Maricarmen tenía 87 años. Durante semanas, su nombre apareció en televisiones, periódicos y redes sociales después de ser desahuciada de la vivienda en la que había vivido durante décadas. Su historia provocó movilizaciones, enfrentamientos políticos y un intenso debate sobre la vivienda. Pero también dejó al descubierto algo más incómodo: la facilidad con la que una persona vulnerable puede dejar de ser una persona para convertirse en un personaje televisivo.
El caso de Maricarmen permite observar cómo funciona la deshumanización cuando entra en la lógica de la televisión. Ya no es una mujer de 87 años que atraviesa una situación límite. Es “el caso Maricarmen”. Un argumento político. Un elemento de una tertulia. Una oportunidad para enfrentar a unos contra otros. Y, en algunos momentos, incluso un motivo de conflicto.
Pero esa transformación no comenzó con su muerte. Maricarmen ya había dejado de ser únicamente una mujer que estaba a punto de perder su casa para convertirse en el objeto de una batalla entre programas, tertulias y relatos políticos mientras todavía estaba viva.
El caso Maricarmen ya era una guerra televisiva antes de su muerte
Uno de los episodios más significativos se produjo entre El Intermedio, de laSexta, y Horizonte, de Cuatro. El equipo de Andrea Ropero consiguió acceder al interior de la vivienda durante el desahucio y grabó desde dentro las últimas horas de Maricarmen en la que había sido su casa durante más de siete décadas. Las imágenes permitieron mostrar una parte del desahucio que no estaba pudiendo verse desde el exterior. Mientras cientos de personas se concentraban en la calle, la periodista acompañaba a Maricarmen dentro de la vivienda y registraba el momento en el que los agentes accedían al inmueble para ejecutar el desalojo.
Aquella cobertura, sin embargo, terminó convirtiéndose en objeto de ataque desde Horizonte. Carmen Porter cuestionó la presencia de cámaras profesionales dentro de la vivienda y planteó que la existencia de aquellas imágenes podía responder a una cobertura organizada con fines políticos. Durante la tertulia llegaron incluso a plantearse insinuaciones sobre la propia Maricarmen y sobre la posibilidad de que estuviera siendo utilizada.
La cuestión llegó más lejos. En el programa se llegó a plantear que a Maricarmen “le han prometido algo”, mientras Porter afirmaba que la anciana había sido “utilizada”. El foco comenzaba a desplazarse así desde lo que estaba ocurriendo dentro de aquella vivienda hacia una teoría sobre quién estaba detrás de la cobertura y qué intereses podía haber. La respuesta de Andrea Ropero fue inmediata. La periodista defendió el trabajo de su equipo y respondió reclamando “más empatía y menos bulos”. Iñaki López y Jordi Évole también salieron públicamente en defensa de Ropero y cuestionaron las acusaciones lanzadas desde Horizonte. El Intermedio, por su parte, respondió desde el plató con su habitual tono satírico y reivindicó el valor periodístico de las imágenes.
Wyoming defendió que aquellas cámaras habían permitido mostrar una realidad que, de otro modo, habría quedado fuera de la televisión. Y puso el foco precisamente donde, a su juicio, debía estar: en lo que estaba ocurriendo dentro de aquella casa y no en una supuesta conspiración alrededor de las cámaras. El problema es que, mientras una mujer de 87 años estaba siendo desalojada de la vivienda en la que había vivido durante más de 70 años, la televisión ya estaba convirtiendo su historia en otra cosa: una guerra entre cadenas sobre quién la estaba utilizando y quién tenía legitimidad para contarla.
La paradoja resulta difícil de ignorar: Maricarmen estaba perdiendo su vivienda alquilada durante años mientras los platós discutían sobre la propia televisión.
'Horizonte': de cuestionar su desahucio a seguir deshumanizándola
La polémica no terminó ahí. Horizonte siguió abordando el caso y el nombre de Maricarmen terminó integrado en las propias dinámicas de la tertulia. En una de las emisiones, Iker Jiménez llegó a referirse a Urbagestión como “el fondo buitre que no era”, mientras la mesa contaba con Eduardo Inda y Beatriz Talegón. Fue entonces cuando Talegón lanzó una pregunta sobre las medidas que se estaban negociando alrededor del caso: “¿El decreto se llamará Maricarmen o ya no?”
