El presidente del Partido Popular, Alberto Núñez Feijóo (i), y la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso (d). Carlos Luján / Europa Press
Hugo Pereira, Director de ElConstitucional.es

¿Quién se creen que son Ayuso y Feijóo?

Es una pregunta dura, lo sé. Es una pregunta contundente, pero también pertinente. Y la planteo porque, en estos últimos días, tanto el Partido Popular de Madrid, presidido por Isabel Díaz Ayuso, como el Partido Popular a nivel nacional, presidido por Alberto Núñez Feijóo, han emprendido una batalla —y además están orgullosos de ella, porque lo han explicitado en sus propias redes sociales— contra periodistas y analistas críticos con el PP.

Me refiero, entre otros, a los mensajes dirigidos contra nuestra compañera y amiga Sara Sántolalla, pero también contra otros periodistas y analistas críticos, como Afra Blanco. Críticos con el partido de Feijóo a nivel nacional y con el partido de Isabel Díaz Ayuso en la Comunidad de Madrid.

Y la pregunta vuelve a ser la misma: ¿quién se creen que son? Porque en una democracia las cosas no funcionan así.

En una democracia —y esto puede leerse, por ejemplo, en uno de los grandes teóricos de los principios democráticos, Robert Dahl, politólogo y profesor estadounidense— uno de los principios básicos es que los ciudadanos puedan acceder a una información libre y, por tanto, también a una información crítica con el poder político.

Y el poder político en una democracia no lo conforma únicamente el poder ejecutivo, el Gobierno de España, en este caso liderado por Pedro Sánchez. El poder político también lo conforman, por supuesto, la oposición, el Partido Popular, Vox y el resto de partidos políticos.

El PP, por mucho que sea el principal partido de la oposición a nivel nacional, también es partido de Gobierno en numerosas instituciones. Gobierna, entre otros territorios, la Comunidad de Madrid a través de Isabel Díaz Ayuso. Todo el poder político, en su conjunto, tiene que estar expuesto a las críticas de periodistas y analistas. Faltaría más en una democracia.

Por eso insisto: ¿quién se creen que son Ayuso y Feijóo para atacar a aquellos periodistas que les critican? Es que esa crítica es precisamente una de las bases de una democracia, una de las bases de sus pesos y contrapesos. Cuando uno ejerce el poder político, y más todavía cuando ocupa un cargo público, tiene que asumir que va a ser fiscalizado.

El Partido Popular, y lo digo claramente, ha perdido el oremus democrático, el juicio democrático. Parece haber olvidado cómo funciona una democracia.

Un partido político no puede emprender una guerra contra periodistas y analistas simplemente porque sean críticos con él. Su función es explicar sus decisiones, rendir cuentas y ofrecer transparencia a la opinión pública. Lo que no puede hacer es plantear, como ha explicitado en sus propias redes sociales, una batalla contra quienes le critican porque no le gustan esas críticas.

¿Cómo se come eso, por decirlo coloquialmente, en una democracia? Es incompatible con el funcionamiento democrático que el poder político se dedique a fiscalizar a los periodistas que precisamente tienen como función fiscalizar al poder. Los periodistas y los analistas políticos ofrecen información, análisis y diferentes puntos de vista a la ciudadanía. Eso es algo básico, troncal, en cualquier democracia.

Y vuelvo a preguntar: ¿quién se creen que son Feijóo y Ayuso para cargar contra aquellos que los fiscalizan?

Nuestra función como periodistas es fiscalizar a todo el poder político. Por supuesto, también al Gobierno de España. Pedro Sánchez tiene que estar expuesto a las críticas. Yo mismo, en múltiples ocasiones, cuando lo he considerado oportuno, he criticado al Gobierno de Pedro Sánchez. Hay muchas cosas por las que se puede criticar al Gobierno de España. Faltaría más.

Pero, por supuesto, el Partido Popular, aunque esté en la oposición a nivel nacional, tiene exactamente la misma obligación de exponerse a las críticas y aceptar el escrutinio periodístico.

El problema llega cuando parece perder ese juicio democrático y construye su estrategia en función de los 'likes', los retuits y lo que funciona en X, como parece estar ocurriendo ahora en Génova 13. Es decir, aquello que consigue más interacciones se convierte automáticamente en lo correcto, en lo bueno, en lo que hay que hacer.

No.

Un partido político tiene que estar sometido al imperio de la ley, al imperio de la legalidad y, por supuesto, a los principios democráticos. Y exponerse a las críticas, ser fiscalizado por periodistas y analistas, forma parte precisamente de esos principios básicos.

En un país democrático como España las cosas funcionan al revés: somos los periodistas quienes fiscalizamos al poder político. No es el poder político, no es el Partido Popular, no son Ayuso ni Feijóo quienes fiscalizan a los periodistas.

Eso no funciona así en una democracia.

Y el Partido Popular, con toda naturalidad, llegó incluso a compartir desde su cuenta oficial una información publicada por 'El País' que señalaba que el PP había cambiado de estrategia en redes y se había lanzado contra Sara Sántolalla y Afra Blanco.

“A esto se viene llorado”, respondía la cuenta oficial del Partido Popular. Y añadía: “Que el Gobierno nos ha robado dos manos. Mordidas, chistorras, joyas y oro, prostitución y sicarios, todo con el dinero de la gente que se esfuerza. ¿Y ahora se ponen exquisitos? No, no les vamos a pasar ni una. Y el CM del PP, tampoco. Fin”.

¿Pero qué es eso? ¿Qué es eso de que la cuenta oficial de un partido político a nivel nacional amenace con “no pasar ni una” a periodistas y analistas? ¿Estamos locos o qué?

El Partido Popular, y lo digo así de claro, ha perdido el oremus democrático. Y esto no parte únicamente de una valoración abstracta, sino de hechos concretos y de mensajes publicados desde sus propias cuentas oficiales.

Espero que uno de los grandes partidos de nuestra democracia, uno de los principales partidos del sistema político español, vuelva a los principios democráticos y entienda algo elemental: los periodistas y analistas fiscalizan al poder político. No al revés.

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