Durante años se ha repetido que la inteligencia artificial iba a provocar una oleada de despidos y dejar fuera del mercado laboral a millones de trabajadores. De momento, los datos del mercado español no dibujan ese escenario. Un informe de Fedea y BBVA Research señala que cerca del 30% del empleo está expuesto a la IA generativa y que, desde 2022, las ocupaciones con mayor exposición han aumentado su empleo a un ritmo superior a la media.
La conclusión parece tranquilizadora, pero hay una trampa importante: que todavía no se estén destruyendo puestos de trabajo no significa que la IA no esté transformando el empleo ni que vaya a beneficiar por igual a todos los trabajadores. De hecho, cuanto más se mira hacia determinados sectores, más incómoda resulta la fotografía. Las profesiones creativas, precisamente aquellas que durante décadas han vivido de escribir, diseñar, ilustrar, editar, traducir o producir contenidos originales, están entre las que más directamente pueden sentir la presión de estas herramientas.
El empleo aguanta, pero la profesión está cambiando por dentro
El estudio estima que unos 7,2 millones de trabajadores se encuentran en ocupaciones de alta exposición a la IA y otros 5,1 millones en una franja de exposición media-alta. Por ahora, los investigadores no detectan una relación negativa entre esa exposición y el volumen total de empleo. Al contrario: las ocupaciones más expuestas han crecido desde 2022.
Pero utilizar ese dato para concluir que la IA no amenaza determinados trabajos sería precipitado. Una empresa puede mantener el mismo número de empleados mientras reduce las tareas que encarga a profesionales, rebaja tiempos de producción, cambia perfiles que busca o deja de contratar a trabajadores que antes necesitaba para determinadas funciones. El puesto sigue existiendo sobre el papel, pero su contenido, su valor y hasta las posibilidades de acceder a él pueden ser muy diferentes.
Eso es especialmente relevante en las profesiones creativas. Un redactor puede seguir teniendo empleo mientras una parte de sus textos se genera automáticamente; un diseñador puede continuar en plantilla mientras una herramienta produce decenas de propuestas en segundos; un ilustrador puede recibir encargos mientras compite con imágenes generadas artificialmente; y un guionista puede conservar su puesto al mismo tiempo que el volumen de trabajo humano necesario para desarrollar un proyecto se reduce. El impacto, por tanto, no siempre tiene que aparecer primero como una oleada de despidos.
La paradoja de los trabajos que la IA puede hacer y que todavía siguen creciendo
El dato español tiene otra lectura interesante. Las ocupaciones con mayor exposición a la IA son precisamente aquellas que concentran buena parte del empleo cualificado. Más del 40% de los trabajadores con estudios superiores desempeña trabajos de alta exposición, frente a alrededor del 15% entre quienes tienen la ESO o una formación inferior, según el análisis recogido por BBVA Research y Fedea.
Esto ayuda a explicar por qué la IA puede estar conviviendo con más empleo en estas profesiones: las herramientas automatizan determinadas tareas, pero no necesariamente sustituyen de golpe a la persona que las coordina, supervisa o integra en un proceso de trabajo. El problema aparece cuando esa automatización empieza a afectar a las tareas que constituían precisamente la parte más valiosa de una profesión.
Y aquí las industrias creativas tienen un problema particular. La IA generativa no solo ayuda a un periodista a documentarse o a un diseñador a acelerar un proceso: también puede producir directamente texto, imágenes, música, vídeo o voces. El salto entre utilizar una herramienta como asistente y convertirla en sustituta parcial de una tarea creativa es mucho más pequeño que en otras actividades.
El golpe puede llegar antes a los jóvenes y a quienes están intentando entrar
La fotografía tampoco es igual para todas las generaciones. El informe apunta a una exposición especialmente elevada entre los trabajadores de 25 a 34 años, mientras que los más jóvenes presentan menores niveles de exposición en las ocupaciones analizadas.