La intervención fue seguida por un comentario de Carmen Porter que acabaría adquiriendo especial relevancia después de la muerte de la anciana: “Hasta luego, Maricarmen”.
Ese “hasta luego Maricarmen” os perseguirá hasta que os cierren ese chiringuito fascista y negacionista
— sofrito (@soofrito) October 7, 2026
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Además, Horizonte llegó a sentar en plató a uno de los empresarios vinculados a Urbagestión con el rostro pixelado, presentándolo dentro de ese relato de sospecha y confrontación que había rodeado el caso. Y, más recientemente, otro de los tertulianos del programa llegó incluso a plantear si Maricarmen "podía haber sido una actriz", cuestionando de ese modo la autenticidad de la mujer que estaba en el centro de la historia. Es difícil imaginar una forma más evidente de convertir a una persona en personaje: ya no se discutía únicamente lo que le estaba ocurriendo, sino si la propia persona que lo estaba viviendo era real, estaba interpretando un papel o estaba siendo utilizada como arma política. O a saber qué bulo también.
Cuando Maricarmen falleció, apenas unos días después, aquellas imágenes comenzaron a circular de nuevo. La propia Talegón apareció entonces en Horizonte hablando de la muerte en un tono completamente distinto al utilizado anteriormente, llevándose las manos a la cabeza, como si sus intervenciones pasadas no hubiera inferido minimamente en lo que ha acabado ocurriendo. “Es una noche triste”, afirmó, para después reclamar límites y sostener que “no todo vale”. Tarde. Como siempre.
Beatriz Talegón: "Que la memoria de Maricarmen sirva para tener límites. No todo vale, ni en las campañas políticas ni en las campañas electorales ni en los movimientos sociales empezando por lo que aquí dijimos desde el primer día" @BeatrizTalegon #Horizonte pic.twitter.com/xHQC0wr1Bm
— Horizonte (@HorizonteCuatro) October 7, 2026
Pero precisamente eso fue lo que muchos espectadores le reprocharon. Que no habían olvidado cómo se había hablado de Maricarmen cuando todavía estaba viva, cuando estaba siendo desalojada y cuando se encontraba hospitalizada.
La contradicción es elocuente: la mujer que había sido convertida en objeto de bromas y confrontación política regresaba al plató convertida, tras su muerte, en motivo de reflexión y solemnidad.
Y no fue únicamente Horizonte.
Nacho Abad y el “Morocarmen”: cuando el desahucio se convierte en munición política
En En boca de todos, también en Cuatro, Nacho Abad dio espacio a otro de los episodios que ahora vuelven a circular. Poco después del desahucio, el presentador leyó en directo un mensaje publicado por Vox que afirmaba: “Toda España sabe que si en vez de Maricarmen fuera Morocarmen, tendría casa”.
La frase utilizaba la situación de una mujer de 87 años que acababa de ser desalojada de su vivienda para introducir el debate migratorio. Y aquí vuelve a aparecer el mismo problema: Maricarmen deja de ser Maricarmen. Ya no es una mujer concreta con una historia concreta. Se convierte en un recurso para hablar de inmigración, de vivienda, de Gobierno, de política o de cualquier otra cuestión que pueda colocarse encima de su propia vida.
En ese proceso consiste precisamente la deshumanización. No hace falta negar que existan debates políticos legítimos alrededor de la vivienda o de la inmigración. Lo que resulta problemático es utilizar a una persona vulnerable como vehículo para esos debates hasta hacer desaparecer a la persona que está ahí.
Telemadrid: los propietarios como protagonistas pocas horas después de su muerte
Y si Mediaset ofrece un ejemplo de cómo una persona vulnerable puede convertirse en personaje televisivo, Telemadrid ofrece otro todavía más revelador: qué ocurre cuando esa persona muere y el relato vuelve a colocarse sobre quienes estaban al otro lado del conflicto.
Maricarmen falleció este miércoles alrededor de las 20:30 horas. Apenas dos horas después, en torno a las 22:10, Antonio Naranjo entrevistó en Telemadrid a Fernando Alonso, propietario de Urbagestión, la empresa propietaria de la vivienda de la que Maricarmen había sido desahuciada.
