Hoy quiero hablar de algo que debería ser un factor, un elemento de unidad y no un factor de división. Me refiero a la tragedia de Adamuz. ¿Lo conocen ustedes? Un accidente ferroviario que ha costado la vida de 43 personas, que ha dejado familias destrozadas y que tiene a todo un país entero de luto. La tragedia aún sigue, sigue, sigue en plena investigación y los equipos de rescate continúan trabajando bajo condiciones muy duras en Córdoba. No es el momento, por tanto, de espectáculos ni de rifirrafes políticos.
Desde el primer momento hubo gestos de unidad institucional. El presidente del Gobierno visitó Adamuz, decretó luto oficial y se insistió en coordinar con las administraciones locales y autonómicas. Sin embargo, y aquí está la primera tensión, esa tregua política que se sostuvo inicialmente parece estar resquebrajándose, sobre todo dentro del Partido Popular. Sectores significativos de este partido, como la portavoz parlamentaria Esther Muñoz o el secretario general Miguel Tellado, a la cabeza, están presionando para romper la tregua y culpar directamente al Gobierno de Pedro Sánchez de la tragedia, alegando negligencias en el mantenimiento del sistema ferroviario y decisiones técnicas controvertidas.
Del otro lado, el entorno de Juanma Moreno, presidente de la Junta de Andalucía, pide tiempo y paciencia porque necesita seguir manteniendo el clima de unidad que ha sido protagonista hasta ahora. No es casualidad que una baronesa del PP, la presidenta de la comunidad, Isabel Díaz Ayuso, acostumbrada a ser la primera en cargar contra el Gobierno de Sánchez por mucho menos que esto, haya mantenido hasta hoy un escrupuloso silencio, que sabemos que en algún momento acabará rompiendo. Y también lo saben en el Partido Popular. Ojo, cuidado.
Es legítimo exigir explicaciones y responsabilidades cuando haya pruebas, cuando se conozcan los hechos y cuando la investigación técnica así lo demuestre. Pero lo que ocurre ahora es que esos mismos discursos surgen antes de que haya conclusiones oficiales. Y ahí está la línea que quiero señalar, aún más grave. Hay actores políticos que han ido más lejos que el Partido Popular. Santiago Abascal, líder de VOX, desde las primeras horas tras conocerse la noticia del accidente, no solo ha pedido explicaciones, que sería lo mínimo, sino que ha responsabilizado al Gobierno de manera muy directa. Incluso ha calificado al Ejecutivo de mafioso mentiroso o de gobernar con crimen, mentira y traición, sin datos completos sobre las causas técnicas del accidente.
Esas acusaciones han sido lanzadas ya en redes y espacios públicos, generando un clima de polarización que agrava aún más el dolor de familiares y supervivientes. El propio Gobierno, por cierto, ha calificado la actitud de Abascal de ruin e inhumana por su uso político de la tragedia, cuando ni siquiera el número definitivo de víctimas —aunque ya sabemos que son 43— ni las causas estaban claras.
Quiero ser yo; sí, quiero ser claro. Pedir explicaciones y, llegado el caso, responsabilidades a quien corresponda es legítimo. Una democracia sana exige transparencia, investigación rigurosa y rendición de cuentas, si se detectan negligencias. Pero hay un momento para todo eso. Y no es mientras las víctimas siguen siendo rescatadas de entre los hierros. No es ético ni civilizado aprovechar el dolor de otros para sacar rédito político inmediato. Eso es lo que muchos están haciendo: convertir el luto nacional en herramienta para alimentar odios, reforzar agendas partidistas o sembrar desconfianza sin base en hechos probados.
Esto no solo deshumaniza, sino que corroe la confianza social en un momento en que se necesita unidad para atender el dolor real. La responsabilidad política exige, claro que sí, que cuando las investigaciones oficiales concluyan, basadas en datos, peritajes y hechos, entonces se pueda discutir con rigor qué falló, quién tenía responsabilidades concretas, si hubo negligencia administrativa o técnica, y qué reformas se requieren para que tragedias como esta no se repitan. ¿Ese es el debate responsable? Ese es el debate que merece la pena tener.
Todo lo demás —los gritos, la polarización, la instrumentalización del dolor— es un insulto a las víctimas y a la inteligencia de quienes sufren. No perdamos de vista lo esencial. Detrás de las cifras hay vidas, familias rotas, historias truncadas. España entera está de luto y necesita respeto, empatía, respuestas claras y no ruido ni política oportunista. A quienes están queriendo convertir esta tragedia en arma arrojadiza, yo les pido que reflexionen. Cada vida tiene dignidad, cada pérdida merece respeto y cada exigencia de responsabilidad también debe fundarse en hechos y no en oportunismo.