La ultraderecha coloniza el fútbol: los grupos ultras que utilizan el deporte como vehículo de captación política

El fútbol debería servir para unirnos alrededor de un sentimiento compartido, no para dividirnos en función de la ideología, el origen o la capacidad de guardar silencio

17 de julio de 2026 a las 11:38h
Campaña publicitaria abonados Recreativo de Huelva. Fuente: Recreativo de Huelva
Campaña publicitaria abonados Recreativo de Huelva. Fuente: Recreativo de Huelva

España está en la final del campeonato mundial de fútbol de 2026 y lo hace jugando bien e ilusionando. Todo el país está sumido en una alegría inmensa. Es ciertamente una marca país muy potente que trasciende nuestras fronteras, más aún cuando esta selección plurinacional representa lo mucho que ha cambiado España en las últimas décadas. Quien se quedó atrapado en un tiempo arcaico y que da vergüenza ajena es Mariano Rajoy con sus incomprensibles comentarios xenófobos, que incluso han terminado provocando un innecesario conflicto diplomático.

Cuando hablamos de fútbol creo que hay que abordar un asunto verdaderamente preocupante: la colonización de la ultraderecha de algunos estamentos de este deporte. Tuve conocimiento de un caso que me llamó poderosamente la atención: la campaña publicitaria del equipo decano de nuestro fútbol, el Recreativo de Huelva.

Lo que ha ocurrido en torno al Recreativo no es una simple polémica local ni una disputa entre aficionados. Es un síntoma de una enfermedad que lleva años extendiéndose por numerosos estadios europeos y que en España, por momentos, hemos preferido ignorar. Porque cuando la violencia, la intimidación o determinadas ideologías dejan de permanecer en los márgenes y comienzan a ocupar espacios institucionales, la pregunta deja de ser quiénes son esos grupos para convertirse en otra mucho más incómoda: ¿cómo hemos permitido que lleguen hasta ahí?

Según ha trascendido, un grupo de aficionados decidió constituir una plataforma cuyo planteamiento era extraordinariamente moderado: solicitar al club que reconsiderara la utilización de Jairo Suárez Cerrejón, conocido líder local de extrema derecha actualmente afectado por grave problemas de salud, como uno de los rostros visibles de su campaña de abonados. El debate, en una sociedad democrática, debería haber terminado resolviéndose en el espacio público. Unos habrían defendido la decisión del club; otros, su desacuerdo. Nada más.

Sin embargo, no fue eso lo que ocurrió.

La plataforma elaboró un comunicado, preparó una nota de prensa y abrió perfiles en redes sociales. Sus integrantes defendían que una institución centenaria debía ser especialmente cuidadosa con los referentes que proyecta hacia la infancia y la juventud. Incluso tuvieron la prudencia de separar expresamente la situación personal y médica del homenajeado de la crítica a una decisión institucional.

El problema es que el debate nunca llegó a producirse.

Antes de que los medios publicaran aquellos textos comenzaron a llegar advertencias. "Si no te gustan los problemas, no los busques", decía uno de los mensajes. Otro añadía que "rápidamente van a dar con ustedes". La consecuencia fue inmediata: la plataforma cerró sus perfiles, se disolvió y pidió que sus documentos jamás vieran la luz.

Conviene detenerse aquí.

No corresponde a un articulista determinar si esos mensajes constituyen jurídicamente amenazas o coacciones; eso compete a los tribunales. Pero sí podemos afirmar algo mucho más sencillo: cuando un grupo de ciudadanos decide ejercer su derecho a discrepar y termina desapareciendo por miedo, existe un problema democrático.

Y el problema no es exclusivo de Huelva.

Durante décadas, Europa ha convivido con grupos ultras que han utilizado el fútbol como vehículo de captación política. Ha ocurrido en Italia, en Hungría, en Francia, en Alemania y también en España. Algunos utilizan simbología fascista; otros prefieren presentarse bajo el paraguas de la tradición, el localismo o la defensa de una supuesta identidad amenazada. Cambian los nombres y los escudos, pero el mecanismo es siempre parecido: ocupar espacios, ganar legitimidad social y convertir cualquier crítica en una afrenta imperdonable.

Lo verdaderamente inquietante del caso del Recreativo es la pedagogía que encierra. El mensaje es sencillo y extraordinariamente eficaz: quien discrepa aprende rápidamente que existen asuntos sobre los que es mejor guardar silencio.

No hace falta una condena judicial ni una organización jerárquica perfectamente definida. Basta con que el miedo haga el resto.

El artículo que destapó esta historia describe una realidad particularmente perturbadora: nadie tuvo que prohibir nada. No hubo censura oficial, ni comunicados intimidatorios firmados, ni declaraciones públicas especialmente altisonantes. Bastó con una serie de mensajes privados y con la reputación construida durante años para que varias personas decidieran desaparecer

Es precisamente ahí donde reside el éxito de cualquier movimiento extremista: cuando consigue que la autocensura sustituya a la censura.

El Recreativo de Huelva, por supuesto, no puede ser considerado responsable de las actuaciones de terceros sin pruebas que así lo acrediten. Sería profundamente injusto afirmarlo. Pero sí debe responder a una cuestión elemental: ¿qué valores pretendía representar al elegir a una persona presentada públicamente como líder de Frente Onuba para protagonizar una campaña institucional? Y, sobre todo, ¿qué tiene que decir cuando algunos aficionados aseguran haber sido intimidados por expresar una opinión distinta?

Los clubes de fútbol son mucho más que sociedades deportivas. Son espacios de socialización, referentes culturales y, en muchos casos, auténticas instituciones civiles. Millones de niños construyen parte de su identidad mirando hacia un escudo. Por eso, las decisiones simbólicas importan.

Resulta paradójico que mientras la selección española ofrece al mundo la imagen de un país plural, diverso y abierto, determinados sectores continúen empeñados en utilizar el fútbol como refugio de discursos excluyentes. España de 2026 poco tiene que ver con la de hace medio siglo, y quizá esa sea precisamente la razón por la que algunos se sienten tan incómodos.

Hay quien sigue creyendo que el patriotismo consiste en levantar muros, señalar apellidos o medir el grado de españolidad de quienes visten una camiseta. Sin embargo, la selección que hoy admira el planeta está formada precisamente por hijos de la España contemporánea: una nación compleja, mestiza y plural.

El fútbol debería servir para unirnos alrededor de un sentimiento compartido, no para dividirnos en función de la ideología, el origen o la capacidad de guardar silencio.

No sé si en Huelva existe una "omertà", como algunos han llegado a sugerir. Tampoco sé si estamos ante un hecho aislado o ante la manifestación de un fenómeno más amplio. Lo que sí sé es que una democracia sana nunca debería acostumbrarse a que unos aficionados desaparezcan del espacio público por temor a las consecuencias de opinar.

Porque el problema nunca es únicamente quién ocupa el altar.

El verdadero problema aparece cuando el resto aprende que hay altares a los que resulta peligroso acercarse. Y eso, nos guste o no, también forma parte del partido que España tiene pendiente de jugar.

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Sobre el autor
J. Nicolás
J. Nicolás Ferrando

Colaborador de ElConstitucional.es

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