Ayuso se pide ser “la muerta en el entierro” en el duelo andaluz por las víctimas del Alvia

El periodista Perico Echevarría
25 de enero de 2026 a las 14:14h
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso

Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid a tiempo parcial (acaso en los efímeros lapsos que su ánimo agitador y perturbador le permiten), ha decidido que el duelo por las víctimas del Alvia no iba a quedarse quieto en Huelva habiendo rendijas propiciadas por prisas ajenas, y por las que la autoproclamada Marianne madrileña de lo libertario al modo de la extrema derecha más radical, esa Ayuso que antes de presidenta fue influencer bajo el ya perruno nombre de “Pecas”, pudiera infiltrarse.

El Gobierno de España y la Junta de Andalucía han anunciado un “Homenaje de Estado” el sábado 31 en Huelva, de donde eran la mayoría de las personas fallecidas y heridas en el fatal accidente ferroviario del pasado domingo, y ha faltado tiempo para que Ayuso no moviera pieza. Pieza que no compite por el consuelo, lo hace por el plano: una misa funeral en la Almudena, el jueves 29, en Madrid. No es un gesto aislado. Es una -otra- jugada del personaje con la aquiescencia del arzobispado de Madrid.

El detalle que convierte la maniobra en algo más que un acto piadoso es el calendario. Ese mismo jueves 29 hay también misa funeral en Huelva, convocada por la Diócesis Provincial. Dos ciudades, dos altares, un mismo duelo. Y, por encima, el acto institucional del día 31. En política, esto no es simultaneidad: es disputa de marco. Porque el dolor es el mismo, la escena no lo es. Hasta aquí, el tablero visible.

Ahora, la clave que explica por qué este tablero existe. Tras el accidente, Pedro Sánchez y Moreno Bonilla decidieron contar el acuerdo del homenaje como se cuentan demasiadas cosas hoy: filtrando través de la red social Twitter (que te den, Elon  siempre será Twitter) que ha habido llamada telefónica, poniéndose de acuerdo en el relato de “lo hemos hablado” y llevándolo a sus redes como si con eso bastara para cerrar el asunto. No se discute la conveniencia del homenaje. Se discute el método: anunciar con prisas un acto de Estado —de Estado— como si el Estado fuese el timeline.

En paralelo, una parte de la conversación pública ha corrido consecuente: “¿vendrán los Reyes?”. Como si la tragedia se ordenara en función del invitado. Como si lo principal no fueran las víctimas, sino la foto de la representación. Varios medios han dado por hecha esa presencia. Pero el canal que corresponde, el único que convierte la expectativa en confirmación, la Casa Real, no la había plasmado -sigue sin hacerlo, de hecho- todavía, y los medios que han afirmado “según han confirmado fuentes de la Zarzuela”, sencillamente, mienten. Es más, los portales de La Moncloa y de la Junta de Andalucía aún no han incluido el Homenaje de Estado del próximo 31 de enero en Huelva en sus respectivas agendas. Las únicas fuentes “oficiales”, bien escasas en detalles, son sendos tweets de Sánchez y Moreno Bonilla. No hay más.

La agenda pública de la Casa Real se publica con su propio mecanismo y sus propios tiempos. Y esta redacción ha mantenido esta semana varias conversaciones con responsables de Prensa de la Casa de S.M. el Rey. No hubo nada que pidiera comillas, y no se fuerza una frase donde no la hay. Hubo procedimiento. Hubo pedagogía institucional. Y hubo, sobre todo, esa diplomacia tan característica de Zarzuela: la que no necesita decir “no” para dejar claro que las cosas no se hacen a codazos.

A partir de ahí, lo que sigue ya no es información, sino lectura. Pero lectura con fundamento, porque nace de cómo se responde cuando se está respondiendo. La inferencia de quien firma esto —y que ofrece como inferencia, no como “dato”— es que la prisa de Sánchez y Moreno Bonilla por salir a anunciar el homenaje como si el tablero estuviera ya cerrado ha dejado una ventana abierta. Una ventana pequeña, pero suficiente. Porque cuando el anuncio político corre por delante del carril institucional, se fabrica un hueco: un espacio de expectativas antes de que el protocolo escriba en su sitio lo que corresponda. Y ese hueco lo aprovecha siempre el mismo tipo de actor: quien vive de convertir un vacío en presión.

