La salida a Bolsa de OpenAI, una de las operaciones más esperadas de Wall Street, empieza a enfriarse. La compañía que creó ChatGPT había presentado en junio la documentación confidencial ante la Comisión de Valores de Estados Unidos (SEC), pero ahora estudia retrasar su estreno bursátil hasta 2027. El motivo principal está en el mercado: las tecnológicas llevan días bajo presión y el debut de SpaceX, la empresa del ultra Elon Musk, ha dejado una advertencia clara para las grandes compañías de inteligencia artificial.
OpenAI ya había avisado de que el calendario seguía abierto. “Podría demorarse”, señaló la propia empresa al confirmar su solicitud confidencial, alegando que hay asuntos más fáciles de resolver como compañía privada. La frase encaja ahora con el consejo que estarían dando sus asesores a Sam Altman: esperar, proteger la valoración y evitar una salida a Bolsa en plena digestión del golpe de SpaceX.
El caso SpaceX pesa porque venía envuelto en euforia. La compañía de Musk salió al mercado a 135 dólares por acción, se disparó por encima de los 225 dólares en sus primeros días y después perdió buena parte del rally. Ahora se mueve cerca de los 150 dólares, bastante lejos de los máximos alcanzados tras el debut. Para OpenAI, que aspira a una valoración cercana al billón de dólares, ese viaje de ida y vuelta es una señal difícil de ignorar.
La duda de fondo va más allá de una fecha. Los inversores empiezan a mirar con más calma las cuentas de la inteligencia artificial. OpenAI ha crecido a una velocidad inédita, pero también quema mucho efectivo en modelos, talento, centros de datos y capacidad de cómputo. Salir a Bolsa obligaría a enseñar las tripas del negocio cada trimestre, justo cuando el sector necesita inversiones gigantescas para sostener sus promesas.
La IA llega a Wall Street con menos paciencia
El posible retraso de OpenAI llega mientras otras grandes privadas del sector, como Anthropic, también preparan su propio salto al mercado. La carrera ya no va solo de quién lidera la inteligencia artificial, sino de quién convence antes a los inversores de que esas valoraciones pueden traducirse en ingresos estables, márgenes reales y menos dependencia del dinero barato.
La decisión también ha salpicado a compañías vinculadas al ecosistema de OpenAI. SoftBank, uno de sus grandes accionistas, cayó con fuerza en Tokio tras conocerse las dudas sobre la OPV. El mercado entiende que un retraso reduce la liquidez esperada y enfría parte del entusiasmo por las grandes apuestas de IA.
OpenAI mantiene abierta la puerta a cotizar antes si las condiciones mejoran. Por ahora, la lectura en Wall Street es bastante sencilla: después del golpe de SpaceX, Altman prefiere esperar a vender la historia de ChatGPT cuando el mercado vuelva a comprarla con menos miedo.
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