Barreta se llama, por Desierta la conocen. La isla de apenas 9 km de longitud y 600 metros de ancho nació unida, cual siamesa, a otra isla algo mayor de la que la apertura del canal de la Barra Nova, la separó. Pequeña, sí, pero grande al mismo tiempo para ser la morada en la que hace años sólo vive una sola persona. Desde 30 Fernando Alves es inquilino, guardián, custodio y naturalista.
A diferencia de Culatra, esa siamesa de la que fue separada, Barreta nunca fue, en realidad, un lugar con asentamientos estables sino lugar de paso para pescadores acostumbrados a disfrutar ,hasta hace unas décadas, de aguas transparentes en las que nadaba la mayor colonia de caballitos de mar. Hoy apenas quedan dos especies pero, por fortuna, Ría Formosa, de la que ambas islas son barrera protectora ante los fuertes envites de las mareas del océano Atlántico, sigue conservando esas aguas transparentes, mucha vida acuática y aves que la aprovechan.

Arena blanca, dunas a las que se fija el barrón, algún que otro cardo, narcisos, siemprevivas y clavelinas añaden colores complementarios al sorprendente azul de las aguas que besan el Cabo de Santa María, el punto más meridional de Portugal continental.

No hay mucho que hacer en esa isla a la que se llega en barco desde Olhão o Faro. Quizá, para ser más preciso, habría que decir que todo lo que hay que hacer es disfrutar de un paisaje intacto, aún sin destruir por el ser humano; pasear por esa arena que se escurre entre los dedos; adentrarse, siempre con prudencia, en unas aguas no excesivamente frías y tomar el sol tumbado en la toalla o a la sombra de una sombrilla. Puedes, dependiendo de la época, llegar a sentirte Robinson en una isla en la que aún no vive Viernes.

Aunque se ha dado el nombre de Cape Street Mary a “la construcción” de náufragos hecha a base de trozos de maderas arrastradas por las mareas y pintadas por los visitantes, el único edificio permanente de la isla , alejado de este punto, es el restaurante Estaminé al que diariamente llegan las mejores capturas de los pescadores.

Alves, de nombre Fernando, y apodado “A Raposa de Deserta” lleva viviendo en Barreta desde 1981. No parece aburrirse ni echar en falta la compañía y, si la encuentra, conversa y hasta invita a comer o cocinar.