Ha vuelto a ocurrir. El presidente de Argentina, Javier Milei, ha venido a España para insultar, primero, a Pedro Sánchez, Presidente del Gobierno, al que ha calificado de “impresentable dictador”.
Pero también ha venido, por consiguiente, a insultar a España. Porque quien llega a nuestro país siendo presidente de un Estado extranjero y califica de “dictador” al Presidente del Gobierno está atacando también a las instituciones de nuestro país. Guste más o guste menos Pedro Sánchez, es el Presidente del Gobierno de España.
Más aún: lo que viene a decir Javier Milei con esas palabras es que España es una dictadura. Porque si Pedro Sánchez es, como él dice, un “impresentable dictador”, la consecuencia lógica de su afirmación es que España estaría gobernada por una dictadura. Y no.
España no es una dictadura. España es una democracia consolidada. Una democracia perteneciente a la Unión Europea que, además, tiene a la vuelta de la esquina unas elecciones generales convocadas para el próximo 29 de noviembre.
Unas elecciones cuya convocatoria, desarrollo y posterior resultado están sometidos a la legalidad y a múltiples controles y contrapesos. En España, por mucho que determinados discursos intenten sembrar dudas, existen suficientes garantías legales y electorales para impedir que se produzca ese supuesto “pucherazo” del que algunos llevan tiempo hablando, también cuando se refieren al voto por correo.
Pero lo peor no es que el presidente de Argentina venga nuevamente a España a insultar al Presidente del Gobierno y, a mi juicio, también al propio país. Lo peor es que quienes presumen permanentemente de patriotismo lo jaleen, lo aplaudan o, como mínimo, lo permitan.
Sabemos que en el acto de Nueva Economía Fórum al que acudió Javier Milei hubo presencia de dirigentes de Vox, entre ellos representantes de la formación en la Asamblea de Madrid. Pero también hubo representantes del Partido Popular. Y no hablamos únicamente de Esperanza Aguirre, de quien alguno podrá decir que ya actúa como verso suelto dentro del PP. Allí estaba también el presidente del Senado, Pedro Rollán, del Partido Popular.
Entonces, ¿cómo se explica que quienes exhiben permanentemente la bandera de España, algo completamente legítimo porque cada uno puede llevar los símbolos que quiera, y quienes se presentan públicamente como grandes patriotas aplaudan o permitan que el presidente de un país extranjero venga a España, una vez más, a llamar “dictador” al Presidente del Gobierno?
Como mínimo, resulta incoherente con ese patriotismo que reivindican.
Y el esperpento no acaba ahí. Esta misma tarde sabemos que Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid, mantendrá un encuentro privado con Javier Milei. Un encuentro que cuenta además con el respaldo de Alberto Núñez Feijóo, líder nacional del Partido Popular.
Es una prueba más de la relevancia que el PP concede a la visita de Javier Milei. Y lo justifican recordando que Argentina es un país hermano de España. Claro que Argentina es un país hermano.
Pero una cosa es Argentina y otra su actual presidente. Que dos países mantengan unos vínculos históricos, culturales y humanos extraordinarios no obliga a aceptar que uno de sus presidentes venga a insultar al jefe del Ejecutivo del otro país.
Por eso se puede decir que esta visita de Javier Milei está siendo, como mínimo, recibida con aprobación por Vox y por sectores importantes del Partido Popular. Y de todo esto se deriva también otro problema.
La oposición en España —PP y Vox fundamentalmente— puede aspirar legítimamente a gobernar después de las elecciones del próximo 29 de noviembre. Precisamente por eso debería distinguir algo básico: hacer oposición no es insultar.
Hacer oposición en un país democrático como España consiste en fiscalizar al poder ejecutivo, en este caso al Gobierno de Pedro Sánchez.
Y eso está muy bien.
Que la oposición fiscalice a Pedro Sánchez. Que haga incluso una oposición dura, pormenorizada, exigente. Me parece estupendo. Entra plenamente dentro de los márgenes democráticos y es exactamente lo que cabe esperar de una democracia saludable. Lo que no es propio de una democracia saludable es confundir la oposición con el insulto.
Tampoco lo es tergiversar los hechos o trasladar a la opinión pública afirmaciones que cuestionan sin pruebas el propio funcionamiento del sistema democrático. Por ejemplo, sembrar la idea de que existe riesgo de un “pucherazo” electoral mediante el voto por correo en las próximas elecciones.
Eso no es fiscalizar al Gobierno.
Una oposición democrática debe controlar al Ejecutivo, exigirle explicaciones, denunciar sus errores y presentar alternativas. Puede hacerlo con toda la dureza política que considere necesaria.
Pero insultar, intoxicar o alimentar dudas infundadas sobre las garantías de nuestro sistema democrático no es hacer oposición.