Donald Trump ha dado un nuevo giro a la política estadounidense sobre inteligencia artificial. El presidente de Estados Unidos ha ordenado que las agencias federales sustituyan las expresiones "inteligencia artificial" e "IA" por "superinteligencia" y "SI" en sus comunicaciones y documentos oficiales, al tiempo que ha alcanzado con los principales gigantes tecnológicos un acuerdo voluntario para reforzar los controles sobre el desarrollo de estos sistemas.
La decisión se produce después de la reunión mantenida en la Casa Blanca con varios de los principales ejecutivos del sector. Trump ha defendido que la tecnología actual ya va mucho más allá de la simple automatización de determinadas capacidades humanas y ha presentado esta nueva etapa como una carrera tecnológica en la que Estados Unidos busca mantener su ventaja frente a China.
El cambio de terminología no se limita a un gesto político. La Casa Blanca ya utiliza "super intelligence" en documentación oficial relacionada con sus nuevos servicios digitales, mientras la orden establece además un plazo para avanzar en una definición oficial del concepto.
Un acuerdo voluntario con cuatro niveles de control
El otro gran resultado de la reunión ha sido el compromiso alcanzado con algunas de las principales empresas tecnológicas y de inteligencia artificial. Entre los firmantes figuran responsables de compañías como Google, Meta, OpenAI, Nvidia, Anthropic y xAI.
El pacto plantea cuatro niveles de supervisión. Las empresas deberán establecer controles internos para evaluar los riesgos de sus sistemas, contar con equipos encargados de comprobar que esas medidas se cumplen, recurrir a auditores externos independientes y crear comités dentro de sus consejos de administración que supervisen los resultados de esas evaluaciones:
- Controles internos de seguridad para identificar y gestionar riesgos de los modelos, incluidos los relacionados con ciberseguridad y bioseguridad.
- Equipos internos de supervisión encargados de comprobar que esos controles se aplican.
- Auditorías externas independientes para evaluar las medidas de seguridad adoptadas por las compañías.
- Comités independientes dentro de los consejos de administración para supervisar los resultados de esas evaluaciones.
El acuerdo no constituye una nueva ley ni establece obligaciones jurídicas equivalentes a una regulación federal. Se trata de un compromiso voluntario que Trump ha definido como "moralmente vinculante" y que podría servir, según el propio documento, como base para futuras leyes o regulaciones.
Trump ha defendido precisamente la autorregulación del sector frente a la posibilidad de imponer nuevos límites al desarrollo de estos sistemas. Antes del encuentro, el presidente había insistido en que Estados Unidos no debía frenar una tecnología que considera estratégica para su economía y su posición internacional.
Algunos ejecutivos presentes en la reunión han introducido, sin embargo, un tono más prudente. Dario Amodei, de Anthropic, ha advertido de que la tecnología plantea "riesgos muy reales" y que todavía continúa abierto el debate sobre cómo abordarlos.
El pacto llega además en un momento de creciente presión sobre las empresas por los riesgos asociados al desarrollo de sistemas cada vez más autónomos. Investigadores y antiguos trabajadores de algunas de estas compañías han reclamado mayores garantías de seguridad ante la velocidad con la que avanza la tecnología.
La reunión también ha servido para abordar otro de los grandes conflictos que acompañan a la expansión de la IA: el crecimiento de los centros de datos. Trump ha defendido su construcción y ha planteado que las empresas tecnológicas contribuyan económicamente a las comunidades en las que se instalan o adopten medidas destinadas a reducir su impacto sobre los costes energéticos.
El presidente ha presentado el desarrollo de la inteligencia artificial como una competición estratégica con China y ha insistido en que Estados Unidos debe mantenerse por delante. En paralelo, su Administración ha optado por un modelo que combina el impulso a la expansión tecnológica con compromisos voluntarios de seguridad asumidos por las propias compañías.
El resultado es una nueva estrategia estadounidense en la que la palabra IA empieza incluso a quedar relegada en el lenguaje oficial, mientras las empresas que lideran el sector asumen directamente buena parte de la responsabilidad sobre los controles y auditorías de sus propios sistemas.