La polarización política es, por definición, la fragmentación de la sociedad en dos bloques ideológicos opuestos. Se puede decir que vivimos en un mundo dividido, y según un estudio de la organización More In Commun de 2025, España está polarizando cada vez más con los años. Esta polarización, sumada a la crispación política actual, ha desembocado en que el diálogo, el consenso y el respeto a la opinión diferente sean concebidos como conceptos del pasado.
Los políticos, con sus constantes insultos y ataques en sede parlamentaria, los intensos debates en televisión con algún grito que otro, la desinformación y los discursos de odio expandidos por las redes sociales, entre otros, ensanchan la grieta entre los dos "bandos" ideológicos. Esto trae consigo muchas consecuencias, como la ruptura de relaciones familiares y de amistad, la radicalización de ciudadanos descontentos y, por supuesto, el gran deterioro que causa a la democracia. Cuando nuestros representantes políticos toman a sus adversarios políticos como enemigos, y la descalificación prevalece ante el argumento, la sociedad civil empieza a dividirse entre "ellos" y "nosotros" o, por decirlo de otra forma, los "malos" y "los buenos". Actualmente, en una primera cita, muchas personas se levantarían de la mesa si descubriesen que la persona que tienen en frente es de una ideología diferente a la suya.
Hace 50 años se luchó para acabar con esa división normalizada e institucionalizada entre "rojos" y "azules", y se logró que todos los españoles pudiesen dar su opinión sin miedo a ser atacados; en cambio, hoy dar la opinión a veces puede ser un deporte de riesgo. Si el exministro franquista Manuel Fraga fue capaz de redactar la Constitución y llegar a acuerdos con el regionalista catalán Miquel Roca y con el comunista Jordi Solé Tura, no puede ser que nosotros seamos incapaces de debatir con alguien sin usar términos como "facha", "rojo", "fascista" o "perroflauta". El término "fascista" casi ha perdido ya toda su dureza. Sí, toda persona que pone en duda las ideas de la izquierda actual es "fascista", con todo lo que conlleva ese adjetivo. Si no, no sabremos distinguir al verdadero fascista del que no lo es. Escuchar este término debería de ponernos en tensión, ya que significa violencia, autoritarismo, decadencia y sufrimiento. Si la escuchamos más de lo que deberíamos, dejaríamos de saber contra qué y quiénes debemos combatir. Y eso beneficia precisamente a los auténticos fascistas.
Las sociedades crispadas y polarizadas se caracterizan, entre muchas otras características, por su falta de argumentos en sus debates; por ello, y ante la falta de razonamiento, surgen los términos despectivos. Cuando el argumentario de algunas personas se acaba, tienen que recurrir a ellos. Otras personas, que aunque tienen argumentos válidos, prefieren recurrir a ellos. Su uso es muy sencillo: si defiendes un planteamiento comúnmente reconocido por la derecha, eres un "facha", y, por el contrario, si tu argumento se asocia con la izquierda, eres un "rojo". No hace falta que seas ni de izquierdas ni de derechas; el objetivo no es rebatir, es desacreditar al otro interlocutor.
Un votante de SUMAR que opine que la amnistía a Puigdemont y a los demás líderes independentistas catalanes implicados es negativa e injusta, podría ser tildado de "facha". Y un votante del PP que piense que la reducción de la jornada laboral es justa y necesaria, tendría la posibilidad de ser llamado "rojo". Es curioso observar que una persona puede ser "facha" y "rojo" a la vez; de hecho, me atrevería a decir que casi todos podemos ser "fachas" y "rojos". Porque la mayoría de personas tenemos ideas asociadas con la izquierda y con la derecha, y una mezcla de ambas.
Finalmente, si queremos una sociedad de respeto, diálogo y consenso, debemos empezar pidiendo más respeto y ejemplo a nuestros representantes políticos, más debates calmados y menos sulfurados a los medios de comunicación televisivos y, como sociedad, debemos escuchar con más calma las opiniones contrarias y saber debatirlas desde la tolerancia. También debemos contrastar toda información que nos llegue, y más si proviene de redes sociales, y no compartir artículos o noticias de las que dudemos su veracidad. Pero para ello, desde la sociedad civil tenemos que hacer autocrítica, y si de verdad queremos cambios y una sociedad unida, tenemos que poner todos de nuestra parte sin importar nuestra ideología.