Maestros artesanos de todo el país acuden a la cita de Turín, una ciudad vinculada al chocolate desde hace cuatro siglos. Fue a mediados del XVI cuando un Saboya ofreció a los ciudadanos una taza de dulce cacao para celebrar el traslado de la capital del ducado desde Chambéry a Turín. Aquello creó una afición que, entonces, solo una determinada clase social podía permitirse. Prácticamente un siglo transcurrió hasta que se concedió la primera licencia de comercialización y otro más hasta la llegada del chocolate sólido. Transcurrido otro siglo, es a partir del bloqueo británico con la consiguiente escasez de cacao cuando azuzados por las exiguas reservas y el deseo de no prescindir del chocolate hacen que a alguien se le ocurra la idea mezclar las escasas existencia de cacao con pasta de avellanas. Es el origen del guianduiotto, un bombón en forma de lingote que envuelto en papel dorado se ha convertido en pieza importante del tesoro que para todos los golosos acumula Turín.

Las actividades, demostraciones y degustaciones de quienes producen chocolate y especialidades relacionadas con el cacao se extenderán, como habitualmente, por el centro histórico. La plaza de San Vittorio e inmediaciones volverán a convertirse en cómplices lugares de encuentro para hacer realidad el lema de la edición 2027 : “El chocolate me maravilla”. Por primera vez el festival cuenta con un país invitado, Bélgica, uno de los principales exportadores mundiales de chocolate; sin embargo Italia le supera en producción de dulces de confitería y destaca por el tradicional chocolate con avellana.

El consejo para disfrutar al máximo es, siempre que se pueda, acudir por las mañanas ya que en esas horas se concentra menos gente y además de degustar los dulces es factible conversar con los artesanos. Las tardes son óptimas para probar bicerin, una bebida caliente a base de chocolate, café y crema dispuestos en capas que no se han de mezclar para tomarlo. La receta original sigue bajo la custodia de Caffè al Bicerin, uno de los históricos de Turín en los que se sirve la Merienda Real, una tradición de los Saboya que incluía chocolate caliente o bicerin acompañados de un surtido de dulces para mojar.