos. Su cuerpo atravesado por las flechas, expuesto, vulnerable y convertido una y otra vez en una imagen en la que conviven el sufrimiento, la belleza y el deseo.
La película utiliza ese imaginario como una metáfora de la propia historia de Sebastián. La vida del protagonista queda reflejada en la historia del santo. Su vulnerabilidad, aquello que desea, lo que tiene que callar y la manera en la que queda expuesto ante los demás encuentran un eco en todas esas representaciones artísticas.
Y ahí está lo interesante: la referencia no funciona como un simple guiño para quien conozca la historia del santo. Forma parte de la narración. Los Javis utilizan la referencia de San Sebastián tanto para la iconografía como para darle nombre a uno de los protagonistas para hablar de algo que atraviesa toda la película: cuerpos, deseo, identidad, represión y todo aquello que durante mucho tiempo no pudo expresarse libremente.
Es una de esas capas que hacen que La bola negra pueda disfrutarse de muchas maneras. Puedes quedarte con la historia y dejarte llevar por ella, pero también puedes detenerte en sus símbolos, en sus referencias artísticas y en todo aquello que están diciendo sin decirlo directamente porque, subliminalmente, lo estás viendo.
Y eso ocurre también con Lorca. Está presente incluso cuando no aparece de manera explícita. Está en su poesía, en el deseo oculto, en los amores que no pudieron vivirse, en los personajes obligados a callar o actuar en contra de su voluntad y en la necesidad de recuperar historias que durante demasiado tiempo permanecieron enterradas.
Es una oda a la vida, a la cultura y la memoria queer: a quienes tuvieron que esconder lo que sentían, a quienes fueron señalados y asesinados por amar, desear o ser diferentes, a quienes no pudieron vivir la "fantasía de la posibilidad" y a todos aquellos que, durante demasiado tiempo, no pudieron vivir ni contar su propia historia en libertad.
Una película que entra por los ojos
Y después está la fotografía. Aquí los Javis vuelven a demostrar que tienen una idea muy clara del cine que quieren hacer. Hay una voluntad estética evidente en cada encuadre, en los espacios, en la iluminación y en la composición de las escenas. La película tiene momentos que podrían funcionar prácticamente como cuadros, pero lo interesante es que esa belleza no está separada de lo que se está contando.
La imagen acompaña a los personajes. Cambia con ellos. Las distintas épocas se sienten diferentes no solo por el vestuario o la ambientación, sino por la propia textura visual de la película. Y hay algo especialmente estético en cómo se utiliza el espacio para hablar de las relaciones. La distancia entre dos personajes, quién ocupa un primer plano y quién queda al fondo, cómo se miran o cuánto tiempo permanecen juntos dentro de un encuadre también cuenta su historia.
La fotografía no está simplemente para hacer bonita la película. Cuenta. Y cuando fotografía, interpretación, música y montaje se ponen de acuerdo, La bola negra alcanza su mayor poder: emocionar.
La música merece un capítulo aparte
La música es, directamente, una locura. No funciona únicamente como acompañamiento emocional, sino como una función narrativa más. Hay canciones y momentos musicales que elevan escenas que, sobre el papel, podrían parecer sencillas hasta convertirlas en secuencias que permanecen en la cabeza mucho después de abandonar la sala.
Los Javis entienden muy bien que una canción puede expresar aquello que un personaje todavía no está preparado para decir. Y por eso la música no aparece simplemente para indicarnos cuándo debemos emocionarnos: forma parte de lo que la película quiere contar.
En algunos momentos, la canción, la imagen y la interpretación se funden de tal manera que la película adquiere una dimensión casi hipnótica. No quiero hacer spoilers, pero se enfatiza lo que comento en una de las escenas del personaje de Carlos, interpretado por un entregadísimo Milo Quifes.
Penélope Cruz y Glenn Close
Dentro de un reparto eminentemente joven, las apariciones de Penélope Cruz y Glenn Close tienen un peso especial. No están ahí simplemente para aportar dos nombres internacionales al reparto. Sus personajes tienen una función concreta dentro del universo que están construyendo los Javis y las dos dejan una huella considerable.
La aparición de Penélope Cruz como Nené es uno de esos momentos que resulta difícil olvidar. Su secuencia condensa música, deseo y libertad y, al mismo tiempo, retrata una España que parece abrirse poco a poco a nuevas formas de vivir y de sentirse. Es una escena cargada de energía y significado, en la que los Javis vuelven a demostrar su capacidad para hacer convivir lo íntimo, lo político y lo puramente cinematográfico dentro de una misma secuencia.
Glenn Close, por su parte, aporta una presencia magnética. Tiene esa capacidad de entrar en una escena y hacer que el espectador quiera saber más de ese personaje incluso cuando no necesita ocupar demasiado espacio.
