El Gobierno de Pedro Sánchez enfría la nueva polémica abierta con el PNV y rebaja cualquier lectura de crisis política tras las informaciones que apuntan al malestar de los nacionalistas vascos con el rumbo de la legislatura. Desde Moncloa se circunscribe el asunto “al ámbito de los partidos” y, en concreto, a la relación entre PNV y PSE, evitando elevar el tono o presentar el episodio como un choque con el Ejecutivo central.
Fuentes gubernamentales sostienen que son ambas formaciones en Euskadi las que deben reconducir sus posibles desencuentros y subrayan que el Ejecutivo conocía la reunión prevista entre ambas partes, restando así dramatismo a la cita. En la sala de máquinas del Gobierno se transmite un mensaje de normalidad institucional: no hay alarma, ni ruptura, ni cambio de escenario.
La Moncloa pone además el foco en la relación directa con el Gobierno Vasco, que define como fluida y constante. Según estas fuentes, los contactos son frecuentes y están dando resultados, una expresión con la que el Ejecutivo quiere trasladar imagen de estabilidad y trabajo conjunto pese al ruido político.
En paralelo, el entorno de Sánchez reivindica la “lealtad” mantenida históricamente con el PNV y recalca que el diálogo entre ambas partes siempre ha sido sincero y positivo. Un mensaje con clara intencionalidad política: frente a quienes hablan de agotamiento parlamentario o de socios cansados, el Gobierno responde con continuidad, pragmatismo y puentes abiertos.
Así, mientras algunas voces interpretan el movimiento del PNV como un toque de atención ante una legislatura desgastada, en Moncloa se impone otra narrativa: la de una discrepancia puntual, gestionable y sin impacto real en la estabilidad del Ejecutivo.