No siempre sucede. Me refiero a que como periodista llames y te descuelguen el teléfono o te respondan a un mensaje. El equipo que rodea al ministro de Asuntos Exteriores —no sé si por aquello de la diplomacia— lo hace con una naturalidad que se agradece. Tanto es así que esta semana me han hecho un hueco para poder entrevistarle.
Quizá todavía no sepan por dónde voy.
Trabajar en un programa como En Jake, en una cadena autonómica como EITB, o escribir en un periódico de reciente creación como este que leen, ElConstitucional.es, tiene sus limitaciones. No tienes el peso de los grandes medios, ni el respaldo de una gran marca. No siempre te conocen —ni te reconocen— lo suficiente como periodista. Y, por supuesto, tu mensaje llega a menos gente.
Posiblemente todo eso sea cierto. Lo sé.
Pero quienes tenemos la suerte de ocupar una parcela —por pequeña que sea— en este oficio, también debemos reivindicar algo. O, mejor dicho, reivindicar a alguien: a quienes desde lo local, desde redacciones pequeñas o desde proyectos que empiezan con más vocación que recursos, hacen cada día un periodismo digno y, demasiadas veces, poco reconocido.
Hace tiempo llegué a una conclusión: el buen periodismo no depende del tamaño de la redacción. También se hace —y muchas veces mejor— en trincheras modestas.
Por eso contar con ministros como José Manuel Albares, dispuestos a atender también a medios pequeños, es algo más que una simple entrevista. Es, en cierta forma, un reconocimiento.
Desde aquí aplaudo su trato, su tiempo y su honestidad cuando me dijo: “debemos hablar con todos”.’
Porque la democracia no se sostiene solo en los grandes focos ni en los grandes titulares. También vive en esas preguntas que se hacen desde redacciones pequeñas, desde programas locales o desde medios que todavía están creciendo.
Y quizá por eso convendría recordarlo más a menudo: el periodismo no se mide por el tamaño del micrófono, sino por la voluntad de escuchar la pregunta.