Pedro Sánchez cumple este lunes ocho años al frente del Gobierno. El aniversario coincide con uno de los momentos más delicados de todo su mandato. Fue el 1 de junio de 2018 cuando el Congreso aprobó la moción de censura contra Mariano Rajoy, la primera que prosperaba en la historia democrática reciente de España. Al día siguiente, Sánchez prometía su cargo ante el Rey e iniciaba una etapa política que, ocho años después, sigue abierta.
La coincidencia temporal llega en medio de una sucesión de investigaciones y controversias que afectan al entorno político y personal del presidente. Los casos relacionados con José Luis Ábalos, Santos Cerdán, José Luis Rodríguez Zapatero, Leire Díez y, en el ámbito personal, con su hermano David Sánchez o su mujer, Begoña Gómez, han elevado la presión sobre el Ejecutivo y han reactivado las exigencias de la oposición —y de algunos de sus socios— para poner fin anticipadamente a la legislatura.
Sin embargo, pese al deterioro político, nada parece moverse.
La paradoja de la política española es que el Gobierno atraviesa uno de sus momentos más vulnerables mientras la posibilidad de una alternativa continúa siendo remota. Es lo que podría definirse como un empate infinito o un equilibrio de Nash: nadie está satisfecho, pero nadie encuentra una alternativa que mejore su posición ni modifica su estrategia.
El Partido Popular lleva meses reclamando elecciones anticipadas y sostiene que la situación es insostenible. Alberto Núñez Feijóo asegura y repite que hará “todo” lo posible para provocar un cambio de Gobierno. El problema es que la principal herramienta parlamentaria para lograrlo, la moción de censura, exige unos apoyos que hoy no existen.
La presencia de Vox convierte esa operación en prácticamente imposible. Ninguno de los socios parlamentarios que hicieron posible la investidura de Sánchez parece dispuesto a aparecer respaldando una iniciativa liderada por el PP y sostenida por la formación de Santiago Abascal.
Otras relaciones rotas
Tampoco ayudan las relaciones entre los potenciales aliados de una hipotética mayoría alternativa. El vínculo entre PP y PNV atraviesa uno de sus peores momentos. Los intercambios públicos entre dirigentes de ambas formaciones reflejan hasta qué punto la desconfianza se ha convertido en un obstáculo político por sí misma. Los populares reclaman al nacionalismo vasco que facilite un cambio de ciclo. El PNV responde acusando al PP de haber estrechado su alianza con Vox hasta hacer imposible cualquier entendimiento.
Junts tampoco parece dispuesto a asumir el coste interno de una operación que terminara facilitando un Gobierno apoyado por la derecha y la extrema derecha. La formación de Carles Puigdemont presiona (o presionaba) constantemente a Sánchez, eleva el precio de cada negociación y reclama nuevos compromisos, pero una cosa es aumentar la presión y otra provocar una caída del Gobierno cuyas consecuencias son imprevisibles para sus propios intereses.
En el bloque de la izquierda ocurre algo parecido. ERC, Bildu o incluso Sumar pueden endurecer su discurso y marcar distancias cuando lo consideren necesario. Sin embargo, todos comparten un mismo diagnóstico estratégico: la alternativa sería un Ejecutivo del PP con Vox o dependiente de los ultras. Y esa perspectiva actúa como un potente incentivo para mantener la actual mayoría parlamentaria, por deteriorada que pueda parecer.
Así, cada actor encuentra razones para quejarse del estado de las cosas, pero casi ninguno encuentra razones suficientes para alterarlo.
La Moncloa intenta convencer al PSOE
El empate no afecta únicamente a la oposición y a los socios parlamentarios. También existe dentro del propio espacio socialista.
El PSOE es mucho más que la dirección federal instalada en Ferraz. Alcaldes, concejales, diputados autonómicos y cargos territoriales observan con inquietud la acumulación de frentes judiciales y políticos. Muchos admiten en privado que desconocen el alcance real de algunos asuntos y que carecen de información suficiente para anticipar cómo evolucionarán los acontecimientos.
Tampoco todos comparten la estrategia de tiempos marcada por La Moncloa. Pedro Sánchez ha anunciado que comparecerá en el Congreso dentro de un mes para dar explicaciones, aunque todavía no existe una fecha concreta para esa intervención. Entre dirigentes territoriales y cargos socialistas crece la preocupación por una reacción que consideran demasiado lenta ante la dimensión de la crisis. “Un tiempo que puede ser insoportable”, admiten destacados dirigentes socialistas en el Parlamento Vasco.
En ese contexto, una de las principales tareas de La Moncloa consiste en mantener cohesionada a la organización. Ministros y dirigentes próximos al presidente consideran que la presión judicial y política continuará durante los próximos meses y sostienen que la respuesta pasa por reforzar la idea de “resistencia” frente a quienes consideran que buscan derribar al Gobierno por vías distintas a las urnas.
Ocho años después de llegar al poder mediante una moción de censura, Sánchez se enfrenta a una situación paradójica. Nunca había acumulado tantos problemas políticos al mismo tiempo. Pero tampoco sus adversarios habían estado tan lejos de construir una mayoría capaz de sustituirle.
Por eso la legislatura sigue avanzando. No porque alguien esté ganando la partida, sino porque ninguno de los jugadores parece dispuesto a mover la pieza que podría cambiarla.
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