Permítame, en primer lugar, agradecer a Hugo Pereira y a todo el equipo de 'ElConstitucional.es' porque inician hoy esta andadura, este camino que espero que sea de largo recorrido y en el que han querido contar conmigo, con mi aportación, que será —espero— una vez a la semana, cuando me encuentre con ustedes en este videoblog y también en un artículo de opinión.
Yo querría empezar por algo que viene siendo desde hace varios días, desde hace ya más de una semana, la noticia que nos tiene a todos inmersos en el análisis. Hay momentos en la vida de los partidos políticos en los que no decidir también es decidir. Y hay otros más raros, eso sí, en los que decidir mal equivale a desaparecer. Y, verán, el Partido Popular está hoy en uno de esos momentos.
Desde la irrupción de Donald Trump como factor desestabilizador del orden internacional, el PP vive una tensión interna cada vez más visible. No es táctica, no es coyuntural, no es un matiz de discurso. Es lo que podríamos considerar una auténtica fractura ideológica. De un lado, sectores del partido que miran con simpatía o directamente con entusiasmo el trumpismo; sectores próximos a Vox, impregnados de su lenguaje, de su estética y de su desprecio —¿por qué no decirlo?— por el derecho internacional.
Ahí se sitúan figuras como la de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, que no ocultan su sintonía política y cultural con Trump y con todo ese mundo del llamado movimiento MAGA. Del otro lado, una tradición muy distinta del Partido Popular como partido de Estado. Una tradición que hoy encarnan históricos como José Manuel García-Margallo, como el exembajador Javier Rupérez o como la propia FAES, la fundación que preside José María Aldar. Gente que sabe de política internacional, que ha representado a España en el mundo y que entiende algo esencial: que sin legalidad internacional no hay seguridad para países medianos como el nuestro.
Esta no es una discusión menor; es una discusión sobre qué es el Partido Popular y para qué existe. El PP nace y crece como heredero del centroderecha europeo que sale de la Segunda Guerra Mundial con una convicción muy clara: nunca más la ley del más fuerte, nunca más el unilateralismo, nunca más la fuerza por encima del derecho. Ese orden liberal internacional —la ONU, la OTAN, la Unión Europea, el derecho internacional— no es un capricho moral; es la red de seguridad de las democracias, y especialmente de las democracias que no son superpotencias. Por eso el apoyo acrítico a Trump no es solo un error ético, es un suicidio estratégico.
Trump no representa al liberalismo. Trump representa exactamente lo contrario del liberalismo: el desprecio por las normas, la humillación del débil, el uso del poder como intimidación y la sustitución del derecho por la fuerza. Un partido como el Partido Popular no puede permitirse la complacencia con eso sin dejar de ser lo que ha sido, porque el día que el PP renuncia a defender la legalidad internacional renuncia también a su legitimidad como partido de gobierno.
Y ahí viene lo verdaderamente grave. Si el Partido Popular asume el marco mental del trumpismo, si compra la idea de que el fin justifica los medios, de que la soberanía es relativa, de que el derecho internacional es un estorbo, entonces me hago la pregunta: ¿en qué se diferencia de Vox? La respuesta es incómoda, pero inevitable: no se diferencia en casi nada. Y cuando un partido de centroderecha se convierte en una copia moderada de la extrema derecha, la historia es clara: acaba desapareciendo, o devorado o irrelevante.
Esto ya ha pasado en otros países: le ha pasado a la derecha clásica en Italia, le ha pasado a sectores conservadores en Francia y le está pasando a los republicanos norteamericanos. Alberto Omiño de Feijóo está probablemente ante la decisión más difícil de su liderazgo, mucho más que una investidura fallida o una estrategia parlamentaria.
Tiene que decidir si el PP quiere seguir siendo un partido de Estado o convertirse en un partido de trinchera. Y equivocarse aquí no tiene marcha atrás, porque los partidos que renuncian a los principios que les dieron sentido pueden ganar una batalla cultural momentánea, sin lugar a dudas, pero pierden el futuro: se vacían por dentro, dejan de representar a mayorías amplias y terminan convirtiéndose en satélites de fuerzas más radicales.
El PP no puede permitirse ese error, no por nostalgia ni por estética, sino por supervivencia política. Defender la legalidad internacional, el orden liberal y los valores democráticos no es una ingenuidad; es realismo político. Renunciar a ellos es condenarse a dejar de ser una alternativa de gobierno en España.
Este es uno de esos momentos en los que la historia pasa lista, y el PP tiene que decidir si quiere seguir estando en ella o desaparecer del lado correcto.