Llevo cinco días sin Rodalies. Cinco días de caos absoluto para mí y para cientos de miles de personas que dependemos del tren para ir a trabajar, estudiar o simplemente llegar a tiempo a nuestra vida.
No hablo de una molestia puntual. Hablo de perder horas cada día, de llegar tarde al trabajo, de dar explicaciones constantes que nadie te pide cuando el problema es estructural, de vivir con la incertidumbre permanente de no saber si hoy podrás llegar o no. Hablo de frustración, de desgaste y de una sensación creciente de abandono.
Mientras tanto, la respuesta del Govern de Catalunya ha sido una sucesión de declaraciones cínicas, llenas de palabras vacías y sin ninguna asunción de responsabilidades. Pedir paciencia a una ciudadanía que cumple, paga y nunca falla, mientras pierde trabajo, tiempo y dignidad, no es solo insuficiente, es indecente e insultante.
Esto no es un incidente aislado. Es negligencia institucional. Año tras año se normaliza un servicio colapsado, infrafinanciado y mal gestionado. Y cuando todo termina de desmoronarse, se reparten excusas como si fueran soluciones. Ofrecer gratuidad no compensa el fracaso, lo convierte en burla. La propaganda no sustituye a la gestión.
Como usuario de Rodalies, no me sorprende el desafecto, la ira ni el voto de castigo de la gente. Nada de eso surge de la nada, se cultiva cada día que se acepta el desastre como normal y se trata a la ciudadanía como súbdita resignada, obligada a aguantarlo todo.
Esto no es gobernar. Es abdicar. Y este fracaso tiene responsables, tiene nombres y tiene cargos. Negarlo solo agrava el daño y profundiza la brecha entre las instituciones y quienes dependemos de ellas para vivir.