Y ahí están los considerables de lo que estamos hablando cuando hablamos de Ayuso.

Mi hipótesis —y no la vendo como otra cosa— es que Ayuso juega con cartas marcadas. No necesita decir “vengan” ni “no vengan”. Ni siquiera necesita nombrar a nadie. Le basta con activar una maquinaria conocida: convertir un acontecimiento nacional en un conflicto de centralidad. Huelva organiza, el Estado convoca, Madrid irrumpe. Y, con Madrid, irrumpe el plató, la tertulia, el carrusel de titulares y la inercia de que lo importante pasa siempre donde hay más cámaras.

Por eso esta historia no va de una misa. Va de quién se coloca en el centro del país cuando el país está de luto. Y, en ese juego, Ayuso es una especialista: aparecer donde no la han llamado para que parezca que sin ella el país no está completo. La “muerta en el entierro” no es un calificativo fácil; es un retrato de método. Ante una tragedia que pertenece a las víctimas y a sus familias, la política más cínica del país compite por el encuadre y por la foto.

Y lo hace con un ingrediente más peligroso que el incienso: el lenguaje. Donde otros hablan de homenaje de Estado, Ayuso y sus terminales deslizan el término “funeral de Estado” para su acto en La Almudena. Lo de Huelva, incluso con la presencia real se ha denominado “Homenaje de Estado”. No es un matiz. Funeral es solemnidad máxima, liturgia, imagen inevitable, jerarquía simbólica y eclesiástica. “Funeral” coloca a quien lo convoca —o lo reclama— en el centro del país doliente. Homenaje, en cambio, es una forma civil de decir que esto, el dolor, es de todos. Precisamente por eso nadie debe apropiárselo.

El órdago, entonces, no es sólo Madrid. Es el cambio de etiqueta. Es el intento de que el país repita una palabra que eleva el listón de la presencia, de la representación, del protocolo, de la expectativa. Es la manera de empujar la agenda ajena sin tocarla: no se dicta, se rodea. Se fabrica un clima. Se deja que el ruido haga el trabajo sucio.

Aquí aparece, inevitablemente, el oficio de Miguel Ángel Rodríguez, jefe de gabinete de Ayuso, viejo zorro de una política que siempre ha entendido lo mismo: que la presión más eficaz no se formula como orden, sino como relato. No hace falta que nadie “pida” una presencia concreta. Basta con abrir el escenario alternativo, subir la solemnidad, y dejar que los titulares hagan la pregunta por ti. El guion es transparente: si el duelo es de Estado y Madrid pone un altar, la discusión pública deja de ser “qué ocurrió” y pasa a ser “quién estará dónde”. Y esa es la victoria, aunque sea obscena: desplazar el centro del dolor hacia el centro de la cámara.

Si esto fuera solo una discusión institucional, sería feo. Pero es peor: las víctimas quedan otra vez atrapadas en una pelea de poder. Lo que debería ser memoria y respeto se convierte en un tablero donde Ayuso mueve fichas para salir en una foto en la que nadie le espera. Y el país, que debería acompañar a quienes han perdido a los suyos, acaba consumiendo la tragedia como si fuera un episodio más de la batalla cultural y mediática.

¿Quién está dispuesto a usar un duelo colectivo para consolidar un liderazgo a golpe de agenda? Porque cuando el objetivo es ocupar el centro, el dolor ajeno deja de ser límite y pasa a ser recurso.

Cuando “el Estado” anuncia con prisas de community manager sin atender ordenadamente las formas, se abren rendijas en el carril institucional. Por las rendijas entra el ruido. Y con el ruido siempre aparece alguien dispuesto a convertirlo todo —hasta el luto— en una oportunidad. Es la política que Isabel Díaz Ayuso representa mejor que nadie. Y eso, en una tragedia así, no debería ser tolerable ni por decencia ni por respeto a quienes ya no pueden defenderse: las víctimas, convertidas otra vez en decorado.

PD.- Feijoo, cobarde, pusilánime, hocicante, planea cómo clonarse para, sin ofender por ausencia o por presencia, estar el 29 de enero en dos misas a la vez... y no estar loco.

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El periodista Perico Echevarría
Perico Echevarría

Director de 'La Mar de Onuba'

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