Hemos conocido, gracias a una investigación periodística muy exhaustiva, que dos trabajadoras denuncian agresiones sexuales, trato vejatorio y un sinfín de conductas verdaderamente nauseabundas por parte de Julio Iglesias. La investigación habla de un relato muy consistente y con alta verosimilitud de los hechos: desde controlar exhaustivamente qué ropa llevan, como ponerles unos uniformes absolutamente obsoletos y sexualizados, decirles si pueden tener o no novio, hasta pedirles favores sexuales como parte de su tratamiento y sus necesidades. Agresiones físicas, humillaciones. Verdaderamente, un relato absolutamente escalofriante.
Llama la atención que, además, son trabajadoras domésticas: una fisioterapeuta y las otras empleadas domésticas. Es un territorio, el del trabajo doméstico, en el que se sabe fehacientemente que es muy frecuente que haya abusos sexuales y que haya violencia sexual, y que la mayoría de las veces, incluso en el contexto español, donde sabemos que hay una legislación que en teoría recoge bien los derechos y las libertades sexuales de las mujeres, ni siquiera el 10 % de los abusos sexuales en ese contexto se llegan a denunciar. Es decir, dentro del empleo doméstico, dentro de las casas, siguen sucediendo cosas verdaderamente escalofriantes.
¿Qué no pasará cuando hay diferencias de poder tan abismales como las que se dan entre un multimillonario con muchísimo poder y empleadas que tienen que vérselas y desearlas para conseguir denunciar ese tipo de situaciones? Sabemos que ha habido una denuncia judicial también, que tendrá que tener su recorrido, pero desde luego es preocupante. ¿Qué estamos haciendo como sociedad para asegurarnos de que las mujeres en situación de vulnerabilidad, como pueden ser las empleadas domésticas, más aún si son migrantes, más aún si están en una situación de precariedad, no tengan que enfrentarse a tipos que se comportan de esta manera y que abusan de su posición de poder de esta forma?
En cualquier caso, si hay una cosa con la que las mujeres siempre podemos contar es en qué lado se va a posicionar la señora Isabel Díaz Ayuso. ¿De parte de quién se ha puesto? ¿De dos trabajadoras en situación precaria que denuncian una conducta absolutamente nauseabunda, repugnante y que debería tener un clamor social apoyándolas y acompañándolas, o de parte del multimillonario Playboy que durante décadas ha alimentado esta imagen absolutamente misógina y absolutamente machista, de trato degradante hacia las mujeres? Pues está claro. Ayuso se ha puesto de parte del millonario Playboy. ¡Cómo no! ¿Cómo no iba Isabel Díaz Ayuso a dejar tiradas a todas las mujeres otra vez?