El pasado día 9 de octubre, el presidente estadounidense Donald Trump encabezó un acto oficial en el East Room de la Casa Blanca con motivo de la celebración del Día de Colón (Columbus Day). Durante la ceremonia, el mandatario ensalzó la figura del navegante calificándolo como un «héroe» que «cambió el futuro de la humanidad para siempre».
Trump hizo hincapié en que la travesía de 1492 —llevada a cabo por una tripulación de apenas 90 hombres— constituye una de las mayores hazañas de la historia. Defendió que el legado de Colón debe ser visto con orgullo y rechazó de plano las críticas de sectores principalmente indigenistas, que buscan vincular su nombre con conceptos negativos, y que han llevado acciones contra el legado de Colón como el derribo de sus estatuas. Según sus propias palabras, su administración ha logrado «resucitar» su memoria en un clima político donde previamente «ni siquiera se podía pronunciar su nombre».
Durante el evento, en el que estuvieron presentes destacados representantes de la diplomacia, la política y la comunidad italoestadounidense —así como la embajadora de España en EE. UU., Ángeles Moreno—, el presidente anunció la instalación de una escultura de mármol de Colón de 1860 en los jardines de la Casa Blanca, junto a las figuras de George Washington, Benjamin Franklin, Thomas Jefferson y Abraham Lincoln. Esta iniciativa se suma a la estatua ya colocada en el entorno de la Casa Blanca, réplica de una estatua derribada en Baltimore en 2020 en el marco de las protestas raciales de aquel año.
La contradicción de Trump
Historicamente, la reivindicación de Colón en Estados Unidos ha sido impulsada por las comunidades italianas emigradas, quienes vieron en el marinero de origen genovés un símbolo para combatir la discriminación y afianzar su identidad dentro del país. Sin embargo, la exaltación de su figura por parte de Trump encierra una marcada contradicción:
Independientemente de las raíces atribuida a Colón, la expedición histórica que transformó el mapa del mundo fue patrocinada directamente por la Corona española. Enaltecer la hazaña de 1492 implica, inevitablemente, poner en valor la herencia cultural española fundamentalmente, la llegada del idioma español al continente americano. Esta postura choca con la narrativa del movimiento MAGA y las políticas migratorias de su administración, marcadas por un continuo recelo, cuando no persecución hacia la comunidad hispanohablante. Así pues, son numerosos los casos reportados por los cuales el ICE (la policía migratoria de Estados Unidos) ha llegado a detener interrogar a personas por el simple hecho de hablar español.
Si el gobierno estadounidense busca verdaderamente restaurar el legado del viaje de Colón, y de sus consecuencias culturales, a coherencia histórica exigiría reconocer y valorar la impronta hispana en las raíces de Estados Unidos.
Para trascender el gesto simbólico y dar un respaldo real al legado cultural e histórico ligado a Colón, la administración republicana podría implementar medidas concretas, como el fomento del español en la administración norteamericana, garantizando que la comunicación institucional sea accesible para los decenas de millones de hispanohablantes en el país.
Así pues, sería preciso un reconocimiento institucional de la herencia hispana de EE. UU. mediante la preservación de monumentos, misiones y rutas históricas hispanas en estados como Florida, Texas, Nuevo México, Arizona y California.
Igualmente importante sería fomentar programas de educación bilingüe y cultural en el sistema educativo público, promoviendo el aprendizaje del español como un activo estratégico y cultural del país, en lugar de percibirlo como una disolución de la concepción anglosajona de Estados Unidos.
En definitiva, de nada sirve restaurar la imagen de Colón, si a la vez se sigue viendo con recelo la herencia hispana del país. Porque entonces sólo quedará en un gesto enmarcado en la llamada “batalla cultural” que Trump y los secctores ultraconservadores llevan a cabo, y que verían en Colón simplemente una herramienta para ejercer oposición a movimientos indigenistas o de derechos raciales a los que el presidente norteamericano califica de “wokes”
Colón, no debe servir para este fin, debe servir no obstante, para mantener vivo el legado hispano en Estados Unidos, pues esto último es más importante si cabe que la figura personal de Colón, cuyas sombras, desde un punto de vista histórico tampoco se pueden borrar.
Es momento, a su vez, de que los españoles en Estados Unidos asuman un papel activo en la preservación del legado de 1492. Reconocer los orígenes italianos de Cristóbal Colón -y que por consiguiente la comunidad italiana lo reivindique- no debe eclipsar el hecho histórico de que su hazaña fue un proyecto netamente español, concebido, financiado y ejecutado bajo el amparo de la Corona Castellana. Reivindicar esta figura es defender el origen de nuestra propia presencia, idioma y herencia compartida en América y ayudará sin duda la proyección cultural de España en Estados Unidos, en un momento además, en el que Trump está principalmente dedicado a menospreciar a nuestro país por las decisiones políticas del Gobierno de la nación en torno a la política exterior y de defensa de nuestro país.