La entrevista no llegó en cualquier momento. Llegó cuando acababa de conocerse la muerte de la protagonista de la historia.
Hablamos con el propietario de Urbagestión, la empresa que compró la casa de Maricarmen@AntonioRNaranjo
— El análisis: Diario de la Noche (@analisisDN) October 7, 2026
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Y Naranjo no se limitó a concederle la palabra a la propiedad. Antes de la entrevista, presentó a Urbagestión desde una posición claramente favorable, defendiendo que la empresa había aceptado finalmente un acuerdo para que Maricarmen pudiera regresar a la vivienda y subrayando que llevaba años renunciando a ingresos. “Han estado muchos años renunciando a ingresos que podían haber tenido”, sostuvo Naranjo al introducir a Fernando Alonso.
Después llegó una pregunta todavía más significativa por el enfoque: “¿Usted tiene un cierto temor, viendo como están las cosas de desquiciadas, agitadas y demagógicas o ya se le ha quitado ese miedo?”
Es decir: pocas horas después de la muerte de Maricarmen, el foco televisivo se colocaba sobre el miedo del propietario a no recibir más ingresos de los que ya recibía. La empresa propietaria aparecía como sujeto al que había que escuchar, comprender y preguntar cómo se encontraba. Mientras tanto, la mujer de 87 años que acababa de morir quedaba, una vez más, convertida en el objeto alrededor del cual debía girar la conversación.
Naranjo terminó además cargando contra quienes, según él, podían utilizar políticamente la muerte de Maricarmen y habló de un supuesto “alud de demagogia política”. El programa cerró con un “buenas noches y viva España”.
La entrevista puede entenderse como una decisión periodística legítima de dar voz a la propiedad. Pero el problema vuelve a estar en el encuadre: cuando una mujer acaba de morir después de haber sido desahuciada, ¿por qué la conversación televisiva termina poniendo el foco en el miedo, las pérdidas económicas y la posición de quienes defendían su desalojo?
Ahí vuelve a desaparecer Maricarmen.
Deshumanizar no siempre significa insultar
Ese es probablemente el aspecto más preocupante del caso. Deshumanizar no consiste únicamente en insultar a alguien. También consiste en reducirlo a una etiqueta a través de intentar controlar el relato hasta que dejamos de percibir todo aquello que hay detrás.
Maricarmen era una mujer de 87 años. Tenía una historia, una casa, recuerdos, vínculos y miedo. Pero en determinados espacios televisivos terminó convertida en un nombre alrededor del cual se organizaban debates y enfrentamientos. Primero fue una noticia. Después, un símbolo. Después, un personaje. Y finalmente, incluso su muerte se convirtió en contenido.
Y la televisión tiene una responsabilidad especial porque lo que se emite no desaparece cuando termina el programa. Permanece en redes, se recorta, se comparte, se tergiversa, se manipula y vuelve a circular. Una frase pronunciada como una broma puede convertirse después en el recuerdo de cómo se trató a alguien cuando estaba atravesando su peor momento.
El problema no es que una cadena tenga una determinada posición política ni que sus tertulianos discrepen de quienes defienden a Maricarmen. El problema es que una mujer de 87 años terminó convertida en material de tertulia. Primero fue el desahucio. Después, las cámaras. Después, las acusaciones de instrumentalización. Después, las bromas sobre su situación. Después, la muerte. Eso es precisamente lo que ha ocurrido ahora con Maricarmen. Su muerte ha hecho que muchos espectadores vuelvan a mirar hacia atrás y recuperen imágenes que quizá, cuando ella estaba viva, habían quedado enterradas entre la siguiente polémica y el siguiente programa.
Mediaset y Telemadrid contribuyeron a deshumanizar a Maricarmen. La sacaron del lugar que debía ocupar —el de una mujer de 87 años enfrentada a una situación límite— para convertirla en un personaje sobre el que opinar, confrontar posiciones políticas, generar polémica y construir audiencia.
Dejó de importar únicamente lo que le estaba ocurriendo a Maricarmen y empezó a importar lo que Maricarmen podía generar en televisión o el rédito que podían sacar de ello.
