Donald Trump ha vuelto a usar a España como diana en la cumbre de la OTAN, pero esta vez la respuesta no ha salido solo de Moncloa. Bruselas ha entrado en escena para recordar algo básico: Estados Unidos no negocia el comercio con España país por país, sino con la Unión Europea.
El presidente estadounidense había llegado a Ankara con su libreto habitual de presión, amenaza y bronca pública. Llamó a España “causa perdida”, la definió como un “aliado terrible” y pidió cortar el comercio, incluidas las visitas. Lo hizo en presencia de Mark Rutte, secretario general de la OTAN, y después de meses de choque por el rechazo del Gobierno español a elevar el gasto militar hasta el 5% del PIB.
Moncloa no ha querido entrar al cuerpo a cuerpo. Fuentes del Ejecutivo han respondido con “tranquilidad y normalidad”, han reivindicado una relación social, cultural y económica “magnífica” con Estados Unidos y han subrayado que Washington mantiene superávit comercial con España. En otras palabras, si Trump quisiera romper, también golpearía intereses estadounidenses.
Pedro Sánchez ha seguido esa misma línea tras la cumbre. El presidente ha explicado que habló con Trump de fútbol y del Mundial, sin tirantez y con cordialidad, después de las declaraciones más duras del mandatario republicano. La escena resume bien la estrategia de Moncloa: no sobreactuar ante el grito, sacar el debate del terreno personal y llevarlo al marco europeo.
Ahí Bruselas le ha puesto el primer límite a Trump. La Comisión Europea ha pedido a Washington que respete los compromisos comerciales alcanzados con la UE y ha avisado de que protegerá los intereses de todos los Estados miembro. El mensaje es claro. Una cosa es el espectáculo político de Trump ante las cámaras y otra muy distinta abrir una guerra comercial selectiva contra un país integrado en el mercado único europeo.
La derecha se mueve entre España, Sánchez y su referente Trump
El ataque de Trump también ha obligado al PP a ajustar el paso. Juan Bravo ha censurado las palabras del presidente estadounidense y ha defendido que, “entre los españoles y Trump”, los españoles van primero. El dirigente popular ha recordado la presencia de empresas españolas en Estados Unidos y ha sostenido que la realidad económica pesa más que las frases del inquilino de la Casa Blanca.
Pero el PP no ha soltado el marco contra Sánchez. Bravo ha acusado al Gobierno de haber reducido la relevancia internacional de España y ha usado la crisis para cargar contra la política exterior del Ejecutivo. Rafael Hernando, también desde el PP, ha ido por una vía parecida: ha calificado de “impresentable” que Trump ataque a un país que no hace lo que él dice, pero ha añadido que no distinguir entre España y Sánchez resulta “insultante”.
La ultraderecha Vox, en cambio, ha vuelto a quedar atrapado en su propio espejo trumpista. Santiago Abascal ha atribuido las amenazas a la pérdida de credibilidad internacional causada por Sánchez y ha evitado una condena frontal al presidente estadounidense. La incomodidad es evidente. Trump ataca a España, pero la extrema derecha española sigue buscando la forma de convertir el golpe en munición contra el Gobierno.
En el otro lado del Ejecutivo, Sumar ha leído el choque como una cuestión de soberanía. Pablo Bustinduy ha defendido que España “no es vasallo de nadie” y que el país puede decidir sus prioridades sin aceptar imposiciones de Washington. El argumento encaja con una parte del debate de fondo que atraviesa toda la cumbre: cuánto rearme puede asumir Europa sin poner el Estado del bienestar al servicio de la agenda militar de Trump.
Rutte ha intentado cerrar filas. El secretario general de la OTAN ha hablado de una cumbre “tremendamente exitosa”, ha destacado la unidad aliada y ha rebajado la decepción de Estados Unidos con sus socios a “casos aislados”. También ha reconocido que España ha dado “un gran paso” al superar el 2% en gasto militar, aunque mantiene la presión general para avanzar hacia los compromisos marcados por la Alianza.
Sánchez ha aprovechado el cierre de Ankara para reforzar la otra pata de su relato. España, ha dicho, cumple por capacidades, por despliegues y por apoyo a los aliados. El presidente ha anunciado además que el país se sumará a la misión de la OTAN en Finlandia para proteger la región ártica, con una participación concreta que se definirá en septiembre. No es un detalle menor: Moncloa busca responder a Trump con presencia militar real, no con el 5% que rechaza.
La declaración final de la cumbre mantiene el compromiso con la defensa colectiva y el apoyo a Ucrania, pero Sánchez subraya que el texto habla de capacidades y modernización más que de una cifra desnuda de gasto. Ese matiz es el que España intenta colocar desde hace un año. La seguridad se mide también por tropas desplegadas, capacidades navales, apoyo aéreo, industria, resiliencia y contribución efectiva en misiones aliadas.
Trump ha convertido la OTAN en otro escenario de presión personal. España sale señalada, pero no aislada. Bruselas ha cerrado la puerta a una represalia comercial a la carta, Rutte ha evitado alimentar el incendio y Moncloa apuesta por dejar que la amenaza se desgaste sola. La prueba llegará si Washington intenta convertir el exabrupto de Ankara en una medida real. Ahí ya no hablará solo España. Hablará la Unión Europea.
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