Keir Starmer ha terminado cediendo ante lo que ya era un hecho dentro del Partido Laborista: ni sus diputados ni una parte creciente de sus votantes le veían capaz de llevar al Reino Unido hasta las próximas elecciones. Menos de dos años después de llegar a Downing Street con una mayoría aplastante, el primer ministro británico ha anunciado su dimisión como líder laborista y dejará el Gobierno cuando su partido elija sucesor. Hasta entonces seguirá en funciones para evitar una transición caótica.
El calendario se abre el 9 de julio con la presentación de candidaturas. Si solo hay un aspirante con apoyos suficientes, el relevo puede cerrarse a mediados de julio. Si hay primarias, el nuevo líder llegaría antes de que el Parlamento retome sus sesiones en septiembre. El favorito es Andy Burnham, exalcalde de Manchester, que acaba de jurar como diputado tras ganar el escaño de Makerfield, y que ya ha confirmado que se presentará. El exministro Wes Streeting, visto durante meses como posible rival, ha despejado el camino al anunciar su apoyo a Burnham.
Keir has given huge service to our country and I want to thank him for his leadership and dedication during such a challenging period.
— Andy Burnham (@AndyBurnhamGM) June 22, 2026
His decision marks the beginning of a transition and it is important that this process is conducted in an orderly and responsible way. I will…
¿Por qué dimite Keir Starmer?
La caída de Starmer no se explica por una sola crisis, sino por una erosión casi constante desde su llegada al poder en julio de 2024. Prometió estabilidad después de 14 años de gobiernos conservadores, pero su Gobierno nunca consiguió convertir la mayoría parlamentaria en una sensación de cambio real en los hogares británicos. El coste de la vida siguió pesando, los servicios públicos mejoraron menos de lo esperado y las rectificaciones en ayudas sociales, pensiones y prestaciones terminaron dañando su autoridad dentro de su propio partido.
También pesaron los errores de criterio. El nombramiento de Peter Mandelson como embajador en Washington, pese a sus vínculos con Jeffrey Epstein, golpeó de lleno la imagen de solvencia que Starmer había construido como abogado prudente y gestor serio. A eso se sumó una posición exterior incómoda para buena parte del laborismo, especialmente por su tibieza ante Gaza y por su intento fallido de mantener una relación estable con Donald Trump, que acabó atacándole públicamente por inmigración y energía.
El golpe definitivo llegó en mayo, con el desastre laborista en las elecciones locales y regionales. El partido perdió más de 1.400 concejales y vio cómo Reform UK, la formación ultra de Nigel Farage, consolidaba su avance en antiguos territorios laboristas del norte de Inglaterra y Gales. Para muchos diputados, Starmer había dejado de ser un dique frente a la extrema derecha y se había convertido en parte del problema. Su baja popularidad, situada en torno al 15%-18% en las últimas encuestas, ha hecho el resto.
¿Qué pasará ahora en Reino Unido?
Burnham aparece como el relevo natural porque ofrece justo lo que Starmer nunca terminó de tener, como la conexión territorial, una mejor comunicación y una imagen más cercana al norte obrero que el Labour necesita recuperar si quiere frenar a Farage. Fue ministro con Gordon Brown, gobierna el Gran Manchester desde 2017 y ha construido un perfil propio como “rey del Norte”, con discurso social, defensa de los servicios públicos y más facilidad para hablar de vivienda, salarios e identidad de clase.
El problema para el próximo primer ministro será que la herencia no cambia por cambiar de líder. Reino Unido sigue atrapado en el malestar posterior al Brexit, con una economía débil, una presión migratoria convertida en arma electoral por la derecha populista, servicios públicos agotados y una relación con la Unión Europea que Starmer había intentado recomponer sin atreverse a cruzar las líneas rojas del reingreso al mercado único o a la unión aduanera.
La salida de Starmer deja al Reino Unido camino de su séptimo primer ministro en una década, una cifra que retrata la inestabilidad política abierta desde el referéndum del Brexit. Burnham puede llegar a Downing Street sin elecciones generales porque el Labour conserva la mayoría absoluta. Lo difícil empieza después: demostrar que el cambio de cara no es otro parche más en un país que lleva años cambiando de primer ministro sin resolver el fondo de su crisis.
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