¿Puede la política exterior convertirse en el principal activo político de un presidente con la legislatura encallada? En la Moncloa creen que sí.
Detrás de los últimos movimientos de Pedro Sánchez no hay improvisación, sino estrategia. Varias circunstancias han permitido a su equipo diseñar un perfil propio, rotundo y sin titubeos en el tablero internacional.
La primera es demoscópica. Con las encuestas en la mano, el diagnóstico en el Gobierno es claro: “España es un país pacifista”. Aunque todavía no existen estudios concluyentes sobre la opinión pública respecto a los últimos ataques de EEUU e Israel en Oriente Medio, en el Ejecutivo están convencidos de que la posición de Sánchez conecta con las bases y la mayoría social. El precedente que siempre planea es 2003 y el rechazo masivo a la guerra de Irak. Ese recuerdo sigue formando parte del ADN político de una parte importante del electorado.
La segunda es interna. Tras las últimas derrotas parlamentarias y con medidas clave del escudo social decayendo por falta de apoyos —dejando a miles de familias en situación vulnerable— el Gobierno necesita proyectar iniciativa. La aritmética en el Congreso limita la acción doméstica; la política exterior, en cambio, ofrece un campo de juego más amplio y menos condicionado.
La mayoría de investidura atraviesa su momento más frágil. Con Junts endureciendo posiciones y votando junto a PP y Vox, el margen legislativo es mínimo. Tampoco parece viable cumplir el calendario anunciado para presentar los Presupuestos en el primer trimestre. En privado, varios ministros admiten que ese objetivo, hoy por hoy, no es realista.
En ese contexto, la política exterior se convierte en palanca. Sirve para marcar perfil internacional, pero también para testar la capacidad de movilización interna de un electorado que las encuestas describen como desmotivado. La confrontación con Donald Trump proporciona un antagonista reconocible y un marco narrativo nítido.
Y ahí entra la pregunta de fondo: ¿puede Trump convertirse, indirectamente, en el factor que reactive a Sánchez?
Sánchez frente a Trump: una pauta que se repite
¿Es Pedro Sánchez la principal figura europea de oposición a las políticas de Donald Trump? En la Moncloa ya dan por buena esa narrativa y están dispuestos a explotarla.
Mientras ni Reino Unido, ni Francia ni Alemania —las grandes potencias europeas— han roto públicamente con las últimas maniobras de Estados Unidos e Israel en Oriente Medio, España sí lo ha hecho. El presidente español ha marcado distancia donde otros han optado por la prudencia diplomática.
La historia parece repetirse.
Hace meses, el presidente estadounidense decidió desmarcarse de mecanismos que tradicionalmente han guiado la respuesta occidental en política exterior. La reacción de Sánchez fue clara: no rendir pleitesía. “Mantenemos la posición de siempre ante este tipo de conflictos”, insisten fuentes de la Moncloa.
En enero, tras la operación militar que terminó con la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro, Sánchez aseguró que “España no reconocerá esta violación del derecho internacional”. Tampoco avaló los resultados de las elecciones del 28 de julio de 2024 en las que Maduro se proclamó vencedor.
En febrero, en otro registro pero con la misma firmeza, el choque fue con algunos de los gigantes tecnológicos más influyentes del planeta. Desde Dubái, Sánchez anunció que España prohibirá el acceso a redes sociales a menores de 16 años para frenar el “Salvaje Oeste digital”. Elon Musk lo calificó en X de “tirano y traidor”. Pavel Durov, fundador de Telegram, alertó a sus usuarios en España de que esas medidas atentaban contra la libertad de expresión. Sánchez no reculó.
A ello se suma su apuesta por la regularización de migrantes y la tribuna que dedicó al asunto en The New York Times, donde defendió su modelo y lo contrapuso, sin citarlo expresamente, al del presidente estadounidense.
Ahora, con la condena explícita de los ataques de EEUU e Israel y el nuevo pulso diplomático abierto, el patrón vuelve a activarse: perfil propio, confrontación calculada y proyección internacional.
La duda es si esta estrategia es solo una forma de diferenciarse en el exterior o, sobre todo, una manera de reordenar el tablero interno.