Lola Lolita y Mar Lucas han vuelto a asomarse a las redes sociales después de reconocer públicamente que necesitaban parar. Sus regresos llegan tras dos ausencias que, aunque no han tenido exactamente la misma duración, comparten un trasfondo: el agotamiento de vivir expuestas ante millones de personas y la dificultad de seguir adelante cuando el trabajo, la vida personal y la opinión de los demás se mezclan constantemente. Sus historias vuelven a poner sobre la mesa una pregunta incómoda: ¿qué sucede cuando aquello que ha dado fama y oportunidades a una persona empieza también a desgastarla emocionalmente?
En el caso de Lola Lolita, la señal de alarma llegó el 11 de octubre. La creadora de contenido publicó un vídeo mirando directamente a cámara, visiblemente emocionada, para explicar que llevaba mucho tiempo sin encontrarse bien. Después de una década compartiendo su vida en internet, reconoció que había intentado disimular su malestar y dejar sus propias necesidades para más adelante hasta sentir que su cuerpo y su mente le pedían parar.
El domingo 25 de octubre volvió a publicar para contar cómo se encontraba: aseguró que estaba mejor, explicó que había buscado ayuda profesional y reveló que llevaba unas semanas tomando medicación. También habló de los episodios de ansiedad que sufría durante la noche y de su intención de utilizar lo vivido para visibilizar la salud mental y el acoso en redes. Su regreso, por tanto, no fue una simple vuelta a la rutina digital, sino una actualización sobre un proceso personal que había decidido compartir con sus seguidores.
Mar Lucas también optó por desaparecer temporalmente, pero su retirada se prolongó durante cerca de un mes. La influencer y cantante explicó que lleva en las redes desde los 13 años y, según relató, el odio y la toxicidad que encontraba al entrar en las plataformas habían terminado afectándola. A ese desgaste se sumaron varias circunstancias personales: la muerte repentina de su perrita y la ruptura con su pareja. Mar reconoció que había intentado alejarse otras veces, pero que acababa regresando sin que nada cambiara. Esta vez quería darse espacio para procesar lo ocurrido, incluso planteándose viajar sola y apagar el móvil.
Tras un mes alejada de las redes ha reaparecido con un mensaje contra el ciberacoso. La cantante ha explicado que durante este tiempo ha viajado sola, se ha perdido, ha leído, dibujado y escrito, y ha aprendido a disfrutar del silencio. También ha denunciado que las redes, que han sido su refugio desde los 13 años, se han convertido en espacios donde los insultos y las humillaciones se disfrazan de opiniones. "¿Qué más tiene que pasar? ¿Se tiene que morir alguien para que se haga algo?", ha cuestionado, antes de recordar que el acoso digital no debería aceptarse como parte de su trabajo.
Detrás de ambas historias hay una realidad que va más allá de dos nombres conocidos. Para quienes viven de crear contenido, estar presentes en las redes no consiste únicamente en publicar vídeos o fotografías: también implica mantener una relación constante con la audiencia, exponerse a comentarios, convivir con comparaciones y soportar que una parte de la vida privada se convierta en material de consumo o juicio público constante. Cuando esa dinámica se prolonga durante años, desconectar puede resultar especialmente difícil, tanto por las exigencias profesionales como por la costumbre de compartirlo todo. El éxito, los seguidores o las oportunidades laborales no impiden que una persona se sienta desbordada. Y reconocerlo públicamente tampoco debería convertirse en un motivo de burla o en una nueva fuente de presión.
La paradoja es que, incluso cuando alguien anuncia que necesita desaparecer, su ausencia se convierte en noticia y su regreso vuelve a generar expectación. La vulnerabilidad que Lola mostró al llorar ante la cámara podría haber acabado convertida en un meme, algo que ella misma temía, mientras que Mar ha explicado que necesitaba alejarse para no volver a los pocos días sintiéndose igual. Por eso, el debate no debería centrarse únicamente en cuánto tiempo han estado fuera o en qué momento han decidido regresar, sino en las condiciones que hacen necesario llegar a ese límite. Tomarse un descanso no es fracasar ni demuestra debilidad: puede ser una forma de reconocer que algo no funciona y de empezar a cambiarlo. La cuestión es si, cuando vuelvan a publicar con normalidad, podrán hacerlo con límites que protejan su bienestar o si la misma dinámica de exposición volverá a exigirles estar siempre disponibles.