El adelanto electoral en Andalucía para el 17 de mayo no es solo una convocatoria anticipada; son realmente dos semanas. Es una jugada política de alto impacto que ha sacudido todo el tablero político nacional, empezando porque se hizo de manera que Pedro Sánchez se vio imposibilitado —si hubiese querido— de convocar unas elecciones generales para un “superdomingo” electoral.
Miren, esto no va solo de Andalucía; también es cuestión de estrategia, de poder, de modelos políticos enfrentados, como ocurre con Moreno. Ha sorprendido a todos, especialmente al gobierno de Pedro Sánchez, que ahora tiene que reorganizarse a toda prisa.
¿El motivo? María Jesús Montero, hasta ahora número dos del Ejecutivo, será la candidata del Partido Socialista en Andalucía. Sin duda, su salida deja un vacío político importante, pero, sobre todo, evidencia una realidad incómoda: se marcha sin haber conseguido aprobar unos presupuestos en esta legislatura. Y no es un detalle menor, ni mucho menos. Además, se enfrenta a un reto mayúsculo: intentar revertir unas encuestas que anticipan un fuerte desgaste del Partido Socialista en Andalucía. Esa es la realidad.
Frente a ella, un Juanma Moreno que lleva tiempo construyendo, digamos, algo distinto: un perfil propio. Porque mientras el Partido Popular a nivel nacional apuesta por la confrontación y el ruido político, Moreno ha hecho justo lo contrario: moderación, gestión y distancia de los extremos, hasta el punto de que estas elecciones parecen más una candidatura personal que una cuestión de siglas. Casi como si en la papeleta pusiera “Juanma Moreno Bonilla” en lugar de “Partido Popular” en su encabezamiento.
Y eso no es casualidad; es algo perfectamente estudiado. Es estrategia. Porque Juanma Moreno ha decidido marcar distancias claras con Vox, algo que hemos visto desde que llegó a la presidencia de la Junta de Andalucía. No de forma estridente, pero sí de manera constante. Mientras otros dirigentes del Partido Popular negocian gobiernos con Vox en varias comunidades autónomas —como Extremadura, Aragón o Castilla y León— él intenta construir su mayoría sin depender de esos pactos. Esto introduce una contradicción evidente dentro de la derecha española: se puede gobernar con Vox y, al mismo tiempo, hacer campaña alejándose de Vox. Moreno cree que sí, o al menos considera que en Andalucía esa fórmula funciona.
Y lo hace, además, en un momento delicado para el partido de ultraderecha, con crisis internas, tensiones y polémicas que, sin duda, debilitan su imagen. Todo esto convierte estas elecciones en algo más que una cita autonómica, porque lo que está en juego no es solo quién gobierna en Andalucía. Se pone a prueba un modelo político: la moderación frente a la polarización, la gestión frente al ruido y, en cierto modo, el futuro de la propia derecha en nuestro país.
Si Moreno logra mantener la mayoría absoluta, su fórmula saldrá reforzada sin lugar a dudas. Y si necesita a Vox, es obvio que el relato deberá cambiar. Y si el PSOE consigue resistir, el escenario será completamente distinto.
En cualquier caso, hay algo que ya es seguro: Juanma Moreno ha decidido jugar su propia partida política, sin pedir permiso a nadie, ni siquiera a Feijóo, quien se enteró apenas dos horas antes de la convocatoria de elecciones. Y eso, en política, nunca es inocente, como Moreno.