El primer ministro de Canadá, Mark Carney, ha respondido este jueves desde Estrasburgo a las amenazas de Donald Trump con un mensaje rotundo. Su país decidirá libremente con quién estrecha sus relaciones y seguirá avanzando hacia una alianza más profunda con la Unión Europea, aunque Washington trate de impedirlo mediante una nueva ofensiva arancelaria.
Carney ha intervenido ante el pleno del Parlamento Europeo apenas unas horas después de que Trump calificara de “ridícula” y “hostil” la propuesta de convertir a Canadá en el primer país asociado a la UE. El presidente estadounidense llegó a amenazar con imponer “aranceles muy importantes” e incluso con dejar de comerciar con Europa si el acercamiento sigue adelante.
La respuesta canadiense ha llegado sin estridencias, pero con una firmeza difícil de ignorar. “Nadie va a dictar nuestra cultura ni con quién podemos alcanzar acuerdos a nivel internacional”, ha afirmado Carney tras su discurso. El primer ministro también ha defendido que “Europa y Canadá son más fuertes juntos” y ha dado la bienvenida a la iniciativa presentada por la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen.
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, se ha sumado públicamente al respaldo europeo. Lo ha hecho difundiendo en sus redes sociales una imagen que combina las estrellas de la bandera de la UE con la hoja de arce canadiense. Un gesto sencillo, pero inequívoco, después de la airada reacción de Trump.
— Pedro Sánchez (@sanchezcastejon) September 17, 2026
Canadá rechaza las presiones de Trump
Carney ha presentado el acercamiento como una “alianza para el futuro” capaz de proteger la autonomía de ambas partes frente a las presiones de las grandes potencias. Su propuesta incluye una cooperación mucho más estrecha en minerales críticos, energía, inteligencia artificial, industria de defensa, comercio digital, investigación y formación universitaria.
In the midst of a storm, Canada and the EU can anchor our ground. pic.twitter.com/nyWLP8a8vL
— Mark Carney (@MarkJCarney) September 17, 2026
Canadá posee importantes reservas de gas, hidrógeno y más de una treintena de minerales esenciales para fabricar baterías, semiconductores, vehículos eléctricos y material de defensa. Europa, por su parte, aporta capacidad industrial, investigación, acceso a un mercado de 450 millones de consumidores y una regulación que marca estándares en buena parte del mundo.
La relación ya cuenta con bases importantes. El acuerdo comercial entre Canadá y la UE, conocido como CETA, ha eliminado la práctica totalidad de los aranceles entre ambos mercados. Ottawa también se ha convertido este año en el primer socio extracomunitario del programa europeo de financiación para la industria de defensa.
Carney quiere avanzar ahora en la participación canadiense en programas como Erasmus+ y Horizonte Europa, además de crear cadenas de suministro menos dependientes de Estados Unidos. “Una alianza lo suficientemente fuerte para que nadie pueda dictar nuestras decisiones”, ha defendido ante los eurodiputados.
El desafío inmediato será convertir la propuesta política en una figura jurídica viable. La categoría de “miembro asociado” no aparece en los tratados europeos y tendrá que ser definida y acordada por los Veintisiete. La investigadora de Estudios Internacionales de la Universidad Complutense Ruth Ferrero ha advertido de que el proyecto requerirá una negociación compleja sobre sus límites, su encaje institucional y las ventajas concretas que recibiría Canadá.
La presión de Washington acerca todavía más a sus aliados
La reacción de Trump confirma el giro que está experimentando la relación entre Washington, Ottawa y Bruselas. El presidente estadounidense ha recurrido de nuevo a los aranceles para intentar condicionar una decisión soberana de dos aliados históricos. Canadá ya soporta gravámenes de hasta el 50% en algunos sectores estratégicos, mientras Europa mantiene con Estados Unidos un frágil acuerdo que limita buena parte de los aranceles al 15%.
Las amenazas están provocando precisamente el efecto que la Casa Blanca pretendía evitar. Canadá busca reducir su enorme dependencia del mercado estadounidense, destino de alrededor del 70% de sus exportaciones, y Europa intenta reforzar su autonomía energética, tecnológica y militar. La presión de Trump ha acelerado una relación que llevaba años creciendo y que ahora adquiere una dimensión abiertamente geopolítica.
El primer ministro canadiense ha evitado presentar el proyecto como un bloque enfrentado a Estados Unidos, aunque buena parte de su discurso ha girado alrededor de la necesidad de resistir la coerción económica. También ha recordado que los aranceles se utilizan cada vez más como una herramienta de presión y que las cadenas de suministro se han convertido en vulnerabilidades aprovechadas por las grandes potencias.
La Comisión Europea ha insistido en que el acercamiento pretende reforzar a Canadá y Europa sin dirigir la alianza contra ningún tercer país. Carney ha dado un paso más y ha reclamado una relación capaz de impedir que cualquier Gobierno pueda “controlar nuestros mercados abiertos, menoscabar nuestra soberanía o socavar nuestras libertades”.
Bruselas y Ottawa tendrán que concretar ahora el alcance de la asociación y convencer a los Estados miembros, algunos de los cuales han recibido con cautela una figura inexistente hasta este momento. La próxima cumbre entre la UE y Canadá, prevista para finales de octubre, será el primer escenario para convertir la declaración de Estrasburgo en compromisos concretos.
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