Donald Trump ha convertido su amenaza de quedarse con Groenlandia en una victoria militar sin necesidad de mover las fronteras. Estados Unidos, Dinamarca y el Gobierno autónomo groenlandés han firmado este martes en Nueva York un acuerdo que amplía considerablemente la presencia estadounidense en la isla, abre dos nuevas áreas de defensa y garantiza a Washington una capacidad de movimiento que alcanza prácticamente todo el territorio.
La rúbrica se ha producido en los márgenes de la Asamblea General de las Naciones Unidas, con Trump sentado junto a la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, y el jefe del Gobierno de Groenlandia, Jens-Frederik Nielsen. El presidente estadounidense ha anunciado que comenzará "de inmediato" la construcción de dos grandes bases militares en Narsarsuaq y Mestersvig, además de modernizar y ampliar la actividad de la Base Espacial de Pituffik, la única instalación estadounidense que permanecía operativa en la isla.
El texto mantiene la soberanía del Reino de Dinamarca y reconoce el derecho de autodeterminación de los groenlandeses. Esa protección jurídica choca con la versión triunfalista difundida por la Casa Blanca, que habla de un supuesto "control permanente sobre la seguridad de Groenlandia". Washington ha obtenido amplias prerrogativas militares, aunque el acuerdo no entrega la isla a Estados Unidos ni concede a Trump el dominio territorial que ha reclamado durante meses.
President Donald J. Trump, together with the Prime Ministers of Denmark & Greenland, sign the landmark security agreement granting the U.S. permanent control over Greenland’s security. pic.twitter.com/7YWg3Quqn9
— The White House (@WhiteHouse) September 22, 2026
Una soberanía intacta en el papel y una llave militar para Washington
Las concesiones son relevantes. Los buques, aeronaves, tropas y vehículos estadounidenses podrán desplazarse entre las áreas de defensa por tierra, mar y aire, incluidos los espacios marítimos groenlandeses. Los aviones militares tendrán autorización para sobrevolar y aterrizar en cualquier punto de la isla, mientras los submarinos podrán entrar y moverse por sus aguas territoriales. También se establece un procedimiento acelerado para estudiar futuras instalaciones militares no tripuladas.
Estados Unidos podrá proponer nuevas zonas de defensa. Cada petición tendrá que ser acordada con Dinamarca y Groenlandia, primero en una comisión permanente y después, si persiste el desacuerdo, en reuniones de viceministros y ministros. El documento queda así lejos de la libertad absoluta que proclama Trump, pero proporciona a Washington una estructura estable para seguir ensanchando su despliegue militar.
El pacto limita igualmente la presencia de terceros países. Ningún Estado ajeno a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) podrá instalar bases o mantener fuerzas permanentes en Groenlandia. Las inversiones procedentes de países considerados una amenaza tampoco podrán controlar sectores sensibles, ejercer una influencia significativa o acceder a información reservada. La supervisión corresponderá a las autoridades danesas y groenlandesas, en consulta con Estados Unidos y otros aliados.
Trump ha presentado este mecanismo como un veto estadounidense sobre cualquier inversión que le incomode. La letra del acuerdo es más matizada y exige cooperación entre las partes. Aun así, Washington gana capacidad para intervenir en decisiones económicas estratégicas, especialmente aquellas relacionadas con puertos, telecomunicaciones, minerales críticos, energía o infraestructuras próximas a sus instalaciones militares.
La cláusula más delicada mira hacia una posible independencia. Si Groenlandia decide separarse de Dinamarca, el nuevo Estado deberá permanecer dentro de la OTAN y asumir las obligaciones militares pactadas con Washington. La autodeterminación queda reconocida, pero la futura política de seguridad groenlandesa nace ya condicionada por un acuerdo sin fecha de caducidad que únicamente podrá modificarse con el consentimiento de las tres partes.
El documento incluye contrapesos reclamados por Nuuk. Las nuevas instalaciones tendrán que respetar la caza, la pesca, el medio ambiente y las formas de vida tradicionales. Estados Unidos también deberá recurrir a empresas groenlandesas para los contratos de construcción y mantenimiento siempre que tengan capacidad para realizarlos. Son garantías importantes para una población de apenas 57.000 habitantes, aunque la enorme diferencia de poder entre los firmantes seguirá presente durante toda la aplicación del pacto.
El Ártico entra en una etapa de mayor militarización
La expansión estadounidense recupera un despliegue que Washington fue desmontando después de la Guerra Fría. Estados Unidos llegó a mantener 17 instalaciones y más de 10.000 efectivos en Groenlandia. Durante las últimas décadas concentró su presencia en Pituffik, una base esencial para la vigilancia espacial, la alerta temprana y la detección de misiles que pudieran atravesar el Ártico camino de Norteamérica.
El nuevo acuerdo revierte aquella retirada. Pituffik será una pieza del proyecto antimisiles 'Cúpula Dorada', mientras Narsarsuaq permitirá recuperar una antigua base del sur de la isla y Mestersvig reforzará el flanco oriental. La disposición de las tres instalaciones dibuja un corredor militar estadounidense de norte a sur y de este a oeste, con capacidad para vigilar rutas marítimas, movimientos aéreos y accesos al Atlántico Norte.
Groenlandia concentra varios de los grandes intereses que están transformando el Ártico. El deshielo facilita nuevas rutas de navegación, Rusia mantiene una potente infraestructura militar en su costa septentrional y China busca aumentar su influencia económica y científica en la zona. A ello se suman las reservas de tierras raras y minerales críticos, indispensables para fabricar componentes electrónicos, baterías, sistemas de defensa y tecnología avanzada.
Ese valor estratégico explica la necesidad de reforzar la seguridad de la región, pero también ha servido a Trump para someter a dos aliados a una presión insólita. El presidente estadounidense ha amenazado con comprar Groenlandia, apropiársela e incluso recurrir a la fuerza contra un territorio perteneciente a otro miembro de la OTAN. El acuerdo cierra la crisis que él mismo abrió y recompensa parte de aquella intimidación con bases, acceso militar e influencia económica.
Frederiksen ha defendido que el pacto fortalece la disuasión occidental y respeta todas las líneas rojas danesas. Nielsen ha subrayado que Groenlandia ha participado como firmante y que esta vez el acuerdo se ha negociado "con nosotros", no simplemente "sobre nosotros". El secretario general de la OTAN, Mark Rutte, también ha celebrado una ampliación que, a su juicio, mejora la seguridad colectiva en el Ártico y el Atlántico Norte.
El texto deberá completar ahora los trámites parlamentarios en Dinamarca y Groenlandia antes de entrar en vigor. Tras la ceremonia, Nielsen se ha dirigido a sus conciudadanos para asegurarles que ya pueden "respirar con alivio". También ha admitido que reconstruir la confianza con Washington después de las amenazas de Trump llevará tiempo.
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