Lo que está pasando entre el Partido Popular y Vox en Extremadura y en Aragón no es solo un tira y afloja entre dos partidos del arco parlamentario. Es un síntoma, y es un síntoma bastante revelador. Miren, Génova ha decidido tomar el control directo de las negociaciones con Vox; es decir, lo que hasta ahora se presentaba como autonomía territorial de los barones pasa a estar tutelado desde Madrid. Y aquí está la primera clave, porque quien hoy centraliza es el mismo que, cuando presidía la Xunta de Galicia, defendía justo lo contrario. Alberto Núñez Feijóo construyó su liderazgo reivindicando autonomía frente a la dirección nacional del Partido Popular. Que se lo pregunten a Soraya Sáenz de Santamaría. Galicia no se dirigía desde Madrid, decía. Galicia decidía por sí misma. Hoy, sin embargo, quien decide es Génova 13. ¿Cambio de criterio? Bueno, no exactamente. Es un cambio de contexto. Y probablemente también es un síntoma claro de debilidad.
Feijóo prometió, cuando llegó a la presidencia del PP, un modelo más coral, más territorial, menos presidencialista. Pero la negociación con Vox se complica en cuanto hay riesgo real de bloqueo. Es entonces cuando la dirección nacional interviene. ¿Por qué?, se preguntarán ustedes. Porque el Partido Popular no tiene una estrategia clara frente a Vox. Eso parece más que evidente y eso es lo que estamos viendo. Durante meses el discurso fue: “No somos lo mismo”. Después fue: “Hablaremos si hace falta”. Más tarde: acuerdos puntuales. Ahora: documento marco, condiciones por escrito y supervisión directa desde Madrid. Es una secuencia que transmite una cosa: improvisación.
Y, mientras tanto, Vox juega a otra cosa: a la presión pública, al agravio, a la escenificación del conflicto. Sabe que el Partido Popular necesita sus votos y tensiona la cuerda hasta el límite. El resultado es paradójico: cuanto más intenta el Partido Popular fijar reglas, más evidencia su dependencia.
Pero hay algo, si me apuran, todavía más profundo. Cuando un líder que construyó su perfil político sobre la autonomía territorial decide recentralizar las decisiones estratégicas, lo que está haciendo no es solo coordinar: está enviando un mensaje interno. Dos puntos: “No me fío de que esto salga bien si yo no lo controlo”. Y eso dice mucho del momento que atraviesa Alberto Núñez Feijóo. No encuentra un discurso sólido frente a la ultraderecha. No termina de decidir si la estrategia es competir con Vox en algunos marcos —como el de la inmigración, la agenda climática, la violencia de género o la identidad nacional— o marcar una frontera nítida. Y cuando un partido no sabe si diferenciarse o parecerse, se acaba moviendo en un terreno absolutamente inestable.
El problema no es solo aritmético, es estratégico. Si pacta demasiado, normaliza. Si marca demasiada distancia, bloquea gobiernos. Si tutela desde Madrid, contradice su propio relato. Si deja libertad total, arriesga la incoherencia territorial. Es el pantano perfecto.
Y lo más delicado es que esta situación no es coyuntural. No es solo Extremadura o Aragón. Es un dilema estructural de la derecha española. Feijóo llegó prometiendo estabilidad y moderación. Hoy proyecta gestión de crisis permanente. Y en política la percepción importa tanto como los números.
La pregunta ya no es si habrá acuerdo con Vox. La pregunta es qué precio estratégico está dispuesto a pagar el Partido Popular por no haber definido antes qué relación quiere tener con la ultraderecha. Porque, cuando uno, haciendo buena aquella frase de Groucho Marx, cambia de principios según la circunstancia, deja de parecer estratégico y empieza a parecer reactivo. Y eso, para un líder nacional que aspira a gobernar España, es un problema.