A tres años del ataque del 7 de octubre de 2023, perpetrado por Hamás, continúa generando debate sobre los orígenes del conflicto entre israelíes y palestinos. Comprenderlo exige distinguir entre tradiciones religiosas, historia antigua y conflicto político contemporáneo.
Las fuentes de la historia antigua de Israel proceden del Antiguo Testamento, que combina tradición religiosa, memoria histórica y elaboración teológica. La arqueología permite situar un reino asociado a David y Salomón en el siglo X a.C., dividido tras la muerte de este último en Israel y Judá. El reino de Israel fue conquistado por Asiria en 722 a.C. y Judá por Babilonia en 586 a.C. El rey Nabucodonosor II deportó a la población judía hacia el centro del imperio babilónico y fue en este contexto, cuando empezó a darse forma escrita a la escritura sagrada judía, lo que para el cristianismo es el Antiguo Testamento.

En 539 a.C., Ciro el Grande emperador de Persia, conquistó Babilonia y la región pasó a depender del control persa.
Ciro permitió el retorno de los cautivos judíos, lo que significó, la restauración de la religión judía e Israel. En 332 a.C, Alejandro Magno, rey de Macedonia conquistó Jerusalén incorporándola a su imperio helénico.
Cuando falleció Alejandro Magno, el territorio de Israel pasó a estar controlada por la dinastía Ptolemaica, fundada por uno de los generales de Alejandro Magno, que se implantó en Egipto, sin embargo en el año 198 a.C. el territorio fue controlado por el imperio Seleucida, fundado por otro de los generales de Alejandro Magno.
El imperio seleúcida lleva a cabo una política de helenización forzosa, lo que para los judíos supone una forma de violentar su tradición y religión. En este contexto se produce la revuelta de los macabeos (167) que consiguió emancipar el territorio dando lugar a la dinastía asmonea, que estableció un periodo de independencia judía. Roma conquistó Jerusalén en 63 a.C.
Las guerras judeorromanas culminaron con la destrucción del Segundo Templo de Jerusalén en 70 d.C. Tras la rebelión de Bar Kojba (132-135), el emperador Adriano reorganizó la provincia romana y adoptó oficialmente el nombre Syria Palaestina. El término «Palestina» tenía antecedentes anteriores y estaba relacionado etimológicamente con denominaciones vinculadas a los filisteos. Sin embargo, la decisión administrativa de Adriano convirtió Palaestina en una denominación provincial romana de enorme trascendencia posterior.
Tras el dominio romano y bizantino, Jerusalén fue conquistada por los musulmanes en 638. En 1099 los cruzados tomaron la ciudad y establecieron el Reino de Jerusalén. Saladino la recuperó en 1187 y los mamelucos terminaron con los últimos Estados cruzados en 1291. En 1516, los otomanos derrotaron a los mamelucos y Palestina quedó integrada en el Imperio otomano durante cuatro siglos.
La Primera Guerra Mundial cambió nuevamente el mapa. El Imperio otomano fue derrotado y desmembrado; las tropas británicas ocuparon Palestina entre 1917 y 1918. En 1922, la Sociedad de Naciones otorgó formalmente a Gran Bretaña el Mandato sobre Palestina, que entró en vigor en 1923.
A finales del siglo XIX surgió el sionismo, impulsado entre otros por Theodor Herzl, que defendía un hogar nacional judío en Palestina. Durante el Mandato Británico, aumentó la inmigración judía, especialmente ante la persecución europea y el Holocausto, mientras crecían también las reivindicaciones nacionales árabes.
En 1947, la ONU recomendó dividir Palestina en un Estado judío y otro árabe, con Jerusalén bajo régimen internacional. En 1948 nació Israel y los países árabes vecinos declararon la guerra a Israel ampliando entonces el territorio bajo su control y cientos de miles de palestinos huyeron o fueron expulsados, episodio conocido como Nakba.
Tras la guerra de los 6 días, en 1967, Israel ocupó Cisjordania, Jerusalén Oriental y Gaza. Posteriormente Israel autorizó la creación de la Autoridad Nacional Palestina, para gestionar los territorios de Cisjordania y Gaza, pero que no evitaron las “intifadas” una serie de acciones de guerrilla civil que fue evolucionando hacia acciones terroristas, que mantuvieron la tención en el territorio. La respuesta a estos actos por parte de Israel ha sido considerada excesiva por los actores internacionales, siendo el máximo exponente la respuesta al atentado del 7 de octubre, que ha causado la muerte de 70.000 personas y que ha dejado a Israel (a excepción de socios habituales como EEUU y Alemania) muy debilitado, en cuanto a simpatías diplomáticas.
En esta tercera aniversario del atentado, no parece probable que se desarrolle la propuesta de dos estados (uno israelí y otro Palestino) y mucho menos un estado unificado binacional, que supondría desde la perspectiva israelí, desvanecer el carácter judío de la nación.