8M: mientras los hombres todavía dirigen las guerras, las mujeres empiezan a ganar la autoridad para contarlas

En el Día Internacional de la Mujer, la escalada militar que ha marcado la agenda internacional vuelve a evidenciar un patrón: los grandes conflictos siguen dirigidos por hombres, mientras las mujeres empiezan a ganar autoridad para contarlos.

08 de marzo de 2026 a las 13:01h
Laura de Chiclana, corresponsal de Mediaset, en el programa 'Horizonte' de Íker Jiménez
Laura de Chiclana, corresponsal de Mediaset, en el programa 'Horizonte' de Íker Jiménez

Hombres en las estructuras de poder. Hombres en la línea de fuego. Hombres en las mesas donde se toman las decisiones.

En el imaginario bélico —y también en la vida real— el sistema sigue siendo, si hablamos de guerras, profundamente patriarcal.

Según el informe Global Peace Index, publicado por el Institute for Economics & Peace y que analiza 163 países y territorios, el pasado año se registraron 59 conflictos en curso, la cifra más alta desde la Segunda Guerra Mundial.

El mismo estudio advierte además de un deterioro preocupante: alcanzar acuerdos de paz se ha vuelto cada vez más difícil. En la última década, los pactos exitosos han caído hasta el 4%, el nivel más bajo en medio siglo. El panorama es desolador.

Basta un repaso rápido al mapa de conflictos. La reciente escalada militar en Irán tras la ofensiva de Estados Unidos e Israel vuelve a mostrar a hombres al frente, moviendo las bombas como fichas de una partida de parchís. En la arrasada Gaza o en la ya enquistada guerra entre Rusia y Ucrania, los rostros del poder vuelven a ser masculinos: Benjamin Netanyahu, Vladimir Putin o Volodymyr Zelensky.

La imagen se repite también en Asia, con el líder norcoreano Kim Jong-un exhibiendo músculo militar. Y si ampliamos el foco a otros conflictos menos visibles —como los que monitoriza el Council on Foreign Relations— aparecen nuevas tensiones activas en Yemen, las disputas entre Tailandia y Camboya o las crisis prolongadas en Sudán, Somalia, Siria o Myanmar. En todos esos escenarios, el poder sigue teniendo el mismo rostro: masculino.

El patrón común es doble. Por un lado, el daño devastador sobre la población civil: barrios arrasados, servicios colapsados y desplazamientos que se prolongan durante años. Por otro, la persistencia de estructuras de poder profundamente patriarcales, reforzadas una y otra vez por un mismo modelo dominado por hombres.

No planteo —por falta de evidencias— que con mujeres al mando el resultado fuese necesariamente diferente. Ahí está el ejemplo de Margaret Thatcher y su papel decisivo en la Guerra de las Malvinas de 1982, cuando ordenó una rápida respuesta militar tras la invasión argentina del 2 de abril.

Pero sí constato, en este Día Internacional de la Mujer, que la reivindicación de igualdad no se limita al acceso al empleo o a la representación institucional. También tiene que ver con algo más profundo: quién ocupa los espacios donde se toman las decisiones que afectan a la guerra y a la paz.

Ganar la auctoritas

Donde quizá sí empieza a percibirse un cambio —aunque todavía tímido— es en el papel que desempeñan las mujeres como protagonistas de la información en tiempos de guerra.

Leía esta semana a la periodista, escritora y politóloga Estefanía Molina decir: “Tengo obsesión con el papel de la mujer en la influencia social: hemos conquistado muchos espacios, pero la autoridad sigue siendo algo que hay que pelear mucho en el mundo de la vocación pública”.

Molina sostiene que, aunque el campo bélico sigue dando “más manga ancha” a la presencia masculina en la esfera pública, algo empieza a moverse. Y cita como ejemplos recientes la presencia de la corresponsal Ana Bosch o de la profesora de ciencia política Ruth Ferrero como voces con auctoritas en el debate público. No solo porque están en los lugares donde se interpreta la realidad, sino porque su criterio es escuchado.

Sin embargo, también señala una carencia significativa: la escasa visibilidad de mujeres jóvenes en esos espacios de influencia. Lo que revela, explica, que una mujer suele necesitar recorrer toda su carrera profesional para que se reconozca su autoridad pública, algo que no ocurre con la misma intensidad en el caso de los hombres.

Aun así, el panorama empieza a moverse.

Lara Escudero en Ucrania, Marta Maroto en el Líbano o Laura de Chiclana desde Israel representan a una nueva generación de corresponsales que están rompiendo techos de cristal en la cobertura de conflictos internacionales.

Periodistas que no solo informan desde el terreno, sino que construyen credibilidad frente a las audiencias.

Esa autoridad profesional, sin embargo, sigue siendo frágil.

Esta misma semana, durante una conexión en directo desde Tel Aviv en el programa de Iker Jiménez, Laura de Chiclana explicó que la comunidad árabe en Israel no dispone de refugios públicos suficientes, una afirmación que generó polémica cuando fue cuestionada públicamente desde el propio plató, desacreditando a la periodista que estaba informando desde el lugar de los hechos.

Un episodio que ilustra hasta qué punto la auctoritas en el espacio público sigue siendo un territorio en disputa.

Mientras la política internacional continúe dominada casi exclusivamente por hombres, la guerra seguirá siendo, en demasiadas ocasiones, una conversación entre ellos.

Pero algo empieza a cambiar: cada vez hay más mujeres disputando la autoridad para contarla.

Y en el mundo de la información —como en la política— la auctoritas no se concede. Se conquista.

Sobre el autor
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Iker Ibáñez

Cronista parlamentario

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