Y tampoco fueron únicamente los platós los que terminaron desplazando el foco de lo verdaderamente importante. Durante esos días también proliferaron artículos que reconstruían la vida de Maricarmen a través de aspectos secundarios o anecdóticos: entrevistas a vecinos, sus tardes de bingo, detalles de su rutina o incluso informaciones centradas en las propiedades que tenía y en cuestiones relacionadas con supuestos impagos.
Todos esos elementos podían formar parte de una cobertura periodística, pero, acumulados, contribuían a construir un retrato de Maricarmen como personaje, como una suma de anécdotas, circunstancias y polémicas, en lugar de mantener el foco en lo esencial: una mujer de 87 años que estaba atravesando un desahucio y cuya situación había adquirido una enorme dimensión pública. También ahí aparece el mismo problema: cuando la vida de una persona vulnerable se convierte en material narrativo, la persona corre el riesgo de desaparecer detrás de la historia.
Ahí está la gravedad. No hacía falta insultarla directamente para deshumanizarla. Bastaba con dejar de verla como una persona y a contribuir a que cierta audiencia pudiera llegar a poder pensar así.
Bastaba con convertir su nombre en una etiqueta, su desahucio en una batalla política, su sufrimiento en una tertulia, su intimidad en material televisivo y, finalmente, su muerte en otro contenido más. Y eso es lo que hicieron determinados espacios de Mediaset y Telemadrid con su historia: contribuir a convertir a una mujer vulnerable en un personaje televisivo antes que en una persona.
Cuando se habla de que “han matado a Maricarmen”, no se está afirmando que una cadena de televisión haya provocado físicamente su fallecimiento. Se está señalando otra cosa: la construcción de un relato en el que la dignidad de Maricarmen quedó, demasiadas veces, por detrás del espectáculo o la defensa de determinadas ideas políticas.
La televisión y los medios no ejecutaron el desahucio. Pero sí pudieron decidir desde qué foco contar la historia de quien lo sufrió. Pudieron decidir si una mujer de 87 años aparecía como una persona o como un personaje. Pudieron decidir si su intimidad se respeta o se convierte en contenido. Pudieron decidir si una tragedia sirve para comprender un problema social o para alimentar una guerra entre tertulianos y opiniones enfrentadas.
Y en el caso de Maricarmen, demasiadas veces algunas cadenas de televisión y medios eligieron la segunda opción.
La pregunta que deja Maricarmen
No hacía falta convertir a Maricarmen en una heroína para tratarla con dignidad. Tampoco era necesario compartir las reivindicaciones de quienes salieron a defenderla. Bastaba con recordar que era una persona.
Una persona que tenía 87 años. Una persona que llevaba décadas viviendo en aquella casa. Una persona que se enfrentó a un desahucio. Una persona cuya situación provocó una movilización social. Una persona que terminó en un hospital. Una persona que murió antes de poder regresar a aquel lugar que durante décadas había llamado hogar.
Por eso el caso Maricarmen debería servir también para mirar a la propia televisión.
A Mediaset, por las palabras, bromas, insinuaciones y enfoques que ahora vuelven a circular y que muestran hasta qué punto su historia pudo convertirse en material de discusión o tertulia.
A Telemadrid, por la manera de abordar el caso y por la elección de a quién se pone el foco apenas unas horas después de su muerte.
Y también a la propia televisión en su conjunto, porque la guerra entre Horizonte y El Intermedio demostró hasta qué punto el caso había dejado de ser únicamente una historia sobre una mujer y se había convertido en una batalla entre relatos televisivos o ideas políticas determinadas.
No porque una cadena sea responsable directa de su muerte. Sino porque los medios también participan en la construcción del clima social en el que determinadas personas son tratadas como sujetos de derechos o como objetos de debate. Y esa diferencia importa. Porque cuando una persona deja de ser vista como persona, resulta mucho más sencillo reírse de ella, cuestionarla, utilizarla, señalarla o convertir su sufrimiento en entretenimiento.
Quizá esa sea la verdadera lección que deja Maricarmen: que el primer paso para evitar que algunas personas sufran consiste en no dejar de verlas (a tiempo) como seres humanos que son.