España arde. Nuestro país vuelve a enfrentarse a un verano marcado por los grandes incendios forestales. Los datos del Sistema Europeo de Información sobre Incendios Forestales (EFFIS) de Copernicus reflejan la magnitud del problema: hasta el 22 de julio han ardido 119.458 hectáreas, más del triple de la media registrada entre 2006 y 2025 para estas fechas, situada en 35.736 hectáreas. A ello se suma el devastador incendio de la Sierra Oeste de Madrid, que ya ha arrasado más de 12.000 hectáreas, ha obligado a evacuar a más de 25.000 personas, afecta a más de 60.000 vecinos y, según el consejero madrileño de Medio Ambiente, Carlos Novillo, se encuentra en su "momento álgido" y "fuera de capacidad de extinción".
Ante esta situación, la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, solicitó la declaración del nivel 3 de emergencia nacional. Sin embargo, mientras la gravedad del incendio obligaba a escalar el operativo, los representantes de los bomberos forestales vuelven a señalar la falta de prevención y de inversión como uno de los grandes problemas estructurales. En la Comunidad de Madrid, el colectivo lleva más de 1.800 días denunciando el incumplimiento de la Ley 5/2024 que regula su categoría profesional, reclamando mejores condiciones laborales y un reconocimiento efectivo de sus funciones.
En conversación con este periódico, Tomás Omil, bombero forestal y creador de contenido, sostiene que la actual crisis no responde a una única causa, sino a un conjunto de factores que llevan años agravándose. "España arde por un conjunto de factores muy específicos, pero el principal es el abandono del medio rural", explica. A su juicio, la desaparición progresiva de la actividad agrícola, ganadera y forestal ha dejado los montes sin gestión, con una acumulación de biomasa que convierte cualquier chispa en un incendio potencialmente devastador. "Los caminos están intransitables, los cortafuegos cada vez son más escasos y el monte está en una de las peores condiciones de su historia".
Omil considera que el cambio climático actúa como un acelerador de un problema que ya existía. "Las temperaturas son cada vez más altas, la vegetación está mucho más seca y eso hace que el combustible esté disponible durante más tiempo", señala. A ello suma el incumplimiento de la legislación forestal, tanto por parte de administraciones como de propietarios particulares, la creciente presencia humana en espacios naturales y la falt de concienciación de la poblaación. "No todo son pirómanos. Una colilla, una barbacoa, una chispa de un tractor o incluso una botella de cristal pueden provocar un gran incendio si el monte está en estas condiciones".
El bombero también explica cómo determinadas condiciones meteorológicas convierten un fuego en prácticamente imposible de controlar. En el sector forestal utilizan el conocido como "triángulo del fuego", formado por viento, temperatura y humedad relativa. "Cuando el viento supera los 30 kilómetros por hora, la humedad baja del 30% y la temperatura supera los 30 grados, nos encontramos ante la peor situación posible. Las llamas avanzan mucho más rápido y la vegetación está completamente seca", resume.
Para Omil, España se enfrenta cada vez con mayor frecuencia a los llamados incendios de sexta generación, fuegos de enorme intensidad y velocidad que amenazan directamente a núcleos habitados. "Cada año nos dirigimos hacia situaciones más complejas. Son incendios mucho más virulentos que ponen en peligro a las personas y que exigen otra forma de gestionar el territorio". Insiste en que la prevención durante todo el año es tan importante como los dispositivos desplegados en verano. "La administración se tiene que poner las pilas y buscar otras maneras de gestionarlo porque no se puede seguir tratando del monte como se está tratando hasta ahora".
El bombero forestal también denuncia la situación laboral que vive el colectivo. Sobre la huelga indefinida de los profesionales madrileños, considera que responde a un problema estructural. "Es un incumplimiento de la ley de libro. Es una huelga con mucho fundamento", sentencia. "Los bomberos forestales somos probablemente los funcionarios peor tratados por la administración pública, juegan con nosotros como les da la gana y hasta hace poco, no éraamos ni reconocidos", continúa Omil. Según explica, en muchas comunidades predominan la temporalidad, los bajos salarios y la falta de reconocimiento profesional. En Galicia, donde él ejerce, denuncia que parte del personal contratado por empresas privadas desempeña funciones de bombero forestal bajo categorías inferiores y sin percibir complementos por peligrosidad, nocturnidad o festivos.
"Hay compañeros que trabajan por el salario mínimo, recorren decenas de kilómetros cada día para llegar a su base y apenas les compensa económicamente", lamenta. A su juicio, resulta imposible afrontar incendios cada vez más extremos con plantillas desmotivadas y contratos temporales limitados a la campaña estival. "España va a tener monte mientras exista el país. La prevención no puede hacerse solo tres meses al año. Hace falta estabilidad, reforzar las plantillas y entender que nuestro trabajo también consiste en evitar que los incendios ocurran".
Mientras el fuego sigue avanzando y España registra uno de los peores balances de superficie quemada de los últimos años, los profesionales del sector insisten en que la respuesta no puede limitarse a actuar cuando las llamas ya son imparables. Reclaman una apuesta decidida por la gestión forestal, la prevención y unas condiciones laborales acordes a la responsabilidad de quienes cada verano arriesgan su vida para proteger el territorio.
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