Hoy el silencio pesa más que las palabras. El Palacio de los Deportes Carolina Marín se transforma en un espacio de duelo compartido, en la escenificación del sufrimiento colectivo de un país golpeado por la tragedia. No es un lugar para discursos ni gestos grandilocuentes, sino para la contención, el respeto y la presencia. Allí donde normalmente hay ruido y celebración, hoy solo cabe el recogimiento ante una pérdida que nos interpela a todos.
Un accidente ferroviario de una envergadura tan devastadora —con 45 personas fallecidas y centenares de heridos— no puede ni debe ser asumido como una noticia más en la sucesión vertiginosa de titulares. No es un suceso; es una herida. Y como toda herida profunda, exige tiempo, respeto y una pausa moral. Como sociedad, no podemos mirar hacia otro lado ni refugiarnos en la comodidad del olvido acelerado. Tampoco podemos permitirnos la tentación de convertir el dolor en ruido.
Hoy es el momento de las víctimas. De sus nombres, de sus historias truncadas, de los proyectos que no llegarán a cumplirse. Es el momento de las familias que esperan, de las que ya saben, de las que aún no pueden asumir la magnitud de la pérdida. Acompañar no es solo estar presentes físicamente; es también callar cuando toca, renunciar a la prisa por explicar, evitar la necesidad de opinar de inmediato sobre lo que todavía duele demasiado.
Es cierto —y sería ingenuo negarlo— que quizá haya cosas que se pudieron hacer mejor. Toda tragedia de esta magnitud abre inevitablemente preguntas incómodas: sobre infraestructuras, protocolos, decisiones técnicas o responsabilidades administrativas. Pero no es hoy cuando deben ocupar el centro. La urgencia del análisis no puede imponerse a la dignidad del duelo. Antes de los informes y las comparecencias, está el acompañamiento humano. Antes de los diagnósticos, la empatía.
Vivimos tiempos en los que el debate público parece incapaz de detenerse, incluso ante la muerte. Todo se mide en términos de oportunidad, impacto mediático o rentabilidad política. Por eso resulta imprescindible reivindicar, aunque sea por un instante, una tregua ética. Sobran ahora los cálculos políticos, las campañas mediáticas pensadas de cara a unas elecciones autonómicas decisivas y, por supuesto, la desinformación interesada de algunos. No todo vale cuando hay vidas rotas de por medio.
El dolor colectivo no admite banderas ni eslóganes. No entiende de bloques ni de trincheras ideológicas. Quien hoy entra en el Palacio de los Deportes Carolina Marín no lo hace como votante, militante o espectador: entra como ciudadano vulnerable, consciente de que la tragedia podría haberle tocado de cerca. Esa conciencia compartida es la que debería guiarnos en las próximas horas y días.
Huelva se convierte así en epicentro del dolor, pero también en espejo. En su recogimiento se refleja una sociedad entera enfrentada a su fragilidad. La imagen de un recinto abarrotado no para celebrar una victoria, sino para llorar una pérdida, nos recuerda que lo común no siempre es la alegría; a veces, lo común es el duelo. Y reconocerlo nos hace, paradójicamente, más fuertes como comunidad.
No se trata de renunciar a la verdad ni de posponer indefinidamente las responsabilidades. Se trata de ordenar los tiempos. De entender que hay un momento para el consuelo y otro para la rendición de cuentas. Confundirlos solo añade sufrimiento al sufrimiento. La prisa por señalar culpables puede acabar borrando a las víctimas del centro del relato, y eso sería una segunda injusticia.
En estos días, conviene también reflexionar sobre el papel de los medios de comunicación. Informar es una obligación democrática, pero hacerlo con respeto es una responsabilidad ética. Las imágenes reiteradas, los detalles morbosos, la especulación sin datos contrastados no aportan claridad; solo erosionan la confianza y amplifican el dolor. Frente a la saturación informativa, quizá el gesto más honesto sea la sobriedad.
Huelva, hoy, nos pide eso: sobriedad, respeto, humanidad. Nos pide que miremos de frente la tragedia sin convertirla en espectáculo. Que acompañemos a quienes sufren sin apropiarnos de su dolor. Que recordemos que detrás de cada cifra hay una vida concreta, un rostro, una ausencia que ya es irreversible.
Cuando el tiempo pase —porque pasará, aunque ahora parezca imposible— llegará el momento de las respuestas. Llegará la hora de exigir explicaciones, de mejorar lo que haya fallado, de aprender para que algo así no vuelva a repetirse. Pero hoy no. Hoy es el día del silencio compartido, del abrazo discreto, de la memoria respetuosa.
Huelva no quiere ser protagonista de la tragedia, pero lo es. Y en ese protagonismo involuntario nos interpela a todos. Nos recuerda que la verdadera medida de una sociedad no se observa solo en sus celebraciones, sino, sobre todo, en la forma en que acompaña a sus víctimas. Hoy, más que nunca, estar a la altura significa saber parar.
Quiero poner en valor, para terminar, las palabras sentidas de Liliana, familiar de una de las víctimas, que habló no desde la consigna ni desde la acusación inmediata, sino desde la herida abierta. “Lo que perdimos ese fatídico domingo no era solo una cifra”, dijo, recordando que aquellos 45 no eran un número, sino padres, madres, hijos, proyectos y afectos truncados. Al afirmar que “somos las 45 familias a las que se les paró el reloj”, puso palabras exactas a lo que este país entero intuía sin saber expresar: que el tiempo del duelo no coincide con el tiempo del debate público. Su intervención, atravesada por gratitud, dolor y una serena exigencia de verdad, devolvió el relato a su lugar justo: el de las víctimas en el centro, sin ruido, sin prisas y sin instrumentalización.