Decenas de niños hacen cola frente a un edificio próximo a la iglesia de San Ildefonso, en la barriada ceutí de El Príncipe. Buscan un bolígrafo y un pequeño trozo de papel para escribir su nombre, su edad y algún teléfono de contacto. Son los datos con los que los propios vecinos están intentando identificar a los menores migrantes que continúan fuera del sistema de protección.
La Asociación de Vecinos de El Príncipe puso en marcha hace dos días este registro improvisado ante la llegada constante de niños y adolescentes a sus calles. La lista roza ya el millar de nombres y se guarda como se puede, en papeles almacenados dentro de cajas, mientras la organización espera la ayuda prometida por Cruz Roja para ordenar toda la información.
"La mayoría son del 2009", explica una de las vecinas que participa en la iniciativa. Muchos tienen 16 o 17 años, aunque entre quienes buscan ayuda también hay niños de menor edad que cruzaron la frontera sin sus familias.
El registro vecinal permite saber quiénes son y dónde se encuentran, pero carece de cualquier valor administrativo. La identificación oficial, la comprobación de la edad y la protección de cada menor corresponden a las autoridades. Mientras esos trámites avanzan, numerosos jóvenes siguen durmiendo en la calle, en las inmediaciones de las naves de El Tarajal o dentro de las casas de familias del barrio.
El barrio abre sus casas
Los vecinos llevan casi una semana repartiendo agua, ropa y comida. Algunas familias han acogido a menores junto a sus propios hijos porque las instalaciones preparadas por la Ciudad estaban completas. En los portales se cocinan grandes ollas de cuscús, lentejas y guisos que después se distribuyen entre quienes recorren la barriada buscando ayuda.
Una de las residentes, Raiba, tiene a dos jóvenes durmiendo en su vivienda. "Ya he descongelado todo lo que tenía de reserva de comida, no me queda ni un pollo", cuenta después de varios días atendiendo a quienes han llegado hasta su calle.
La movilización ofrece una imagen alejada del estigma que acompaña desde hace años a El Príncipe. Uno de los barrios más empobrecidos y señalados de Ceuta está asumiendo con recursos propios una parte de la emergencia que las administraciones todavía no han conseguido encauzar.
Los habitantes recuerdan una situación parecida durante la crisis migratoria de 2021, cuando también acogieron temporalmente a menores antes de su traslado a centros de la Península. Esta vez, la dimensión resulta mucho mayor. Alrededor de 72.000 personas cruzaron hacia Ceuta durante la entrada masiva de la semana pasada y cerca de 70.000 ya han regresado a Marruecos.
Las autoridades calculan que unas 2.500 personas permanecen todavía en la ciudad. El Gobierno ceutí sitúa en torno a 1.100 el número de menores llegados antes y durante la crisis, aunque la cifra continúa cambiando a medida que aparecen jóvenes que estaban durmiendo en casas, playas, cementerios o espacios industriales.
Ceuta multiplica por 38 su capacidad
Ceuta atendía oficialmente a 862 menores el pasado lunes y ya preveía superar el millar. Su capacidad ordinaria está fijada en apenas 29 plazas, por lo que el sistema soporta ahora alrededor de 38 veces el número de menores para el que fue diseñado.
La Ciudad acondiciona una construcción industrial y otra nave en el polígono de El Tarajal para ampliar los alojamientos provisionales. También ha comenzado a preparar los expedientes necesarios para trasladar menores a otras comunidades mediante el mecanismo aprobado en 2025 para las situaciones de contingencia migratoria.
El Gobierno central ha destinado 25 millones de euros extraordinarios a Ceuta y reclama que las comunidades cumplan el reparto obligatorio. La normativa permite derivar menores desde los territorios que triplican su capacidad ordinaria una vez completada la identificación individual y estudiada la situación de cada niño.
Ese procedimiento necesita tiempo y la asistencia inmediata continúa recayendo en buena medida sobre El Príncipe. Las cajas con casi mil nombres siguen llenándose mientras los vecinos buscan comida, camas y bolígrafos para los menores que llegan cada día hasta la iglesia de San Ildefonso.
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