Caso Begoña Gómez: la instrucción de Peinado camina directa al desastre

El periodista Federico Quevedo
16 de abril de 2026 a las 17:20h
El Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y su esposa Begoña Gómez.
El Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y su esposa Begoña Gómez.

Hoy vamos a hablar de una investigación judicial que, cuanto más se analiza, más preguntas genera y menos respuestas ofrece. Hablo de la del juez Peinado, y voy a ir directo al grano.

Esto empieza con una denuncia basada en recortes de prensa. Sí, recortes de prensa; algunos, además, incorrectos. No es, por tanto, el inicio de una gran causa judicial. Es más bien el arranque de algo aparentemente bastante endeble. Pero, sorprendentemente, con ese material se pone en marcha toda una investigación que ya dura dos años.

Dos años en los que hemos visto de todo: decisiones cuestionadas, rectificaciones y algún que otro correctivo desde instancias superiores. Vamos, lo que viene siendo una instrucción modélica, pero al revés. Y, pese a ese recorrido lleno de baches —o precisamente gracias a él, quién sabe—, el juez decide que esto merece ir a juicio, y no con cargos menores. No: no hablamos de tráfico de influencias, de corrupción o de malversación; es decir, artillería pesada.

Y aquí es donde uno acaba preguntándose: ¿esto se sostiene jurídicamente o se sostiene por inercia? Porque las defensas ya están señalando algo bastante serio. Atención a esto: el juez habría dado por cerrada la investigación mientras seguía ordenando diligencias. Traducido: hemos terminado, pero seguimos. Es una especie de Schrödinger judicial.

Erwin Schrödinger, por si no lo saben, fue un físico que calculó las probabilidades de encontrar una partícula cuántica en un lugar específico. El mismo cálculo de probabilidades de encontrar un delito que parece estar practicando el juez Peinado. Lo que, en términos legales, puede tener consecuencias muy poco teóricas, como, por ejemplo, la nulidad del procedimiento, que no es un detalle menor ni mucho menos.

A partir de aquí entra en juego el ruido político. Unos hablan de persecución, otros de justicia necesaria, y todos, curiosamente, bastante interesados. Pero, si quitamos el ruido, la hojarasca, queda lo importante. Y lo importante es esto: la justicia no puede permitirse parecer improvisada. No puede arrancar con recortes de prensa, tropezar durante dos años y pretender que todo desemboque en un juicio sólido, como si nada de esto hubiese pasado.

Porque entonces el problema ya no es este caso, el caso Begoña Gómez. El problema es el precedente que este caso sienta y, sobre todo, la confianza o la desconfianza que genera. Porque, en un Estado de derecho, la cuestión no es solo quién se sienta en un banquillo —en este caso, la mujer del presidente del Gobierno—. La cuestión es si el camino hasta ese banquillo es limpio, es sólido y es jurídicamente impecable.

Y cuando ese camino parece más un zigzag que una línea recta, lo mínimo que cabe es hacerse preguntas. Muchas preguntas. Y, de momento, a esas preguntas tenemos pocas respuestas convincentes.

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