Aquí aparece uno de los riesgos más difíciles de detectar en las estadísticas generales: la puerta de entrada al mercado laboral. Si una empresa puede utilizar IA para realizar parte del trabajo que antes se confiaba a perfiles junior, puede mantener a sus profesionales experimentados y reducir la necesidad de incorporar nuevos trabajadores. El resultado no tiene por qué ser un aumento inmediato del paro; puede ser simplemente que cada vez resulte más difícil conseguir el primer empleo.
Para las profesiones creativas, ese escenario resulta especialmente relevante. El periodista que empieza necesita publicar para construir una trayectoria; el diseñador necesita encargos para formar un portfolio; el ilustrador necesita clientes para consolidarse y el guionista necesita oportunidades para entrar en la industria. Si las tareas iniciales son precisamente las más fáciles de automatizar, la IA puede cerrar parcialmente el camino de entrada aunque el empleo total del sector siga creciendo.
La cultura ya está reclamando protección frente a la IA
Mientras los datos de empleo todavía no muestran una destrucción masiva de puestos de trabajo por la inteligencia artificial, la cultura ya está protagonizando uno de los principales conflictos alrededor de esta tecnología. Según publicó El País el 29 de septiembre, artistas y autores siguen denunciando que sus obras, voces e imágenes pueden ser utilizadas para desarrollar sistemas de IA sin autorización ni una compensación económica. El propio Ministerio de Cultura reconoce la necesidad de avanzar en cuestiones como la autorización expresa, la remuneración justa y la trazabilidad de las obras utilizadas.
El problema tampoco se queda en los derechos de autor. El Ministerio de Trabajo prepara una regulación para limitar la reutilización mediante IA de la voz y la imagen de los artistas, de manera que estos usos requieran acuerdo y retribución. EFE detalló ese mismo día que la propuesta plantea que ningún creador pueda ver replicada o utilizada su obra sin un contrato, consentimiento expreso y remuneración.
Y España ya ha empezado a preparar el terreno laboral para ese cambio. El Real Decreto 607/2026, publicado en el BOE en julio, incorpora garantías sobre propiedad intelectual, imagen y derechos digitales de los artistas y establece además la creación de una comisión para estudiar programas de transición y recualificación profesional ante las nuevas tecnologías digitales, incluida específicamente la inteligencia artificial.
La preocupación, además, no es exclusivamente española. La Comisión Europea abrió el 29 de septiembre una consulta sobre el impacto de tecnologías como la IA en los derechos de autor, incluyendo precisamente el uso de contenidos protegidos para desarrollar sistemas de inteligencia artificial y la remuneración de artistas e intérpretes. El debate, por tanto, ya no gira únicamente alrededor de cuántos empleos puede destruir o crear la IA. En la cultura se está discutiendo algo más básico: quién tiene derecho a utilizar el trabajo de un creador, en qué condiciones y quién debe cobrar cuando una máquina aprende de él.
Que no haya una crisis de empleo (todavía) no significa que no vaya a llegar
El informe de Fedea y BBVA Research ofrece una fotografía del mercado laboral hasta el segundo trimestre de 2026, no una garantía sobre lo que ocurrirá durante los próximos años. Sus propios datos muestran que España está incorporando trabajadores a ocupaciones muy expuestas a la IA, pero eso puede coexistir con una transformación profunda de esas mismas profesiones.
Y ahí conviene mirar con especial atención a quienes viven de crear. Porque una inteligencia artificial no necesita eliminar a todos los periodistas, diseñadores, músicos, ilustradores o escritores para cambiar radicalmente sus profesiones. Le basta con conseguir que una parte de su trabajo deje de ser necesaria, que producir cueste menos y que haya más candidatos compitiendo por los encargos que sobrevivan.
La IA todavía no ha provocado en España la destrucción masiva de empleo que muchos pronosticaban. Los datos actuales dicen justamente lo contrario. Pero convertir ese dato en una victoria de la inteligencia artificial sería confundir el número de puestos de trabajo con la salud de las profesiones. Y en las creativas, donde el valor está precisamente en aquello que una máquina pretende aprender a reproducir, la batalla acaba de empezar.