El estrecho de Ormuz empieza a recuperar movimiento después de meses convertido en una de las zonas más tensas del planeta. Varios cargueros han logrado cruzar ya bajo el plan activado por la Organización Marítima Internacional, el organismo marítimo de la ONU, que busca ordenar la salida de cientos de buques bloqueados en el Golfo Pérsico desde el cierre decretado por Irán tras la guerra abierta por Estados Unidos e Israel contra la República Islámica.
El dispositivo pretende aliviar una crisis que ha dejado a miles de marineros atrapados durante semanas, con tripulaciones pendientes de relevos, provisiones, asistencia médica y garantías reales de seguridad. La OMI trabaja con los Estados ribereños, especialmente Omán e Irán, para habilitar corredores temporales y evitar un atasco peligroso en una vía por la que antes del conflicto circulaba una parte clave del petróleo y el gas que abastece a la economía mundial.
La reapertura, aun así, avanza con cautela. Decenas de barcos esperan instrucciones antes de moverse, las rutas habituales siguen alteradas y las navieras reclaman garantías firmes antes de devolver el tráfico a niveles normales. El riesgo de minas, los problemas de comunicación, el deterioro de algunos buques tras meses fondeados y el aumento de los costes de seguro mantienen el freno echado en una zona donde cualquier error puede disparar de nuevo el precio del crudo.
La tensión política tampoco ha desaparecido. Donald Trump ha advertido de que romperá “de inmediato” las conversaciones con Irán si Teherán impone peajes o tasas al paso de barcos por Ormuz. Omán, por su parte, ha defendido un corredor marítimo sin cobros y amparado en la libertad de navegación. El acuerdo ha permitido que los primeros buques salgan, pero el control futuro del estrecho sigue siendo una pieza sensible en la negociación entre Washington, Teherán y los países del Golfo.
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