No quiero explicar mucho más sobre ellas porque creo que parte de la gracia está en descubrir qué lugar ocupan dentro de este entramado.
Un guion que confía en el espectador
Quizá lo más arriesgado de La bola negra sea precisamente su guion. Contar varias historias separadas por décadas y conseguir que el espectador entienda, incluso antes de que acabe la película, que todas forman parte de una misma herencia emocional no es sencillo. La película exige atención, pero también recompensa esa atención.
Hay conexiones que se dejan entrever de manera sutil, poco a poco, y personajes cuya importancia se comprende mejor a medida que avanza la historia. No todo está explicado desde el primer minuto y eso permite que el espectador participe también en la construcción del relato.
Y esto conecta con la sensibilidad de la película. Los Javis no necesitan explicarte constantemente qué sienten sus personajes porque confían en que puedes mirarlos y entenderlos.
Una mirada puede ser suficiente. Un silencio puede contar una historia entera. La película puede conseguir que percibas el deseo de los personajes sin que llegue a producirse habla o contacto. Eso es mucho más difícil de hacer de lo que parece.
Y, además, hay algo que me resulta especialmente atractivo: La bola negra no tiene miedo de ser ambiciosa.
Las principales críticas a la película
Aunque parece que la respuesta general, y casi mayoritaria, está siendo de fascinación por la película, no todo ha sido unanimidad. Algunos de los aspectos que más debate han generado tienen que ver precisamente con la cantidad de capas que reúne. Entre las principales objeciones aparecen su duración, la acumulación de historias y símbolos, determinados momentos considerados demasiado explicativos y ciertas decisiones en la construcción de algunos personajes. También hay quienes consideran que algunas partes funcionan mejor de manera independiente que como piezas de un mismo conjunto. Son valoraciones que forman parte del debate crítico en torno a La bola negra, aunque no comparto necesariamente todas ellas.
Frente a estas lecturas, hay otro dato que también forma parte de la conversación alrededor de la película: la respuesta del público en las salas. La bola negra ha superado los 600.000 espectadores en su primer fin de semana, logrando el cuarto mejor estreno del año en España y el segundo mejor estreno español de la última década, solo por detrás de Torrente Presidente. Además, se ha situado como el noveno mayor estreno de una película española de la historia y, en apenas tres días, ya figura entre las producciones españolas más taquilleras del año.
Todo ello después de llegar a los cines respaldada por un importante recorrido internacional, con el premio a la Mejor Dirección en el Festival de Cannes y los premios del público en los festivales de Sídney, Toronto y San Sebastián. Más allá de las distintas lecturas que pueda generar por su duración, su estructura o la cantidad de elementos que reúne, los datos de taquilla muestran ya el enorme interés que ha despertado La bola negra y la conexión que ha conseguido establecer con el público.
Una película que se siente antes de entenderse
Salí de La bola negra con la sensación de haber visto algo que no sabía cómo explicar inmediatamente. Y quizá esa sea una de las mejores cosas que se pueden decir de una película. Porque hay momentos que funcionan por lo que cuentan, otros por lo que esconden y otros, sencillamente, por cómo están filmados, interpretados o acompañados por una canción.
Los Javis han construido una película profundamente sensible, y no solo desde la fragilidad, sino desde la convicción de que contar estas historias importa. Una película sobre quienes tuvieron que callar, sobre quienes heredaron silencios que no les pertenecían y sobre la posibilidad de que, muchos años después, esas historias puedan por fin salir a la luz.
Y cuando la película consigue juntar todos sus elementos —el guion, la fotografía, la música, las interpretaciones, Lorca, Sebastián y esas conexiones y metáforas artísticas que van apareciendo casi en secreto— ocurre algo muy bonito: dejas de estar pendiente de cómo está construida y simplemente te dejas llevar.
A mí, al menos, me pasó eso.
La película tiene una capacidad brutal para hacer visible lo invisible. Para conseguir que entiendas qué puede sentir una persona por otra sin necesidad de que se toquen. Para hablar de deseo sin convertirlo en contacto. Para hablar de amor sin necesidad de nombrarlo; te lo muestra. Y, sobre todo, para recordar al espectador contemporáneo de dónde proceden los derechos que se tienen ahora: muchas de las libertades que hoy vivimos con naturalidad fueron conquistadas por quienes, antes que nosotros, tuvieron que luchar y hacer sacrificios por poder amar, sentir y vivir en libertad. Y hacerlo en nombre, palabra y representación de lo que no se contó de Lorca, adquiere una dimensión mayor.
Hay películas de las que sales con la necesidad de entender qué acabas de ver. Y hay otras que no necesitan que las entiendas de inmediato, porque, antes que nada, las sientes. La bola negra puede ser ambas cosas, pero, sobre todo, pertenece a las segundas.